viernes, 23 de enero de 2015

Familia: ¿Qué quiere la Iglesia? Jose Mª Castillo. Oct 21, '14

   
¿Qué quiere resolver la Iglesia en lo que se refiere a los problemas que más preocupan ahora mismo a la familia? Como es lógico, lo primero que llama la atención - y resulta difícil de explicar - es que los problemas que ha tratado el Sínodo no son los que más interesan y preocupan a la gran mayoría de las familias del mundo. El angustioso problema de la vivienda, el problema de un jornal o un sueldo con el que llegar dignamente a fin de mes, el problema de la salud y de la seguridad social, el de la educación de los hijos. Por lo menos, estos asuntos tan graves y que tanto angustian a la gente no han estado - que sepamos - como problemas centrales en el orden del día de ninguna de las comisiones o de las sesiones del Sínodo.
Esto da pie para pensar o quizá sospechar - al menos, en principio - que quienes han preparado y organizado los trabajos del Sínodo son personas que pueden dar la impresión de que viven más preocupadas por los dogmas católicos y la moral, que predica el clero, que por los sufrimientos y humillaciones que están soportando muchas más familias de las que imaginamos. No hay que ser ni un sabio ni un santo para darse cuenta de esto. Para hacerse lógicamente la pregunta que acabo de plantear. Y que nadie me diga que los asuntos, que acabo de apuntar, son problemas que tienen que ser resueltos por economistas y por políticos. Por supuesto, lo que he dicho es asunto que concierne directamente a la economía y a la política. Pero, ¿sólo a economistas y políticos? Y entonces, ¿el sufrimiento, la dignidad, la seguridad y los derechos de la gente, los derechos fundamentales de las familias, no nos tienen que interesar, ni por ellos podemos ni tenemos que hacer nada?
Esta es la primera gran cuestión que, a mi modesto entender, tendría que interesar sobre todo - y antes que ninguna otra cosa - a la Iglesia, especialmente a sus dirigentes. Lo digo con tiempo, cuando todavía tenemos un año por delante para llegar a las conclusiones finales del Sínodo.
Pero, viniendo ya a los problemas que el Sínodo ha tratado, mi pregunta es la siguiente: a la Jerarquía de la Iglesia, ¿qué es lo que más le interesa y le preocupa? ¿Gente que “se quiere”? o ¿gente que “se somete”? Confieso que estas preguntas se me han ocurrido pensando y recordando lo que yo mismo estoy viendo en el mundo eclesiástico desde hace más de 60 años, es decir, desde que ando metido en ambientes clericales. Lo mismo en España que fuera de España, lo que yo he palpado, en los ambientes de Iglesia, es que los problemas de la economía y los asuntos sociales no suelen preocupar demasiado. Porque normalmente tales problemas (en las instituciones eclesiásticas) están resueltos. Mientras que los asuntos relacionados con la ortodoxia dogmática (sumisión a la Jerarquía) y con el sexo (observancia de la moral), no sólo suelen ser muy preocupantes, sino que con frecuencia resultan casi obsesivos o rozando la obsesión. La consecuencia, que se suele seguir de este estado de cosas, y que la gente nota mucho, está a la vista de todos: los obispos no suelen hablar (o se limitan a alusiones genéricas) sobre la corrupción política y sus consecuencias, mientras que esos mismos obispos suelen poner el grito en el cielo si lo que se plantea es el problema de los matrimonios entre personas homosexuales o, en general, cuestiones relacionadas con el sexo. De ahí, por poner un ejemplo, la diferencia de trato que reciben, en tantos confesionarios, los capitalistas y banqueros o los gays y lesbianas.
Ahora bien, lo más sorprendente, en todo este asunto, es comparar estos supuestos básicos de la familia y de la religión con los relatos de los evangelios que, repetidas veces, se refieren tanto a la familia como a la religión. Sabemos, en efecto, que Jesús, lo mismo en lo que se refiere a la familia como en lo que respecta a la religión, asumió públicamente y sin ambigüedades una actitud sumamente crítica. Me explico.
Por lo que afecta a la religión, los evangelios nos informan de los enfrentamientos y conflictos constantes y crecientes que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos y sus rituales. A esto se refieren los enfrentamientos con escribas y fariseos, con los sumos sacerdotes y senadores, incluso con el mismo Templo de Jerusalén. Hasta terminar siendo detenido por las autoridades religiosas, acabando en el juicio, la condena y la ejecución violenta en el tormento de los crucificados, los “lestaí” (Mc 15, 27; Mt 27, 38), es decir, no los simples ladrones, sino los rebeldes políticos, como explica F. Josefo (H. W. Kuhn: TRE vol. 19, 717). Jesús fue el hombre más profundamente religioso que podamos imaginar. Pero la religión de Jesús quedó desplazada del modelo establecido: su religión (como el Dios que representaba) no estuvo centrada en “lo sagrado”, sino en “lo humano”. Esto es capital para entender el Evangelio Y sin embargo, esto no es central para entender la Teología cristiana. Ni esto es tampoco el centro de la vida de la Iglesia.
