domingo, 5 de junio de 2016

10° domingo ordinario; 5 de junio del 2016; José Antonio Pagola

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO
Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.
En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?
El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, «el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores». Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.
No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: «No llores». Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.
No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: «Muchacho, a ti te lo digo, levántate». Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús «lo entrega a su madre» para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.
Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.
En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».
Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.


10° domingo ordinario; 6 de junio del 2016; Homilía de Fdo Fdz, sj

1° Reyes 1717-24; Salmo 29; Gálatas 111-19; Lucas 711-17

Más allá de los hechos que narran la Primera lectura y el Evangelio –la resurrección de dos niños-, a donde nos llevan estas lecturas es al misterio de Dios, de su actuar, de su presencia en el mundo, a través de Elías o de Jesús, como también de San Pablo en la explicación que él mismo da de la forma como adquirió el conocimiento de Cristo.
En el fondo, la pregunta es por qué Dios actúa de esa forma: ¿podemos balbucear las claves de comportamiento de Dios, respecto a la salvación de la humanidad? En los tres casos, su intervención es para beneficiar a personas concretas, pero –más allá de eso que, sin duda, es fundamental- su intervención es para transmitir un mensaje de salvación; para hacerse presente y hacer que las personas puedan dar el brinco a la dimensión divina. Son comportamientos que, mediante signos extraordinarios, nos hacen caer en la cuenta de que hay un Dios, un Dios paterno-materno que busca intervenir en la historia de la humanidad, a fin de que las personas puedan caer en la cuenta que no sólo lo que vemos es la única realidad, sino –más aún- que la verdadera realidad no se agota en nuestra existencia o en la existencia del mundo, sino que va más allá.
Estamos creados con una inteligencia y un corazón para que podamos descubrir la trascendencia, la divinidad, a Dios mismo, presente en nuestra historia tanto de vida como de muerte, y así vivir de forma diferente, no sólo en cuanto a los comportamientos éticos o morales, sino a nuestro sentido de vida más profundo. Estamos hechos para Dios, y esta vida se nos dio para conocerlo y para decidir libremente si queremos que toda nuestra existencia esté envuelta –ya desde ahora- en Él; es como la oportunidad que se nos da para trascender una existencia chata, encerrada en sí misma, asfixiada en la materialidad de cada día, y abrirla al horizonte amplio y fresco de la divinidad. Es como tener la alternativa de vivir en un horizonte limitado y encerrado, o en otro abierto e infinito; es como solamente estar mirando a la tierra o abrirse a la inmensidad del Cosmos, a la belleza infinita e inconmensurable del Firmamento.
En la existencia de cada uno, siempre Dios se va haciendo presente de mil formas a fin de ofrecernos la posibilidad de que, libremente, optemos o no por Él. Dios pasa constantemente a nuestro lado dejando caer su invitación a vivir la vida con la intensidad y pasión que conlleva el decidir la vida junto a Él. Obvio, podemos no verlo, no caer en la cuenta que ahí va, a un lado; como también podemos verlo y decidir vivir sin Él, cuando menos con toda la pasión y revolución que podría implicar su presencia en nuestras vidas.
En la casa donde se hospeda Elías muere el hijo de la Señora que lo albergó. Para ella, la muerte es signo de castigo y no de la presencia de Dios; y el Profeta es el culpable. Tampoco Elías entiende la muerte del menor como una oportunidad maravillosa de entrar en una dimensión diferente de la existencia humana, de ahondar en su relación con Dios. En su oración, Elías le reclama a Dios; de muchas formas, ya lo había hecho. La relación del Profeta con Yahvé, no fue fácil; parecía una lucha entre ambos: entre el poder de Dios y el orgullo de Elías. En su oración, chantajea a Dios, y Dios accede: le devuelve la vida al menor; y al tomar de nuevo a su hijo, la mujer entra en esa dimensión de fe, en esa experiencia de Dios que, mediante la vuelta a la vida de su hijo muerto, ella también accede a una vida en Dios, que no tenía; ella también resucita: “ahora sé que eres un hombre de Dios” –le dice.
Con Jesús pasó algo semejante. Ve un entierro del hijo único de una viuda. Se compadece; se acerca; toca el féretro; y le ordena al joven muerto que se levante. Una vez resucitado, se lo entrega a su madre. La motivación de Jesús para hacer el milagro fue la compasión; pero el hecho fue más allá, se convirtió en un signo; fue más allá de un niño que vuelve a la vida: fue la oportunidad de abrirse a un Dios que camina nuestra historia y en su actuar nos ofrece la oportunidad para reconocerlo y vivir la vida con otra dimensión: la del creyente que ha tocado la divinidad y puede ver cómo “Dios ha visitado a su pueblo” y alivia el sufrimiento.
Finalmente, Pablo. De ser un perseguidor de la naciente iglesia de Jesús, es tocado por Él mismo y su vida se transforma totalmente: su pensar, su vivir, su actuar, todo cambia. Ahora conoce la verdadera doctrina que no recibió por medio de hombre alguno, ni siquiera de Jesús; sino por la revelación de la que fue objeto; y de la aceptación radical que el mismo Pablo hizo de esa oferta que Dios le hacía. Entró en una dimensión que hasta ahora –a pesar de ser creyente de la religión judía- no había encontrado.
Así es Dios: con un sinnúmero de acontecimientos, unos más evidentes y otros más ocultos, va tocando a nuestra puerta, va caminando junto con nosotros, siempre invitándonos a ahondar y a ir más allá de la existencia rutinaria de cada día. La vida se nos ha dado para buscar a Dios; y cada día tendríamos que ir acercándonos más a Él y dejándonos atrapar por Él. Vivir la vida divina ya desde ahora, es otra dimensión que desgraciadamente no siempre experimentamos o vivimos con la intensidad que contiene.


