domingo, 8 de mayo de 2016

La Ascensión del Señor; José Antonio Pagola; 8 de mayo de 2016

CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD
Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?
Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?
Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a los pequeños.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes… Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.
La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra cultura.
Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos «el tiempo del Espíritu», tiempo de creatividad y de crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de Jesús «recetas eternas». Nos da luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de Jesús.


La Ascensión del Señor; Mayo 8 del 2016; homilía de Fdo Fdz Font, sj

Hechos 11-11; Salmo 46; Hebreos 924-28; 1019-23; Lucas 2446-53

Casi al fin de la Pascua, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor. Su ciclo se cierra. La misión de Jesús ha terminado. Enviado por Padre, ha realizado dos encargos: mostrarnos qué significa “amar hasta el extremo de dar la vida por los demás”, condición indispensable para la llegada del Reino; y, segundo, cambiar radicalmente la imagen de Dios: Él es la fuente de paternidad y maternidad volcada hacia todos los seres humanos. “Reino” y “Padre” resumirían su presencia en nuestra historia.
Pero Él ha terminado; poco tiempo en nuestra casa, pero un tiempo denso, cargado de un gran dinamismo; tierno hasta el extremo, pero violento y radical contra el poder y el abuso de los pobres. Él no podía quedarse para siempre; no hubiera sido ser humano; tarde o temprano tenía que morir. Por eso su estrategia fue clara desde el principio. Él había puesto la muestra; había enseñado el camino; pero otros tendrían que continuarlo; tendrían que aprender y continuar con su Misión.
De manera un tanto ingenua escogió a las personas –desde nuestro punto de vista- menos capaces para continuar con su obra. Como dice San Pablo, no escogió a sabios y poderosos, sino a rudos e ignorantes. “Llevamos el mensaje en vasijas de barro” –dirá también- para mostrar que la fuerza que tiene el Mensaje no es obra del apóstol sino de la gracia.
El final del tiempo del Mesías, abre un nuevo círculo: el círculo de la Iglesia protagonizado por ese puñado de hombres y mujeres sin más herramientas que “el amor a su Señor”, acompañados –definitiva y eficazmente- por la Madre de Jesús. La responsabilidad cae ahora sobre ellos.
Sin embargo, el encargo es relativamente sencillo: ser testigos de Jesús; dar testimonio de su vida y de sus obras. Es curioso; no se trata de crear instituciones, transformar las instancias políticas o militares, tomar el poder, borrar a las demás religiones o desaparecer a los que se opusieran al mensaje. Sólo “ser testigo”.
Simple, pero también muy complicado. Cada uno de ellos estaba invitado a ser “testigo”, a testimoniar a Jesús de Nazaret. ¡Qué fácil y qué difícil! Hay una línea muy delgada entre buscar ser uno el protagonista y testimoniarse a sí mismo; o con sus actos, dichos y palabras, testimoniar al Mesías. Ellos tenían que ser espejo de Jesús, del Salvador. A final de cuentas, estaban invitados a ser “otros Cristos”, haciendo que toda acción misionera llevara “a dar gloria a Dios” y no a ellos mismos.
Entonces, asumida de esta forma su tarea, podemos entender por qué Jesús confió en ellos: porque también ellos lo amaron hasta el extremo, como les había enseñado. La condición entonces para ser seguidor y apóstol del Reino, es estar profundamente enamorado de Él.
Enamorado de Jesús, uno ha salido de sí mismo y lo único que importa, como a la Magdalena, es saber “dónde está el Señor”. Y de ese amor, de esa maravilla que es ser amigos de Dios, es de lo que tenían que ser testigos.
Testimoniar un amor muy concreto a ese Hombre que se encontraron a orillas del Lago de Galilea; que les impactó tan profundamente que se atrevieron a dejar todo para seguirlo: a dejar su trabajo, sus barcas, sus redes, incluso a su propia familia. Enamorados de Aquel que proclamó desde el principio el Anuncio a los pobres, la liberación de los cautivos, la vista a los ciegos; la redención de los cautivos. Un Jesús que se compadeció del caído, que buscó a los excluidos, a los leprosos, a los que fueron sacados del camino, a las prostitutas y pecadores, y los devolvió a la vida; que les ofreció una comunidad en la que se sintieron acogidos, reconocidos en su dignidad sabiéndose también hijos de Dios y no rechazados por Él.
Testimoniar a aquel que no hizo otra cosa que revelar a un Dios a quien le podemos decir “Padre” y que destinó un Reino para nosotros: ser testigos del Dios del Reino y del Reino de Dios.
Sin embargo, la pregunta: ¿Serían capaces? Jesús regresa a la diestra del Padre, pero justo para eso y para eso les envía al Espíritu: es el don que los acompañará y les permitirá dar ese testimonio, incluso –como su Maestro- hasta la muerte.
Nosotros también tenemos el Espíritu. Es tiempo de celebrar agradecidamente la venida de Jesús, se presencia en nuestra historia que definitivamente la cambió, y el don del Espíritu, quien continua acompañando a su Iglesia para que todos demos testimonio auténtico y veraz de Aquél que fue y sigue siendo “el camino, la verdad y la vida”.


