domingo, 14 de febrero de 2016

1er Domingo de Cuaresma; 14 de febrero del 2016

Deuteronomio 264-10; Salmo 90; Romanos 108-13; Lucas 41-13

Este domingo nos habla ya de que estamos de lleno en la Cuaresma; tiempo diferente al resto del año; tiempo con una densidad mayor, quizá sólo equiparable al tiempo de Navidad en el que el Verbo se hizo carne; se convirtió en uno de nosotros, igual en todo a nosotros menos en el pecado. Cuaresma nos remite radicalmente al mensaje más profundo de la salvación: Jesús, hijo de Dios, cumplirá la voluntad de Salvación de su Padre hasta el fin, aunque eso le cueste la vida. La Cuaresma, entonces, nos irá desplegando ese camino constituido por las opciones progresivas de Jesús que fueron determinando su desenlace final.
Este primer domingo, el de las Tentaciones, nos despliega el gran horizonte que determinará la vida del Hijo de Dios; será el marco definitivo por el que recorrerá su camino; la forma concreta de realizar el tipo de mesianismo que el Padre quiere, a fin de que la salvación y la forma de realizarla esté al alcance de la mano de cualquier ser humano. Muchas claridades surgen de este hecho.
Primero, la encarnación es tan real, tan total, que expone a Jesús a la tentación. Como hombre, Jesús fue tentado. No es fácil poder comprender este hecho. Como Dios, no podía ser tentado; pero como hombre sí. Exactamente igual que cualquiera de nosotros. Esa es la solidaridad, también al extremo, de Dios con la humanidad: no hay ventajas, privilegios, situaciones más cómodas que llevaran sólo a una “aparente” encarnación. Jesús superó la tentación como hombre, al igual que cualquiera de nosotros lo podrá hacer, siguiendo su ejemplo.
Segundo, si hay alguna claridad en este episodio tan escandaloso del inicio de la vida de Jesús, es que Dios, el Padre, no le impone su voluntad. Misterio incomprensible –como tantos otros de la vida del Dios encarnado-; pero que así es. Justamente por eso se da la lucha, la tentación. Si la voluntad del Padre se le hubiera impuesto a Jesús, no tendría ninguna tentación; ningún deseo de hacer las cosas de manera diferente. Eso devela que la salvación que Dios nos propone a cada uno de nosotros, sólo es una invitación, no una imposición. Ahí entra radicalmente la libertad humana, su deseo, su compromiso, que deja en juego nuestra respuesta. A lo largo del Evangelio se nos testimonia cómo la propuesta del Reino, de unirse a su causa, de dejarlo todo para seguir a Jesús, siempre fue respetando la libertad humana, por invitación: “Si alguno quiere seguirme…”. Incluso en algunas curaciones es manifiesta la invitación: “¿Quieres…?”
Tercero, lo que de fondo estaba en juego, no era ni la comida, ni la riqueza, ni el poder; sino la forma de Mesías que Jesús estaba invitado a ser por su Padre. Evidente que lo que está sobre la mesa son dos modelos antitéticos de realizar la salvación, con la diferencia que uno ciertamente la logrará y, el otro, quedará a mitad de camino.
El camino del tentador responde justamente a una concepción del actuar humano en el que el centro y el destinatario final de la vida es uno mismo: no ofrece vivir en función de los demás, en solidaridad con el sufrimiento del otro, comprometido con él, en búsqueda de nuevas relaciones que puedan superar el individualismo, la ceguera ante las necesidades de los otros, la sordera frente al grito de dolor del prójimo caído. Es un camino “aparentemente redentor”, pero en el fondo no lo es. La diferencia es algo sutil, difícil de advertir, que quizá sólo sea una pequeña desviación al inicio del camino; pero que al final, la discrepancia es total. Simplemente, no se logra la propuesta de redención del Padre.
Cuarto, las tentaciones. Reflejan claramente la invitación a centrarse en uno mismo, olvidándose de los demás: “primero –dice el Tentador- busca tu bien, tu beneficio personal, tu satisfacción… y serás feliz”. Luego -añade-, “no te esfuerces demasiado: usa el poder que tienes para solucionar los problemas que se te presentarán; no te preocupes de los demás; no haces daño a nadie; busca tu bien, atiéndete”. Segundo, “si me adoras, tendrás todos los Reinos del mundo: es decir, renuncia a Dios, conviérteme en un ídolo, y tendrás lo que jamás te hubieras podido imaginar”. Finalmente, “has un acto espectacular, tírate del alero del templo, y no te pasará nada. Así todo mundo te reconocerá como El Mesías y habrás obtenido lo que buscas”.
Quinto, una cosa más queda por añadir: que la tentación es mentirosa. Hay un claro engaño en lo que el Tentador promete: ni le va a dar todos los reinos, ni el camino que le propone realizará la misión que el Padre le ha encomendado a Jesús.
Con la fuerza de la Palabra de Dios, Jesús se libra de la tentación y confirma que su camino ha de ser aquel al que le Padre lo invita. El único poder que usará Jesús para sí mismo es el de poder entregar su vida hasta el final. Ahí entiende que su Mesianismo no será el del triunfo, el reconocimiento como del gran guerrero y libertador; sino el de recorrer el camino palmo a palmo, como cualquiera de nosotros podrá hacerlo, haciendo “el bien y curando toda enfermedad y dolencia” hasta el fin; su mesianismo será el del “siervo sufriente” que ya había anunciado el Profeta Isaías.