Por lo que se refiere a la familia, es seguro que las relaciones de Jesús con su propia familia fueron tensas y complicadas: sus parientes lo tuvieron por loco (Mc 3, 21) y no creían en él, incluso lo despreciaban (Mc 6, 1-6; cf. Jn 7, 5). Por otra parte, lo primero que Jesús les exigía, a quienes pretendían seguirle, era abandonar la propia familia (Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62). Y cuando un día le dijeron que le buscaban su madre y sus hermanos, la respuesta de Jesús fue decir que su madre y sus hermanos son los que escuchan y cumplen lo que Dios quiere (Mc 3, 31-35; Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21). Pero Jesús, en lo que se refiere a las relaciones con la familia, llegó más lejos. Porque se atrevió a decir que él no había venido a traer paz, sino espadas, división y conflicto, precisamente entre los miembros de la propia familia (Mt 10, 34-42; Lc 12, 51-53; 14, 26-27). Es más, Jesús llegó a tocar en lo intocable de aquel modelo de familia: “No llaméis “padre” a nadie en la tierra” (Mt 23, 9). Una prohibición tan fuerte, en aquella cultura, que llegó a desmontar el eje mismo de aquel modelo de relaciones familiares. Los grandes, los importantes, no son los “padres” y “jerarcas”, sino los “niños”, los “pequeños”: el reinado de Dios es de los que se hacen como ellos (Mt 19, 14).
¿Qué quiere decir todo esto? ¿Dónde está el fondo del asunto? Las relaciones de parentesco no son libres, sino que nos son dadas e impuestas a cada ser humano que viene a este mundo. Por el contrario, las relaciones comunitarias y de amistad, dado que nacen de convicciones libres y de sentimientos que cada cual acepta libremente, son siempre relaciones que se basan en la libertad humana y se mantienen por la fuerza de la decisión libre. Lo más bello, lo más gratificante y lo más motivador de la relación de fe y confianza en el otro, y en Dios, es que siempre es posible porque es una relación libre. De tal manera que lo determinante, en este modelo de familia y de grupo, no es la sumisión, ni al “poder represivo”, ni al “poder seductor” (Byung-Chul Han), sino que lo decisivo es la fe y la confianza, en el encuentro (con el Otro, con los otros, con alguien en concreto) mediante la “relación pura” (A. Guiddens), que se basa en la comunicación emocional. La forma de comunicación en la que las recompensas derivadas de la misma son la base primordial para que tal comunicación pueda mantenerse y perdurar. Por esto precisamente la experiencia nos dice que donde hay cariño verdadero, por eso mismo hay libertad, mientras que donde hay religión (centrada en lo ritual y lo sagrado) hay sumisión.
Ahora bien, ¿qué quiere la Iglesia con todo lo que ha removido a propósito de la familia? Por supuesto, el papa Francisco, al convocar y programar el Sínodo de la Familia, ha querido responder a problemas apremiantes que tienen planteados miles de familias en todo el mundo. Pero es de suponer que el papa Francisco, al convocar este Sínodo, exigiendo libertad para hablar de los problemas y transparencia para informar de lo que se ha hablado en las sesiones sinodales, lo que ha hecho ha sido poner en marcha, sin posible vuelta atrás, un proceso de apertura de la Iglesia a los problemas reales y concretos que, en este momento histórico, se nos plantean a todos.
Pero lo que ha ocurrido es que, no sólo se ha puesto en marcha este proceso, sino que, además de eso, el mundo se ha enterado de que en la Iglesia persiste muy vivo un sector importante de clérigos (de todos los rangos) y de laicos que identifican las creencias cristianas con posiciones inmovilistas e intolerantes que, además, desde el punto de vista de la más documentada, sana y ortodoxa teología, son posiciones indemostrables. Y, por tanto, posiciones que ocultan pretensiones inconfesables de poder y autoridad que se orientan más a mantener intacta la “sumisión” de los fieles que a fomentar la “libertad” que brota del cariño entre los seres humanos.
La situación es delicada. Hay que evitar, a toda costa, un nuevo cisma en la Iglesia. Pero no podemos estar incondicionalmente con quienes identifican el cristianismo con una religión centrada en la observancia de rituales sagrados, que produce obsesivamente sumisión a jerarquías ancladas en un pasado y en una cultura que ya no son ni nuestro tiempo, ni la cultura en que vivimos. Un cristianismo así, produce personas muy religiosas y un clero fiel a jerarquías eclesiásticas que se identifican más con los privilegios que le ofrece el poder político que con la libertad indispensable para lograr una sociedad más justa en la que todos los ciudadanos podamos vivir en justicia e igualdad de derechos. Si nuestro proyecto de vida quiere ser fiel a Jesús y a su Evangelio, no tenemos más camino que la apertura al futuro que entre todos tenemos que construir. Es más, si de verdad queremos a la Iglesia y ser fieles a la” memoria peligrosa” de Jesús, los cristianos tenemos, en el camino que nos está abriendo y trazando el papa Francisco, el itinerario cierto que nos lleva al fin que anhelamos.
José M. Castillo