domingo, 1 de mayo de 2016

6° Domingo de Pascua; ULTIMOS DESEOS DE JESÚS; J. A. Pagola.

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.
Que no se pierda mi Mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese “reino de Dios” del que les ha hablado tanto. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: “el que me ama, guardará mi palabra...el que no me ama, no la guardará”.
Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?
El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Jesús no quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá de riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección.
El Espíritu les “enseñará” a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les “recordará” lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.
Después de veinte siglos, ¿qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?
Os doy mi paz. Jesús quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.
Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.
Después de veinte siglos, ¿por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El Papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio. No podemos quedarnos pasivos.

José Antonio Pagola

6° Domingo de Pascua; 1 de mayo del 2016; Homilía de Fdo Fdz Font, sj

Hechos de los Apóstoles 151-2. 22-29; Salmo 66; Apocalipsis 2110-14. 22-23; Juan 1423-29

El tiempo pascual sigue testimoniándonos la transformación profunda que va experimentando la primitiva comunidad cristiana. No les resultó fácil romper con el judaísmo, sin soltar totalmente su historia, como pueblo escogido por Dios. Como que tenían que tirar el “agua sucia” sino tirar al niño, ese niño que nacía a partir de la Resurrección de Jesús y que transformaría radicalmente la relación del ser humano con su Dios y la religión judía.
Por una parte el Dios liberador, profético, del Antiguo Testamento era parte que el mismo Jesús había incorporado a su vida: “no dejarán de cumplirse la ley y los profetas”; pero, al mismo tiempo, y eso fue lo realmente complicado, en Jesús se había dado una novedad ni siquiera imaginada a lo largo de toda la historia del pueblo de Israel. Jesús, profeta de la misericordia, luchador incansable al lado de su pueblo contra todas las injusticias y marginaciones que sufrían los pobres a manos del poder político y religioso, no pudo ser retenido por la muerte: el Padre lo resucitó y, con eso, confirmaba su camino: su camino de una lucha contra toda dominación aunque eso costara la muerte; pero una muerte, que ya no tuvo poder sobre Él: Jesús pasó por la muerte como un rayo de luz pasa a través del cristal.
Novedad absoluta, radical: Dios con nosotros (el Emanuel) y nosotros con Dios. Un mundo más allá de las leyes, los ritos, los sacrificios; una experiencia religiosa que vuelve a confirmar absolutamente el mandamiento más importante de la Ley: “amarás a Dios y a tu prójimo, como a ti mismo”. No será ahora el cumplimiento de la ley lo que salva, sino el amor real, concreto, por el que ha sido asaltado y dejado fuera del camino; por la prostituta redimida desde el amor incondicional que experimentó en Jesús; por el leproso que no le resultó repugnante a Jesús y que se atrevió a tocarlo, a caminar con él, a reincorporarlo a la vida del pueblo.
No es el poder, ni el templo, ni la ley, ni el control… lo que salva, sino el amor que permite unir el cielo con la tierra, a Dios Padre-Madre con sus hijos, la eternidad con la temporalidad.
Muy difícil para ese puñado de hombres y mujeres incultos que no eran ni sacerdotes, ni levitas, ni fariseos, ni escribas, poder discernir con qué se quedaban del Antiguo Testamento y qué desechaban; qué hacía la continuidad histórica con el Dios liberador del Éxodo y cómo habría de romperse con la vivencia de quienes se apropiaron del templo y de la ley para controlar y oprimir al pueblo con sus formalismos legales y su venganza del “ojo por ojo y diente por diente”; con su sed de sangre deseosa de asesinar al pecador y no de salvarlo.
Pero además, no se trataba simplemente de una continuidad discernida que buscara romper con lo peor de la religión judía; sino de una novedad total, inédita en la historia. ¿Qué añadía la experiencia dela Resurrección a su vivencia religiosa? ¿Qué implicaba en sus vidas, en sus prácticas? ¿Qué mantener y qué desechar?
La Resurrección fue poner las cosas en su lugar; fue recuperar el deseo original del Padre en el momento de la Creación: que todo ser humano fuera feliz en la presencia de su Dios, como lo describe la utopía del Paraíso en el Génesis y que la muerte vuelve a perder su dominio sobre la humanidad. La praxis religiosa se había desviado; ahora había que recuperarla, ordenarla. Por eso, lo importante no era ni el Templo ni la Ley en sí mismos, sino el ser humano como centro de cualquier experiencia religiosa.
La circuncisión deja de ser requisito para ser seguir de Jesús. Lo que daña no es lo que entra del exterior (como la comida), sino lo que sale del interior como los malos deseos. Lo fundamental está en otra parte: todo es bueno; todo está hecho para el hombre. Lo definitivo es el apoyo de unos con otros en la comunidad cristiana para “que nadie pase necesidad”; es la lucha por la libertad, por la verdad, bajo la inspiración de la “buena nueva” del Evangelio; bajo el modelo de Jesús, “el hombre nuevo”.
La afirmación que hace San Juan en la 2ª Lectura, en el libro del Apocalipsis, es realmente sorprendente: ya no hay templos, “porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo”; no se necesita la luz del sol o de la luna, “porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera”. El templo ha sido desplazado y en su lugar ha quedado la centralidad de Dios en la historia a través de Jesús, para plenitud del hombre.
Y la práctica “religiosa” no será otra que la del amor. Si amamos, entonces se juntará el cielo con la tierra: el Padre nos amará y vendrá a nosotros y pondrá ahí su morada. Nosotros somos ahora el templo verdadero donde podemos encontrar a Dios; por eso, además, será inviolable su condición: Dios habita en nuestro corazón.
Difícil síntesis entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero el Espíritu de la Verdad los fue acompañando para recuperar lo auténtico de uno y la novedad del otro. Las cosas han vuelto a ser puestas en su lugar: el ser humano de nuevo integrado con Dios; Dios experimentado como Padre-Madre mediante el amor, sabiendo que Cristo ha vencido al mundo, ha vencido a la muerte.
Que el Espíritu nos conceda recorrer los pasos que dio la Primitiva comunidad Cristiana.


domingo, 3 de abril de 2016

La pobreza y sus efectos sobre las decisiones de las personas; Luis A. Monroy; "Nexos"