Reflexionemos, como dice San Ignacio, para sacar provecho y aprovechemos la Cuaresma para revisar nuestras vidas frente al compromiso con el Evangelio.

domingo, 10 de enero de 2016

El Bautismo del Señor; Homilía de José Antonio Pagola; Enero 10 del 2016

INICIAR LA REACCIÓN
El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los "bautizará con el Espíritu Santo y con fuego".
A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia es hoy "la mediocridad espiritual". La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.
Estos últimos años ha ido creciendo la desconfianza en la fuerza del Espíritu, y el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los "signos de los tiempos".
Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categoría premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.
Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos creyentes.
Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son "espíritu y vida".
Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Qué importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.
A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.


Bautismo del Señor; Enero 10 del 2016

Isaías 401-5. 9-11; Salmo 103; Tito 211-14; 34-7; Lucas 315-16. 21-22

El Bautismo del Señor es uno de los hechos más paradigmáticos de la revelación. En una primera instancia, este hecho no abona a la realización de la Misión que Jesús venía a realizar en nuestra historia. Es decir, Jesús llevaba casi 30 años viviendo como cualquier persona normal de este mundo. Salvo el acontecimiento del Templo cuando tenía 12 años en el que discute con los Doctores de la Ley, y que quizá para nada trascendió en su biografía particular, de ahí en fuera nada de “extraordinario” había acontecido en su vida. Jesús era un trabajador más de su pueblo; era un judío practicante; una persona como cualquier otra. Si Él venía a manifestarse como Hijo de Dios y a impactar con su mensaje de salvación como el Mesías verdadero, hasta ese momento no había ningún rasgo que lo indicara.
Sobre todo desde el imaginario popular, la idea dominante del Mesías era la de un gran guerrero, poderoso, que mediante su fuerza y liderazgo, liberaría al pueblo de Israel de todos sus enemigos; habría de ser alguien enviado de Dios y que, mediante signos extraordinarios, acreditara su procedencia. Sin embargo, el camino de Jesús estaba siendo todo lo contrario. De su parte, no había puesto ni hecho nada fuera de lo común; ningún rasgo para pensar que Él pudiera ser “el Enviado”.
Y en este marco, como cualquier otro pecador, Jesús acude a ser bautizado. El Mesías no podía tener pecado: ¿por qué acude a bautizarse? Desde la óptica humana, más difícil está poniendo las cosas para realizar su misión. Se pone en la fila, como cualquier otro, y a pesar de la resistencia de Juan el Bautista, que es el primero que reconoce la divinidad de Jesús, se deja bautizar.