domingo, 18 de enero de 2015

Lo que nos ha enseñado el Sínodo, José Ma. Castillo, 26.10.14

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1. El papado es necesario en la Iglesia. Ahora vemos, más claro que nunca, que la Iglesia necesita una autoridad suprema, que esté por encima de grupos, tendencias, divisiones y enfrentamientos. De no existir el papado, es posible (incluso probable) que en la Iglesia, después de lo ocurrido, se hubiera producido un cisma. Se sabe que cinco cardenales fueron a pedirle al dimitido Benedicto XVI que apoyara a los defensores de una Iglesia conservadora y tradicional, con una teología y una moral igualmente integrista. Pero el ex-papa Ratzinger les contestó a los cinco cardenales que en la Iglesia no hay más que un papa, que es Francisco. Es más, inmediatamente informó a Francisco de lo que estaba ocurriendo. El papado ha salvado la unidad de la Iglesia. Si un solo arzobispo, Lefebvre, pudo crear un cisma, ¿no habrían podido cinco cardenales ser origen de una fractura mayor?
2. Francisco está cambiando el papado. Lo está transformando más de lo que muchos se imaginan. Y con el papado, está transformado también a la Iglesia. Lo sagrado y lo ritual pierden fuerza. Y crece en importancia lo humano, la cercanía a la gente, la sencillez, la normalidad de la vida. Nace así un estilo nuevo de ejercer la autoridad en la Iglesia. Pierde importancia en ella la religión. Y gana presencia el Evangelio. Además, estamos viendo que este hombre es más fuerte y tiene más personalidad de lo que muchos decían. Una personalidad original, que no le ha llevado a subir, sino a bajar. No para alejarse de los últimos, sino para acercarse a ellos. El nuevo camino de la Iglesia está trazado.
3. El conservadurismo de la Curia pierde fuerza. En este Sínodo no ha ocurrido lo que pasó en el Concilio Vaticano II. Allí también los curiales integristas eran minoría. Pero eran una minoría más fuerte y determinante que la que ha participado en el Sínodo. De hecho, la minoría curial, en el Concilio, supo llevar las cosas a su terreno. Y fue determinante en las cuestiones determinantes para el futuro inmediato. Por eso el capítulo 3º de la Constitución sobre la Iglesia quedó redactado de forma que el papado y la curia han tenido incluso más poder después del Concilio que antes del Concilio. Por otra parte, los escándalos en asuntos de dinero y en abusos de menores han hundido la credibilidad del sistema curial de gobierno en la Iglesia.
4. Ya no son intocables determinados problemas morales que lo eran. ¿Se apela ahora, con la misma seguridad que antes del Sínodo, a la llamada “Ley Natural”? ¿Sigue siendo un tabú lo de la homosexualidad? ¿Alguien se atreve a decir que la Iglesia nunca podrá permitir que los sacerdotes se casen? ¿Es tan impensable, como antes, la posibilidad de que las mujeres lleguen a recibir el sacramento del Orden? ¿No es verdad que la familia tiene hoy problemas mucho más graves y apremiantes que los que se plantean en los confesionarios y en las sacristías? Si ahora nos hacemos estas preguntas - y otras similares -, esto nos viene a decir que en la Iglesia, sin que nos hayamos dado cuenta, el Sínodo nos ha cambiado (algo, por lo menos, o quizás mucho) en temas mucho más serios de lo que imaginamos.
5. La forma de ejercer el poder se está desplazando. El integrismo conservador pierde fuerza porque se empeña en seguir ejerciendo el poder de una forma que cada día tiene menos poder. Cada día tiene menos fuerza el poder que prohíbe, impone, amenaza y castiga. El “poder represivo” es cada día menos poder. Mientras que el “poder seductor” no se enfrenta al sujeto, le da facilidades, es amable y responde a lo que necesita la gente. Es verdad que este poder, cuando “se universaliza”, como ocurre con la informática y su incesante oferta universal de satisfacción inmediata, entonces se convierte en un poder que somete a los sujetos de forma que cada sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Pero cuando el “poder seductor” no “se universaliza, sino que “se humaniza”, entonces lo que hace es que responde a los anhelos más profundos de las personas. Y esto justamente es lo que el mundo está percibiendo en el papa Francisco. Lo que las multitudes de Galilea percibían en Jesús de Nazaret, cuando Jesús anda por el mundo.