Artículo en la Revista Nexos de Luis Ángel Monroy Gómez Franco

Usualmente cuando se habla de pobreza se le piensa en términos materiales, ya sea en términos de si se tienen o no los suficientes recursos para comprar los bienes y servicios que satisfacen las necesidades básicas, o en términos de si se tiene acceso a ciertos derechos sociales, como la vivienda, la salud, la educación, la seguridad social y la alimentación.1 Esto ha hecho que la mayoría de los economistas nos enfoquemos en analizar los efectos materiales de la misma. Es decir, la prioridad ha sido analizar cómo es que la condición de ser pobre –o no– afecta el desarrollo fisiológico de las personas, cómo impacta en el desarrollo de vida de las personas (ya sea educativa o profesionalmente), cómo reduce la cantidad de bienes a los que se puede tener acceso y cómo impacta eso a las personas. Hasta hace muy poco no existían investigaciones sistemáticas sobre cómo la pobreza afecta a algo mucho más crucial que todo lo anterior: la forma en que las personas toman decisiones.
Ser pobre o no implica contextos radicalmente diferentes bajo los cuales se toman decisiones. Específicamente, las personas en situación de pobreza toman todas sus decisiones en un contexto de escasez, mientras que las no pobres no lo hacen necesariamente. La escasez, o percepción de escasez, se refiere a tener o no los recursos (monetarios o de otra índole) necesarios para satisfacer nuestros deseos. Bajo esa definición es posible decir que todo mundo sufre de escasez en al menos una dimensión: no se tiene dinero suficiente para comprar el coche que se desea o no se tiene el tiempo suficiente para hacer todas las actividades que queremos realizar en vacaciones, por poner dos ejemplos. Sin embargo, no es lo mismo pensar o decir “no tengo dinero suficiente para comprar un coche” que “no tengo dinero suficiente para comprar la comida”, o “no tengo suficientes vacaciones para ver todo lo que quiero ver” que “no tengo suficiente tiempo para cuidar a mi hijo enfermo”. La diferencia es que en el caso de la primera opción de cada una de las comparaciones se hace referencia a una situación sobre la cual las personas pueden optar por ajustar sus deseos, mientras que en el segundo caso se trata de situaciones o necesidades sobe las cuales no se puede hacer un ajuste. Y es a estas últimas a las que más se enfrentan los pobres.
Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, en su libro Escasez: ¿Por qué tener tan poco significa tanto?, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica, resumen buena parte de la investigación más reciente sobre los efectos que tiene la escasez en la toma de decisiones. Esta investigación apunta a que la escasez distorsiona en dos sentidos la percepción de la realidad. Por un lado, provoca “visión de túnel”: la visión de túnel es cuando la persona en cuestión sólo se concentra en resolver aquella situación más urgente para cuya resolución carece de recursos suficientes; es decir, enfrenta escasez. Esto tiene un lado bueno, pues genera un bono de “productividad” en la resolución del problema en cuestión. Es decir, ante un contexto de escasez, somos más cautelosos y racionales en nuestras decisiones, buscando desperdiciar lo menos posible los recursos. El lado malo es que quedan fuera de la atención de la persona elementos menos urgentes, pero no menos importantes. La visión de túnel a su vez distrae recursos cognitivos: la persona no deja de pensar en aquello que tiene que resolver en un contexto de escasez, lo que deja menos recursos cognitivos disponibles para otras actividades. La visión de túnel, por tanto, cobra un impuesto cognitivo. Estas distorsiones no son voluntarias, son reacciones al ambiente de escasez.