El mensaje es claro. Su Mesianismo será algo totalmente contrario a las expectativas de Israel. Su poder no será el de la fuerza que domina y destruye, sino de la fuerza que ama y se entrega, como cualquier otro lo puede hacer, innovando un camino hasta ahora inédito en nuestra historia. El cambio, la redención, la implantación del Reino, no será a base de un poder que domina, destruye, asesina y somete, como hasta ese momento estaban acostumbrados los judíos. Tener el favor de Dios, era dominar y no dejarse dominar; era controlar a fin de gozar ellos, como supuesto “pueblo elegido”, de todas las maravillas de la “tierra prometida”.
Por eso la forma como Jesús inicia su misión es lo más contrario a la lógica humana, al modo de proceder de los poderosos. Sus estrategias serán totalmente contrarias “a las de este mundo”. Por eso su Reino “no será de este mundo”; es decir, no será como el modelo que hasta ese momento existía en ese mundo. Su fuerza y poder no serán otros que los del servicio, la entrega incondicional, la atención a los marginados, a los que sufren, a los pecadores, como un signo de que “ahora sí está llegando el Reino a este mundo”. Un reino distinto; un “reinado” como forma de hacer llegar el amor del Padre a sus hijos que sufren, no con imposición y dominio, sino con servicio, con entrega, con amor hasta la muerte, sin fronteras.
En este sentido, Jesús no entra con ventaja en nuestro mundo; no hace cosas que nosotros como simples mortales no podamos hacer. El camino que abre para realizar el Reino y para mostrar que Dios, Yahvé sí está con nosotros, es el del servicio y la entrega. Es el anonadamiento. Como dice San Pablo en Colosenses, “no se aferró a su condición divina, sino que asumió la forma de siervo”, haciéndose uno como nosotros. Evidente que puso signos, que hizo milagros, pero sólo para dejar claro por dónde y cómo estaba utilizando el poder de Dios: lo que en ellos se manifestaba es lo que Él necesitó para dejar claro que iba a pasar “haciendo el bien y curando toda enfermedad y dolencia”.
El bautismo cierra el círculo de toda su vida oculta, en total coherencia con lo que había vivido. Por eso desde aquí se ve lo mismo que advertíamos en Navidad: Jesús entra en la historia absolutamente sin ningún privilegio, sin ninguna ventaja; y así comienza su Misión. No hay contradicción entre su nacimiento, como pobre entre los pobres, sin lugar para Él en este mundo; y, ahora, su ponerse en la cola de los pecadores para ser bautizado como cualquier hijo de Israel.
Y en ese acto de máxima coherencia, entonces aparece la Primera Manifestación divina, central para comenzar su Misión. Ahí se le revela a Él mismo que es “el hijo muy amado”, en el que Dios mismo tiene sus complacencias. Manifestación que no es de poder, dominio o destrucción, sino de amor: Él es el hijo amado. El Espíritu estará con Él; lo guiará en su modo de hacer el Reino; pero antes de comenzar ese mismo Espíritu lo llevará al desierto, donde tendrá su última preparación para iniciar su vida pública.
Como señaló San Ignacio en sus Ejercicios, dejémonos impactar por la escena y preguntémonos qué hemos de hacer o cambiar en nuestras vidas, para ser compañeros de Jesús en la realización de su Reino.