José Antonio Pagola 2 Tiempo Ordinario - B (Juan 1,35-42) 18 de enero 2015

El evangelista Juan ha puesto un interés especial en indicar a sus lectores cómo se inició el pequeño grupo de seguidores de Jesús. Todo parece casual. El Bautista se fija en Jesús que pasaba por allí y les dice a los discípulos que lo acompañan: «Este es el Cordero de Dios». Probablemente, los discípulos no le han entendido gran cosa, pero comienzan a «seguir a Jesús». Durante un tiempo, caminan en silencio. No ha habido todavía un verdadero contacto con él. Están siguiendo a un desconocido y no saben exactamente por qué ni para qué.

Jesús rompe el silencio con una pregunta: «¿Qué buscáis?» ¿Qué esperáis de mí? ¿Queréis orientar vuestra vida en la dirección que llevo yo? Son cosas que es necesario aclarar bien. Los discípulos le dicen: «Maestro, ¿dónde vives?» ¿Cuál es el secreto de tu vida? ¿Qué es vivir para ti? Al parecer, no buscan conocer nuevas doctrinas. Quieren aprender de Jesús un modo diferente de vivir. Quieren vivir como él.

Jesús les responde directamente: «Venid y lo veréis». Haced vosotros mismos la experiencia. No busquéis información de fuera. Venid a vivir conmigo y descubriréis cómo vivo yo, desde dónde oriento mi vida, a quiénes me dedico, por qué vivo así.

Este es el paso decisivo que necesitamos dar hoy para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Millones de personas se dicen cristianas, pero no han experimentado un verdadero contacto con Jesús. No saben cómo vivió, ignoran su proyecto. No aprenden nada especial de él.

Mientras tanto, en nuestras iglesias no tenemos capacidad para engendrar nuevos creyentes. Nuestra palabra ya no resulta atractiva ni creíble. Al parecer, el cristianismo, tal como nosotros lo entendemos y vivimos, interesa cada vez menos. Si alguien se nos acercara a preguntarnos: «dónde vivís», «qué hay de interesante en vuestras vidas», ¿cómo responderíamos?

Es urgente que los cristianos se reúnan en pequeños grupos para aprender a vivir al estilo de Jesús escuchando juntos el evangelio. Él es más atractivo y creíble que todos nosotros. Puede engendrar nuevos seguidores, pues enseña a vivir de manera diferente e interesante.



domingo, 11 de enero de 2015

El Papa advierte de las 15 enfermedades que golpean la Curia, Dic '14

Francisco pide a la jerarquía católica autocrítica sobre "el complejo de los elegidos", la mundanidad, el exhibicionismo y la vanagloria

Es el rayo que no cesa. El papa Francisco sigue aprovechando cualquier oportunidad para denunciar los pecados de la Curia. Con cariño, pero también con dureza. El papa Francisco aprovechó la audiencia navideña a los hombres que le ayudan –aunque no siempre—a dirigir los destinos de la Iglesia para advertirles de las enfermedades más comunes que minan la salud del Vaticano.

 Desde “sentirse inmortales e indispensables” al alzhéimer espiritual –la pérdida de la memoria de Dios--, pasando por la mundanidad, el exhibicionismo, la vanagloria o “el terrorismo del chismorreo”. Un catálogo de 15 enfermedades y sus posibles tratamientos.

La relación no tiene desperdicio, de ahí que a continuación vayan resumidas una por una y por su orden. La primera de las 15 enfermedades de la Curia enumeradas por Bergoglio en su larga intervención –apoyada en citas del Evangelio y de varias encíclicas-- es la de “sentirse inmortales, inmunes” o incluso “indispensables”.