La literatura ha identificado que dichas distorsiones aparecen en múltiples ámbitos de escasez.  Piénsese, por ejemplo, en la persona que tiene que pagar la renta en una semana y no tiene suficiente dinero. Olvidará que en dos días tiene una cita con el médico o la cancelará (visión de túnel), o incluso hará a un lado otras cuentas pendientes. Explorará todas las opciones posibles y optará por pedir un préstamo a una muy alta tasa de interés (“luego veré cómo lo pago”, pensará). Antes de ir a solicitar ese préstamo, prestará menos atención en el trabajo, o se enojará con mayor facilidad con su familia, pues no deja de pensar en la renta (impuesto cognitivo). La situación posiblemente resulte familiar, todos hemos enfrentado escasez de tiempo o de dinero. La cuestión es que los pobres las enfrentan permanentemente. Vale la pena parafrasear a Mullainathan y Shafir: la investigación reciente sugiere que no es que los pobres sean diferentes a los no pobres, es que la pobreza hace actuar diferente a las personas.
Si la escasez afecta de manera tan acuciada los procesos cognitivos, es necesario considerar otras dimensiones de la pobreza; la temporal, particularmente. La investigación que hay sobre el tema para México2 apunta a que los hogares que son pobres en términos materiales, también son usualmente pobres de tiempo. Es decir, de las 24 horas del día, la mayor parte de su tiempo se distribuye entre el trabajo no doméstico y el trabajo doméstico, dejando sólo una mínima parte para actividades de descanso o recreativas individuales o con la familia. Esto implicaría que las personas en situación de pobreza no sólo se enfrentan a las restricciones materiales, sino que también sufren de una fuerte escasez temporal, agravando los efectos arriba señalados.
Los sesgos cognitivos que se han identificado como inducidos por la escasez son particularmente graves para los pobres, porque son sesgos que hacen más difícil la superación de la pobreza. La visión de túnel implica que se prefiere aquello que resuelve necesidades urgentes, pero que no necesariamente las resuelve de manera permanente. Esto implica, por ejemplo, que se adquieran préstamos para salir al paso, sin considerar que con cada nuevo préstamo se incrementa la cantidad de deuda total a pagar en el futuro y, por tanto, se incremente la escasez futura de dinero. En lugar de resolver el problema, la escasez hace tomar decisiones que, como mencionan Mullainatan y Shafir, hacen que en un futuro se incremente la escasez. Para las personas en pobreza esto implica que los sesgos cognitivos provocados por la escasez empujan a decisiones que generan mayor pobreza en el futuro.3
Y muchas veces las consecuencias no se quedan en una generación. Si la escasez absorbe buena parte de los flujos cognitivos de los padres pobres, éstos tendrán una menor disposición a interactuar con sus hijos, o simplemente no tendrán el tiempo libre para hacerlo. Las investigaciones sobe desarrollo infantil temprano apuntan a que los estímulos tempranos que reciben los niños afectan de forma persistente su desarrollo posterior. Si los padres pobres estimulan menos a sus hijos como consecuencia de su propio agotamiento cognitivo causado por la pobreza, sus hijos a su vez tienen una mayor probabilidad de desarrollar menos sus habilidades cognitivas, lo que al interactuar con la pobreza vuelve más difícil que salgan de ella.
Vale la pena recalcar que las distorsiones cognitivas asociadas a la escasez ocurren lo quiera o no la persona y no tienen que ver con la capacidad cognitiva, afectan cómo se usa dicha capacidad. Son reacciones de la mente humana al contexto en que tiene que decidir. Basta pensar, por ejemplo, en cómo se comporta cuando se tiene una entrega de trabajo urgente ¿No se es acaso más distraído en lo que se hace? ¿No se cometen más errores en cosas no relacionadas a lo urgente? ¿Esos errores y esa distracción son intencionales? Ahora vale imaginar que siempre se está en ese estado, y que todas las decisiones son cruciales. Eso es la pobreza, un contexto de escasez permanente en el cual hay que tomar decisiones vitales. Y ese contexto, al empujar a los pobres a ciertas conductas, les estaría haciendo actuar de forma tal que sigan siendo pobres aun en contra de sus deseos. Los pobres no siguen siendo pobres porque quieren, es la pobreza la que no les permite dejar de serlo.