domingo, 13 de diciembre de 2015

¿Está fracasando el Papa? José M. Castillo, teólogo; Noviembre 1 del 2015

Enviado a la página web de Redes Cristianas
Teología sin censura
Hay gente que se hace esta pregunta. Incluso hay no pocas personas que ni se la hacen. Porque son los que ya tienen la respuesta. Y la tienen clara y segura, en el sentido de que, según piensan ellos, efectivamente es así. No se trata, pues, de que Francisco va a fracasar. Se trata de que Francisco, y el modelo de papado que él representa, ya ha fracasado. O sea, ni este papa ha renovado la Iglesia. Ni la va a renovar. Por la sencilla razón – dicen los defensores del fracaso – de que la teología de Francisco es poca y pobre. A lo que se suma el hecho de que no ha cambiado ni un solo canon de Código de Derecho Canónico. Ni los nombramientos de altos cargos en la Curia han sido determinantes para que las cosas cambien. Ni ha podido acabar con las firmes y sólidas convicciones de los cardenales que están en contra de su forma de ejercer el cargo de Sucesor de Pedro. Entonces, después de casi tres años de papado, ¿a dónde nos lleva este hombre? A una nueva y mayor desilusión en la reforma de la Iglesia, piensan o temen no pocos.
En fin, no sé si estoy exagerando. Ni soy quién para asegurar si tienen o no tienen razón los “profetas de desgracias”, que diría Juan XXIII. Lo que sí creo que puedo (y debo) preguntar es esto: ¿quiénes son los que afirman con seguridad que este papa ha fracaso? Ciertamente no dicen semejante cosa ni los pobres, ni los enfermos, ni los niños, ni los que se han quedado sin trabajo, ni las gentes que viven en barrios marginales, ni los que huyen de las guerras, de las hambrunas, de los países en los que se ven explotados o en situaciones de inseguridad, miedo y desesperanza. ¿Por qué será esto así?
Asegurar que este papa ha fracasado es, más que nada, desear que fracase. Y por tanto, desear que las cosas sigan, en la Iglesia, como estaban en los papados anteriores. O quizá – en el extremo opuesto – lo que algunos desean es que la Iglesia cambie, de la noche al día, a golpe de decisiones doctrinales y legales, que obliguen a infinidad de personas a pensar de manera distinta a como vienen pensando desde que eran niños. Pero, ¿es que un papa puede hacer semejante cosa en dos o tres años?
Pongamos los pies en el suelo. El papa, sea quien sea, no puede ser agente de división, sino modelo de tolerancia, respeto y comunión. Pero eso, en una Iglesia tan dividida y fragmentada como la que tenemos, no se consigue sino desde la bondad y la misericordia. Ejercer el papado no es hacer política, Y, menos aún, imponer decisiones que, en el mejor de los casos, se soportan, pero no se integran en la vida de las personas. La gente integra y hace suya en sus vidas, no lo que se les impone por obligación, sino lo que les atrae por seducción. El día que una notable mayoría vea en el Evangelio un “proyecto de vida”, que alivia penas, fomenta la felicidad y da sentido a nuestras vidas, ese día la Iglesia cumplirá con su tarea en este mundo y será distinta. Pues eso, ni más ni menos que eso, es lo que el papa Francisco está intentando hacer. Y es lo que la que va a hacer, si es que entre todo le dejamos hacerlo.


Termina el Sínodo de los Obispos: grandes expectativas, pequeños cambios; Oct 28 2015