 Dice el Papa que “una Curia que no hace autocrítica, que no se actualiza y que no trata de mejorar es un cuerpo enfermo”. Habla Francisco de la patología del poder, “del complejo de los elegidos”, de todos aquellos que “se transforman en dueños y se sienten superiores a todos y no al servicio de todos”. El posible remedio que propone Jorge Mario Bergoglio sin duda marca de la casa:

 “¡Una visita a los cementerios nos podría ayudar a ver los nombres de personas que tal vez también pensaban ser inmortales, inmunes e indispensables!”.

La segunda es la “enfermedad de la excesiva laboriosidad”. Recuerda Francisco que también Jesús aconsejó a sus apóstoles “descansar un poco”. Dice que para evitar “el estrés y la agitación” es necesario pasar tiempo con la familia, respetar las vacaciones”, utilizarlas para recuperarse “espiritual y físicamente”.


 La tercera enfermedad es la del “endurecimiento mental y espiritual”. Advierte Francisco de los que poseen un “corazón de piedra”, se esconden tras los papeles y la gestión y pierden “la sensibilidad humana”, la capacidad de amar al prójimo.

 La cuarta enfermedad es la de la “excesiva planificación y funcionalidad”. Dice el Papa –en un mensaje tal vez dirigido a los más tradicionalistas de la Iglesia—que son necesarias “la frescura, la fantasía y la novedad” para no encerrarse en “las propias posiciones estáticas e inamovibles”.

 La quinta enfermedad es la “mala coordinación”. Asegura Francisco que cuando falta la colaboración y el espíritu de equipo –“el pie que le dice al brazo no tengo necesidad de ti”— es cuando llega “el malestar y el escándalo”.
“Una Curia que no hace autocrítica y que no trata de mejorar es un cuerpo enfermo”, dice el Papa
La sexta enfermedad que Francisco dice haber detectado en la Curia es la del “Alzhéimer espiritual”: “Lo vemos en aquellos que han perdido la memoria del encuentro con el Señor (…) y dependen completamente de su presente, de sus pasiones, de sus caprichos y manías; (…) convirtiéndose en esclavos de los ídolos esculpidos por sus propias manos”.


 La séptima enfermedad, “gravísima” según el Papa, es la de “la rivalidad y la vanagloria”, cuando “la apariencia, el color de los vestidos y las insignias de honor se convierten en el objetivo prioritario de la vida”. Huelgan más comentarios.

La octava de las 15 enfermedades es la “esquizofrenia asistencial”, sufrida por aquellos miembros de la Curia que viven “una doble vida”, que se dedican a los asuntos burocráticos de la Santa Sede perdiendo el contacto con la realidad de las personas concretas: “Se crean así un mundo paralelo y viven una vida escondida y a menudo disoluta. La conversión de estas personas es urgente”.

Las siguientes enfermedades detalladas por el Papa no son exclusivas del interior del Vaticano. Se puede decir que son virus universalmente expandidos.

 En el punto nueve, un clásico en las intervenciones de Francisco, habla del peligro de la afición a criticar y a cotillear –“¡hermanos, guardémonos del terrorismo de las habladurías!”--,

En el 10 pone el acento en el peligro de “divinizar a los jefes”, un peloteo vital en el que tantos basan su ambición de ascender, “pensando solo en lo que se puede obtener y no en lo que se debe ofrecer”.

 La enfermedad número 11 es “la indiferencia hacia los demás”, muy unida también a los celos, “cuando cada uno piensa solo en sí mismo y pierde el calor de las relaciones humanas”.

 A la siguiente enfermedad –la de “la cara fúnebre”—también suele referirse Bergoglio, un Papa con gran sentido del humor, de forma habitual: “El religioso debe ser una persona amable, serena y entusiasta, una persona alegre que transmite alegría. ¡Qué bien hace una buena dosis de humorismo”.

El Papa cierra su diagnóstico sobre los males de la Curia –aunque no solo de la Curia—advirtiendo sobre “la enfermedad de acumular bienes materiales”.

 –número 13--, “la enfermedad de los círculos cerrados” –14—

y, finalmente, la del “aprovechamiento mundano, de los exhibicionistas”, la de aquellos que “transforman su servicio en poder, y su poder en mercancía para obtener ganancias mundanas o aún más poder”.

No deja de ser significativo que, además de leer la cartilla a la Curia, el papa Francisco quisiera también reunirse con los trabajadores del Vaticano. Con ellos utilizó un tono y un mensaje muy distinto: “Quiero pediros perdón por mis errores y los de mis colaboradores y también por algunos escándalos que han hecho tanto daño. ¡Perdonadme!”.