Marzo 2016.

2° Domingo de Pascua; 3 de abril del 2016; DE LA DUDA A LA FE; J.A. Pagola.

El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.
Por eso, todos sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: "Hemos visto al Señor". Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: "Si no lo veo...no lo creo".
Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.
Tomás ha podido expresar sus dudas dentro de grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.
Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.
Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. No critica a Tomás sus dudas. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le muestra sus heridas.
No son "pruebas" de la resurrección, sino "signos" de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: "No seas incrédulo, sino creyente". Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: "Señor mío y Dios mío".
Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, para estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios encarnado que constituye el núcleo de nuestra fe.

José Antonio Pagola

2° Domingo de Pascua; 3 de abril de 2016; Homilía Fdo Fdz Font

Hechos de los Apóstoles 512-16; Salmo 117; Apocalipsis 19-11. 12-13. 17-19; Juan 2019-31
Los tiempos litúrgicos han cambiado radicalmente: hemos pasado de la Pasión a la Resurrección; de un tiempo de sufrimiento, fracaso y muerte, a uno de triunfo, gloria y plenitud. Ese es el sentido más profundo de la Resurrección: todo lo que pareció absurdo y sin sentido, la más profunda derrota y fracaso, ahora se manifiesta como el único camino para acceder al plan definitivo del Padre, para bien de la humanidad. Lo que parecía perdido, ahora ha mostrado su verdadero rostro.
¿Qué reflexiones podemos hacer en torno a este hecho definitivo del Cristianismo?
Lo primero es rescatar el hecho. Como dice San Pablo, “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”. Sin la resurrección, Jesús hubiera sido sino un líder más como cualquier otro con una causa determinada, pero sin un sentido trascendente y definitivo. Para los otros líderes, la causa no está vinculada a la persona. Es más, todo mundo sabe que el líder va a morir y que los demás tienen que abrazar y seguir su causa. Con Jesús no fue así: “su causa” estaba íntimamente ligada a “su persona”. Por eso el desánimo generalizado de los discípulos y sus seguidores, cuando el Señor muere en la cruz. No luchan por Él, no salen a las calles y organizan una revuelta, no protestan y nombran a un nuevo líder. No; todo se acaba ahí. Los discípulos se llenan de miedo, se encierran, se desconciertan, no tiene un plan de seguimiento de la propuesta del Reino; comienzan a dispersarse, como los de Emaús; vuelven a su trabajo anterior, como los que se van a pescar de nuevo. El desconcierto es total y el miedo los lleva a la parálisis. El Proyecto del Reino ha muerto con la muerte de Jesús.
Segundo, el hecho de la Resurrección es un hecho de fe: algo en lo que uno cree y que se convierte en fundamento de la causa del Reino; pero del que no tenemos pruebas científicas, irrebatibles; del que no tenemos evidencias 100% convincentes. Los Evangelios sólo son un testimonio personal, de la vivencia espiritual que los discípulos dijeron haber tenido y que dejaron plasmada en los evangelios. Aquí es donde cada uno de nosotros somos forzados a un acto de fe, como creencia y como entrega: creo que Jesús está vivo y por eso me entrego a continuar con la realización de su Reino.