 Enviado a la página web de Redes Cristianas
Observatorio Eclesial 

Este sábado concluyó en Roma la XIV Asamblea General del Sínodo de los Obispos, tras tres semanas de intensos y difíciles trabajos en lo que pudiéramos llamar el acontecimiento más importante de la Iglesia católica en los últimos 50 años, después del Concilio Vaticano II que justo este año (8 de diciembre) cumple medio siglo de haberse concluido.
Esta peculiar importancia no radica tanto en la forma como en el fondo: aunque fue importante el carácter participativo con que se llevó a cabo, con encuestas y reuniones previas cuyo objetivo era tomar en cuenta a toda la comunidad eclesial y todas las comunidades eclesiales, sobresale la recuperación del espíritu de sinodalidad en la iglesia, que no significa otra cosa que hacer valer la voz de los obispos en igualdad de condición con la voz del papa, quien dejará muy claro en algunas de sus intervenciones durante el Sínodo que él está ahí como obispo de Roma y no de todas las diócesis del mundo, abriendo la posibilidad a un diálogo eclesial eficaz que no había ocurrido, decíamos, desde el Concilio Vaticano II.
Pero, hay que reconocerlo también, los resultados de esta asamblea sinodal han sido demasiado pocos y menores en relación a las grandes expectativas que se generaron en torno a él y respecto de un cambio significativo de la doctrina y praxis eclesiales en torno a puntos sensibles del tema de la familia: la comunión a divorciados vueltos a casar, el reconocimiento de la diversidad de familias en la sociedad y la iglesia, y las raíces socio-económicas (y no sólo morales) de la actual crisis de la otrora llamada célula fundamental de la sociedad.
En su discurso al final de los trabajos sinodales el papa Francisco ha dicho que los trabajos no han concluido, y también reconocido que tampoco se han encontrado soluciones exhaustivas a todas las dificultades y dudas que desafían y amenazan a la familia. Falta esperar su exhortación apostólica para medir el alcance real de este acontecimiento, pero es muy probable que los frutos más eficaces se den en las iglesias locales, donde desde hace décadas viene ocurriendo lo que hasta ahora el sínodo ha dejado sólo como una posibilidad: una pastoral de lo familiar que tome en cuenta (sin satanizar) los grandes cambios socio-culturales que en el mundo se estan dando y que afectan a la familia, y actúe en consecuencia no desde una moral casuística, sino contextual y amorosa.
Por lo demás, más allá de posibles o imposibles aplicaciones o avances eclesiales, la realización de la asamblea de los obispos es reveladora por sí misma, ya que arroja un meridiano diagnóstico del estado de saludo de la institución católica desde lo que se ha convertido últimamente su más alto mecanismo de toma de decisiones: el sínodo. Más allá de un papa progresista, abierto al cambio, está una iglesia que se debate entre el pasado y el presente, entre la doctrina y la realidad, entre el anquilosamiento y el ansia de renovación, entre la testarudez y el diálogo.
Podemos, pues, vaticinar que poco cambiará en el discurso oficial católico sobre la familia y la sexualidad después de este Sínodo, con la misma certeza que podemos decir que algo definitivamente profundo está cambiando en las familias católicas, y que no puede ser ignorado por una institución religiosa que asienta sus bases sobre ellas. La Relatio Finalis emitida al final de estas tres semanas (4 al 25 de octubre) de trabajo deja entrever al menos la conciencia que tienen los obispos de que dichos cambios están aconteciendo, aunque no se atrevan a asumirlos y enfrentarlos, más por miedo que por una auténtica certeza o fidelidad cristiana.
@ Observatorio Eclesial
Discurso completo del papa al término de los trabajos del Sínodo de los Obispos sobre la Familia
Relatio Finalis (Documento final) del Sínodo de los Obispos al papa Francisco [en italiano]


3er Domingo de Adviento; diciembre 13 del 2015; José Antonio Pagola.

¿Qué podemos hacer?

La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?
El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados.
No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo". Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?
Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.
No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de "empobrecernos" poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.
Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno... Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.
Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas...
La crisis va a ser larga. En los próximos años se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestión de la crisis... Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.