Don Alberto Suárez, un nuevo cardenal para México

 Jorge E. Traslosheros
Profesor titular del IIH UNAM

Don Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, será creado cardenal por el Papa Francisco en el consistorio del próximo 14 de febrero. Como católico y mexicano la noticia me ha llenado de gozo por cuatro razones que comparto:
1. Don Alberto Suárez Inda, lo sé por experiencia personal, es un ser humano excepcional, un pastor con olor a oveja como diría el Papa Francisco. No solamente ejerce un decidió liderazgo dentro del Episcopado Mexicano, sino que lo extiende hacia América Latina dentro del espíritu de la CELAM de Aparecida. Sus huellas digitales están en cuanta iniciativa trascendente ha tomado la CEM. Su nombramiento, además, tiene un tinte bíblico innegable. Como Abraham, Moisés o el mismo san Pedro, Dios les llama a dar el resto justo cuando pensaban en la edad del retiro. Poca sorpresa, ¡al Papa le pasó exactamente lo mismo!
2. Morelia es una de las sedes episcopales más importantes en nuestra historia, junto con Puebla y la Ciudad de México. Suárez Inda es sucesor directo de Don Vasco, cuya causa de beatificación rescató del olvido y ahora goza de cabal salud. Sería muy importante que culminara dentro de los próximos años. Don Alberto ha estado a la altura del compromiso heredado de Don Vasco, de manera especial en los últimos tiempos, en que la violencia ha sentado sus reales en Michoacán. Ha sido voz y presencia profética en medio del desierto de la violencia y la corrupción, remembrando las tareas desarrolladas por el gran varón de Quiroga.
3. El nombramiento de Suárez Inda como cardenal es muy importante para Michoacán y para México. Es un poderoso mensaje del Papa para cuantos viven en una de las regiones más golpeadas por la violencia y que se extiende por la zona de Tierra Caliente, desde Guerrero hasta los linderos de Colima. También es un fiat del Papa Francisco para las iniciativas a favor de la paz y la justicia que vienen desarrollando los obispos mexicanos, junto con religiosos y demás organizaciones de laicos. Una labor lejana a los medios de comunicación, pero que otorgó el nada elogioso lugar a México como el país donde más asesinatos hubo en el mundo contra agentes de pastoral. La sangre del padre Gregorio López Gorostieta, recientemente asesinado en Guerrero, será semilla de nuevos compromisos. Así, desde Michoacán, la periferia social y existencial de México que nos representa a todos, la voz de nuestros obispos y el quehacer cotidiano de la Iglesia deberá extenderse a cada rincón del país.
4. El Papa creará otros catorce cardenales electores durante el próximo consistorio. En su mayoría provienen de las periferias del mundo, zonas pobres, abandonadas como denunciara en su momento Benedicto XVI; pero en las cuales la Iglesia crece no sólo en números, sino en testimonio. El que Morelia se transforme en sede cardenalicia no es golondrina de invierno, sino una orientación eclesiológica de la mayor trascendencia. El nombramiento de don Alberto tiene todo el sabor a Francisco.
Por estas cuatro razones, compartidas a vuelapluma, mi corazón se llena de alegría. Mi pensamiento se remonta al salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo.”