Pero, ¿esto significa que es una locura esta fe, o una arbitrariedad o una mentira? ¿No hay fundamento razonable? Por supuesto que sí, basado en dos hechos fundantes: primero, que la muerte de Jesús mató también la fe de sus seguidores. Ellos se desplomaron: se acobardaron, se llenaron de miedo, se dispersaron. Por eso, el hecho de que hayan vuelto con tal fuerza no es explicable humanamente, sino es porque de algún modo ellos experimentaron que “el Mesías estaba vivo”; y esa certeza absoluta, los “resucitó” también a ellos. La muerte de su Señor implicó su propia muerte; como también su Resurrección, los hizo resucitar. El puñado de cobardes que lo abandonaron en el momento más decisivo de su lucha, cuando iba a la muerte, ahora predican en el centro del Poder religioso, lo desafían, realizan “signos” (milagros) extraordinarios, se arriesgan al castigo y no huyen ante la muerte, como el primer mártir cristiano, Esteban.
Y el segundo hecho, es que esa fuerza desencadenó una historia que llega hasta nuestros días: hay una enorme cadena de testigos que han dado la vida por el seguimiento a su Maestro, porque han creído en el hecho de la Resurrección y han experimentado que “está vivo”, que “la muerte no pudo atrapar al autor de la vida”.
Tercero no hay Resurrección sin cruz: lucha y entrega de la vida hasta la muerte. El haber llegado a la Resurrección no significa que ya terminó la lucha. Miles y miles de hombres y mujeres siguen siendo crucificados; el sufrimiento y la muerte del inocente no ha terminado; la injusticia, el sufrimiento, los ataques permanentes a los hijos de Dios, nos reclaman una lucha, también para nosotros, hasta la muerte, sin pausa, sin componendas, sin justificaciones; una lucha por implantar el Reino de justicia y misericordia por el que el Mesías dio la vida.
Eso lo testimonian los escritos de la primitiva Comunidad Cristiana: “a ese que Uds. crucificaron es el mismo a quien el Padre ha resucitado”, lo ha devuelto a la vida. El vivir sólo anclados exclusivamente en la Resurrección, olvidándonos de los “Cristos” que aún hoy están siendo crucificados, es vivir alienados, huyendo de la lucha real por el Reino, apartándonos del verdadero camino de Jesús. Por eso la insistencia: el Crucificado es el mismo que el Resucitado. Es decir, el camino de Jesús se convierte así en algo paradigmático: sus seguidores tienen que llegar a la Resurrección tomando parte en la lucha hasta la muerte extender el Reino por el que Jesús entregó la vida.
Finalmente, caer en la cuenta que el creer en la Resurrección y seguir con la causa de Jesús teniéndolo a Él como “piedra angular” es un proceso lento y permanente, sostenido e impulsado por el Espíritu Santo, por el Espíritu de Jesús. A los discípulos les costó creer y tuvieron que vivir todo un proceso para llegar a entender plenamente lo que había pasado. Es el camino que tuvieron que recorrer los discípulos de Emaús, cuya fe despierta plenamente “al partir del pan”.
Ahí está el camino. ¿Queremos ser verdaderos seguidores de Jesús? Ya sabemos por dónde tendremos que ir.