3er Domingo de Adviento; Diciembre 13 del 2015

Sofonías 314-18; Isaías 12; Filipenses 44-7; Lucas 310-18

Llegamos al 3er domingo de Adviento. La Navidad cada día está más próxima, y esto nos invita a prepararnos para ella. Particularmente este domingo resalta la alegría. En medio de una cierta expectativa de los domingos anteriores que implicó vigilancia, espera, tensión, hoy la liturgia deja salir los sentimientos; quiere que nos alegremos, que salga espontáneamente el gozo que el nacimiento de Jesús y la salvación que llega con Él, nos trae.
Canta, hija de Sión, da gritos de júbilo, Israel, gózate y regocíjate de todo corazón” –nos dice el profeta Sofonías. Y lo mismo señala San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor; se lo repito, ¡Alégrense!... El Señor está cerca. No se inquieten por nada”.
Cierto, la invitación es clara: se trata de alegrarnos; pero, ¿cómo alegrarse? ¿Cómo cantar cuando uno no sólo vive como esclavo, sino realmente lo es?, como le sucedió al pueblo de Israel durante su  exilio. Algo semejante experimentamos. El panorama del país es oscuro: desde hace tiempo los nubarrones están sobre nuestra nación y nada bueno se augura para el próximo año que está por nacer, para el 2016. ¿Cómo pueden alegrarse los padres de hijos desaparecidos, los familiares de las mujeres que han sido asesinadas, las familias cuyos ingresos no pueden satisfacer las necesidades mínimas de sus hogares y se ven obligados a migrar, arriesgando todo, incluso la vida?
Sofonías, en la primera lectura, nos da una clave de inicio: “No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti. Él se goza y se complace en ti; él te ama y se llenará de júbilo por tu causa”. Este es justo el motivo de esperanza que surge de la Navidad. Nuestro Dios se hace “Emanuel”; se hace un “Dios con nosotros”; viene una vez más a nacer en medio de nuestra tierra para reanimar a los de corazón apocado, a los que han perdido la fe, a los que se han cansado de luchar por la justicia, por una nueva sociedad. Por eso se nos pide “no temer” y que “no desfallezcan nuestras manos”. El Dios que nos acompaña es poderoso, es nuestro salvador, está en medio de nosotros. Nos ama y se llena de gozo por nuestra causa.
San Pablo refuerza la esperanza: “Alégrense siempre en el Señor… El Señor está cerca. No se inquieten por nada”.
Esta es la primera manera de prepararnos para la Navidad: abrir la conciencia y el corazón a la presencia de Dios en nuestra historia. Él no se ha olvidado de nosotros, de nuestras luchas y esperanzas; pero hay que hacerlo presente en nuestras vidas; hay que interiorizarlo; hacerlo “compañero de camino”, de día y de noche. Navidad implica, –como una primera actitud- la renovación de la presencia de Dios en nuestros corazones. En Él somos fuertes; Él renueva nuestra esperanza; fortalece nuestros brazos cansados; reanima nuestras piernas vacilantes.
Pero, como siempre, no le podemos dejar todo a Dios; no basta con tener la certeza de que nos acompaña. Él sin duda nos anima y sostiene, pero no hace la tarea por nosotros. Jamás le podremos echar la culpa a Él del desastre que hemos hecho de nuestra tierra. Navidad también implica responder a las invitaciones que nos hace Juan Bautista en el Evangelio de este domingo. Es sorprendente la conciencia social que tenía Juan hace 21 siglos. Y lo más maravilloso es que usando un signo sacramental, como era el Bautismo, no lo sacraliza reduciéndolo exclusivamente a un acto religioso.
Para Juan, el bautismo implicaba necesariamente un “cambio de corazón”, una “metanoia”, una conversión radical de toda la persona. Bautizarse era rehacer las relaciones con Dios y con los seres humanos, con las personas con las que uno tenía que convivir. Y eso lo veía como preparación al bautismo que Jesús estaba ya próximo a realizar: un bautismo “con el Espíritu Santo y con fuego”.
Es decir, prepararnos hoy a la Navidad, a la venida de Jesús, implica revisar qué tanto respondemos a las invitaciones de Juan Bautista. Veamos:
1.     No invita a quedarse en el desierto, sino a la solidaridad: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo
2.     Invita a practicar la justicia: “no cobren más de lo establecido”.
3.     Invita a no caer en la corrupción, a ejercer honestamente el poder: “No extorsionan a nadie ni denuncia a nadie falsamente”.
4.     En pocas palabras, invita a vivir honesta, justa y humanamente la existencia cotidiana con todas las relaciones que esto implica: familiares, sociales, laborales, políticas.
El bautismo es un acto para toda la vida; pero la conversión es una decisión de cada día. Navidad implica un gran gozo, cierto; pero igualmente un cambio de corazón, una revisión profunda de nuestras relaciones para con los demás. La navidad no sólo se prepara con regalos, comidas, brindis, alegría; sino con un nuevo compromiso en favor de la justicia y del amor.