Twitter: @trasjor

Bautismo del Señor; Enero 11 del 2015

Una vez pasadas las fiestas navideñas, la liturgia comienza a presentarnos el gran panorama de la vida de Jesús –desde su inicio hasta su entrega total- que será la pauta y referencia para el cristiano, para su seguidor. Es a Jesús a quien tenemos que recurrir, si queremos ser auténticos creyentes de la propuesta que nos hace la Iglesia. Las doctrinas, predicaciones, consejos que vamos escuchando a lo largo y ancho de nuestra vida, no tendrán sentido, sino en la medida en que estén enraizadas en la “Buena Noticia del Reino”.
Jesús será nuestra referencia y por eso la Iglesia nos lo despliega en una biografía continuada, a fin de que podamos ir convirtiéndonos en “alter Christus”, en otro Cristo, como dice San Pablo. Por eso comenzamos por la vida pública de Jesús, por el Bautismo, que marca este inicio paradigmático de todo cristiano.
Jesús es tocado por el Espíritu e invitado a dejar su “vida oculta” y comenzar abiertamente su Misión. No sabe a dónde va ni a qué. Sólo registra un movimiento interior que lo lleva a ser bautizado.
Algo totalmente desconcertante y hasta absurdo. Un “Mesías” tendría que comenzar su vida con signos extraordinarios, rompiendo paradigmas, a fin de que el “primer golpe” realmente impactara en su audiencia. Pero los “caminos de Dios nos son nuestros caminos”. Humanamente Él va a bautizarse como cualquier otro pecador: ningún privilegio, hace cola, se mezcla entre los pecadores, no pide especial atención… Absurdo, pues más difícil le será a sus coterráneos creer en Él. No puede ser “El Mesías” quien ha salido del mismo pueblo, quien se presenta como pecador, quien no tiene poder para liberar al pueblo.
Pero en su misma obediencia al Espíritu es donde surge lo extraordinario: los cielos se rasgan, el mismo Espíritu se visualiza en forma de Paloma, una voz potente se escucha con una frase muy corta, pero que revela y manifiesta quién es verdaderamente ese hombre de Nazaret: “He  ahí a mi hijo amado en quien tengo puestas mis complacencias”.
La promesa del Antiguo Testamento se cumple, como señala Isaías. La Humanidad no había podido realizar el designio de Salvación de Dios, sino hasta ahora. Por eso “los cielos se rasgan” y hacen “llover al Salvador”. En su Siervo “ha puesto su  Espíritu para que  haga brillar la justicia…; no se doblegará hasta haber establecido el derecho sobre la tierra”. El Señor lo ha tomado de la mano, lo ha formado para “abrir los ojos a los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, liberar a los que habitan en tinieblas…” El deseo de Dios que el ser humano no había podido realizar, ahora se hará realidad en ese hombre común y corriente que es Jesús de Nazaret.
Humanamente, el bautismo de manos de Juan está realizando la inserción de Jesús hasta lo más oscuro de la humanidad: el pecado. Jesús se sumerge en esa realidad como cualquier otro ser humano. Simbólicamente, Jesús está tocando el límite, impotencia, frustración, dolor y sufrimiento de la creación entera que no ha podido realizar el plan salvífico de Dios, y por eso acude al Bautismo para limpiarse, para expresar el deseo de morir a ese mundo de tinieblas y comenzar otra vida.
Divinamente, ese comienzo absurdo es confirmado por Dios. Misteriosamente, la antigua lejanía de Dios y la distancia insalvable entre la tierra y el cielo, quedan superadas por la persona de Jesús. En el Bautismo, no queda atrapado por el poder de las tinieblas, sino que resurge con la fuerza del Espíritu. El Padre confirma que Jesús es su Hijo Amado, que en Él está el Espíritu y que ese camino de salvación que ha comenzado desde “el reverso de la historia” es la forma como Dios quiere que se  realice la liberación del pueblo.
Jesús no es sólo verdadero hombre, sino el “hijo de Dios”, “el amado”; es su “imagen”; la concreción del amor –en el que Dios consiste- aquí en la tierra. Todo el largo proceso de la encarnación, ahora se dimensiona en toda su inmensidad y en todo su misterio. Jesús cobra su verdadera identidad: es “el Hijo”.
El Espíritu en forma  de Paloma se posa sobre su hombro. Ahí Jesús comienza a descubrir su misión; su identidad. Saberse “hijo amado”, saberse acompañado del Espíritu y saberse que en Él se están rasgando los cielos y restableciendo la comunicación entre Dios y los hombres, le evidencia y confirma su Misión: Él será el Mesías –pero como siervo sufriente-; es decir, como quien desde la debilidad y solidaridad con la miseria humana, hará la salvación. Como dice San Pedro en los Hechos de los Apóstoles: él es testigo de  “cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él".
Así es como comienza la vida pública de Jesús: experiencia de inserción en la muerte solidaria con la humanidad, para desde ahí resurgir por la fuerza del Espíritu en la certeza de saberse, y nosotros por añadidura, hijos predilectos del Padre. Jesús no irá por propia iniciativa: irá bajo la guía del Espíritu quien le hará ser fiel al Padre hasta la entrega total de su vida a la humanidad y por ella.
“Pasó haciendo el bien y curando toda enfermedad y dolencia”: esa es la fuerza del Espíritu que animó a Jesús y que ahora invita a hacer lo mismo a todos aquellos que  quieran ser seguidores del Evangelio. Habremos de preguntarnos por los efectos de nuestro propio bautismo, por nuestra identidad, por nuestra misión. ¿Qué tanto reproducimos la imagen del Padre, qué tanto nos hacemos solidarios de sus intereses, qué tanto estamos llenos del espíritu para dejarnos guiar por Él y convertirlo en nuestra fuerza para que sea Él quien nos ayude a realizar la misión que también nosotros tenemos como bautizados, como seguidores de Jesús? ¿Nuestro bautismo ha perdido su fuerza o sigue actuando en nosotros?



domingo, 14 de diciembre de 2014

3er Domingo de Adviento; Diciembre 14 del 2014

Lecturas: Isaías 611-2. 10-11; Tesalonicenses 516-24; Juan 16-8
Tiempo de Adviento; tiempo de esperanza. “Consuelen; consuelen a mi pueblo”, dice el Señor.
Al igual que en el tiempo de exilio del pueblo de Israel, nuestro pueblo, la nación entera, pasa por una de sus peores crisis del México moderno. Quizá por eso son tiempos de esperanza, pues hemos agotado nuestras fuerzas por lograr un cambio, y cada vez se ve más lejos. Tenemos muy pocas realizaciones que verifiquen que las cosas van mejorando; más bien las evidencias son las contrarias. Por eso es tiempo de esperanza, porque todo lo que queremos está por venir, tenemos que esperarlo; ya no podemos confiar ni siquiera en nuestras propias posibilidades, pues vemos que pocos frutos hemos logrado.
Y aquí es donde se inserta el adviento. Cuando hemos agotado las fuerzas, aparece el Señor para “no apagar la mecha que aún humea”; para no “quebrar la caña” que aún se mantiene; para sostener las piernas vacilantes y ayudarnos a seguir caminando hacia la misma promesa de Dios. Es cierto que no podemos perder de vista el dolor y sufrimiento del pueblo; pero no podemos ahogarnos en él; no podemos quedarnos paralizados en él y centrar toda nuestra vida en la impotencia.
Por eso, este tiempo viene a levantar la esperanza que no surge de lo que vemos. Al mirar a nuestro alrededor, ahí no encontramos motivos de esperanza: las estructuras de nuestra sociedad están vencidas, dobladas, carcomidas. La corrupción, la injusticia, el crimen organizado, la muerte lo van dominando todo. Nuestra historia no nos ofrece motivos para esperar, al igual que tampoco los ofreció en los tiempos del pueblo de Israel.
Pero no estamos solos, igual que los israelitas tampoco lo estuvieron: “Hay una voz que clama en el desierto” de nuestra vida, que anuncia ya al Salvador, como lo hizo Juan el Bautista. O como experimentó el mismo Isaías cuando el Espíritu del Señor se posó sobre él, lo ungió y lo envió a anunciar un año de gracia, una buena noticia para los pobres: que serían liberados de toda opresión y dominio, pues la justicia y salvación de Dios estaban ya germinando la tierra.
La salvación definitivamente viene de nuestro Dios; aunque esto no significa que la acción humana pase a segundo término o, simplemente, se anule. Isaías actúa con la fuerza de Dios; pero debe actuar; debe de ir con su pueblo y hacer que respondan, que enderecen los caminos, que quiten lo tortuoso de las sendas; porque entonces, “como la tierra echa sus brotes y el jardín hace germinar lo sembrado en él, así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones”. Por eso, sin Isaías, la voz de Dios no llegaría al pueblo.
Lo mismo pasó con Juan el Bautista. Con una gran honestidad él reconoce que no es el Mesías. Más aún, que ese que viene detrás de él es tan grande, que él no es digno ni siquiera de desatar sus sandalias. Y, sin embargo, la acción del Bautista fue fundamental para preparar la llegada del Señor. Sabiendo que no es el Mesías, no deja de “gritar en el desierto”; de exigir –como lo mismo hizo el Profeta Isaías- que el pueblo tiene que “enderezar el camino del Señor”; porque nosotros mismos lo hemos torcido.
Hoy no podemos quedarnos sólo con las frustraciones de nuestra sociedad; pero tampoco podemos dejar de  mirarlas; pues son ellas las que tenemos que iluminar con la esperanza que nos trae el Adviento. No estamos solos; el Señor viene a salvarnos; a sostener nuestras manos cansadas y nuestros corazones agotados; viene a darnos nuevos ánimos; a invitarnos a seguir luchando por el Reino; a luchar porque los pobres puedan vivir la buena noticia del Evangelio que no es otra que la paz y la justicia para todo el pueblo de Dios.
San Pablo nos invita a lo mismo: “vivan siempre alegres, orden sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús”; pero también nos exhorta a secundar la acción de Dios. Enfáticamente nos exige que no impidamos “la acción del Espíritu Santo”. Cada uno tendrá que revisar su actuación.

Tiempo de esperanza, pues todo lo hemos de esperar; pero tiempo también de compromiso, pues tenemos que secundar la acción de Dios para que en el pueblo brote el amor y la justicia. Éste es el gran regalo que nos trae el Adviento.