domingo, 29 de mayo de 2016

Frente unido contra la pobreza

BOLETÍN SEMANAL; Trasparencia y Rendición de Cuentas
SEMANA DEL 9 AL 15 DE MAYO

En 1992 México contaba con 46 millones de personas en pobreza por ingresos. Veintitrés años y una infinidad de programas sociales después, la pobreza no solo no ha disminuido sino que ésta se incrementó a 60.6 millones de personas en 2012. Proporcionalmente hablando, no hubo un aumento radical pero tampoco una disminución: se pasó de un 53.1% de población en pobreza a un 51.6% en 2012. Esto en un país en el cual, según Oxfam, el 1% de la población concentra el 43% de la riqueza del país. ¿Qué es lo que ha pasado? Para la Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, coalición de organizaciones sociales, el fracaso de las políticas y acciones contra la pobreza no se debe a la falta de diagnósticos ni a la ausencia de propuestas; sin embargo, existen una serie de problemas estructurales que han frenado la movilidad social y han producido que la pobreza y la desigualdad sean una especie de destino manifiesto, heredándose fatalmente por generaciones.
Un ejemplo de esto lo documenta el estudio hecho por CONAPRED y el CIDE en el cual se registra que el presupuesto federal discrimina y excluye a sectores de población vulnerable como mujeres, niños, discapacitados, indígenas y adultos mayores. La falta de transparencia y rendición de cuentas han generado que en muchos de estos programas se desconozca la población beneficiaria, no se cuente con un padrón de datos suficientes y de acceso abierto, que los requerimientos de acceso a sean tan complejos que terminan por excluir a los beneficiarios y que los objetivos y los resultados esperados no son identificables por lo que se acaba excluyendo a más del 30% de la población objetivo. Otros esfuerzos de organizaciones sociales como Transparencia Mexicana, Fundar y México Evalúa han registrado la opacidad y la incapacidad del gobierno para generar un efecto redistributivo en el diseño de la política social. Los más afectados son los jóvenes -con más de 7 millones viviendo de trabajos precarios, las mujeres -15 millones en trabajos con menor paga o fuera del mercado laboral y los indígenas -16 millones - que viven en situación de desigualdad. Para enfrentar el problema, en su primer aniversario, la Acción Ciudadana Frente a la Pobreza propone no solamente exigir el cumplimiento de las metas suscritas por México como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) sino que además propone una serie de acciones de entre las que destacan la exigencia de mayor rendición de cuentas y combate a la corrupción pare evitar la duplicidad de programas sociales que responden a ocurrencias políticas o a prácticas clientelares. También considera aumentar los mecanismos de participación y vigilancia social, que se fomente un presupuesto “sin moches” congruente con las recomendaciones y resultados de evaluaciones y que se potencien las acciones de otras coaliciones de organizaciones e instituciones como la Red por la Rendición de Cuentas.
Por otro lado, entre las acciones propuestas también se sugiere trabajar en el cambio de mentalidades. Es decir, como corresponsables de la desigualdad, la sociedad mexicana debe de cambiar la mentalidad de aquellos y aquéllas cuyas prácticas privadas fomentan el abuso y la exclusión como es el caso de modelos de negocio que pretenden apropiarse de riquezas naturales de pueblos indígenas o la falta de respeto a los derechos de las trabajadoras domésticas. Corrupción y desigualdad es la agenda prioritaria y es en la que habrá que trabajar en los años que vienen.









9° Dom. Ordinario; APRENDER A COMULGAR; José Antonio Pagola

Yo no soy quien para que entres en mi techo.
Habituados desde niños a recibir la eucaristía, fácilmente podemos hacer de la comunión un gesto vacío y rutinario, sin apenas contenido alguno para nuestra vida. Las palabras del centurión, «yo no soy digno de que entres en mi casa», que pronunciamos al comulgar, parecen ser una invitación a recibir al Señor de manera más viva y renovada.

La preparación litúrgica comienza con el rezo del Padrenuestro. Puestos en pie y sintiéndonos hijos del mismo Padre, invocamos a Dios con las palabras que Jesús nos enseñó, pidiendo que «venga su Reino». Pedimos también a Dios el perdón al mismo tiempo que nos perdonamos unos a otros. De esa manera, el Padrenuestro (cantado a veces con las manos abiertas y alzadas hacia Dios o juntándolas con las del hermano) nos configura como comunidad fraterna hecha de perdón y amor mutuo. A comulgar no vamos aisladamente, cada uno por su lado, sino como comunidad reconciliada que busca el encuentro con un Dios Padre de todos.

Precisamente por eso, nos damos a continuación el abrazo de paz, que es un gesto que invita a romper distancias y aislamientos, y a suprimir odios y divisiones entre nosotros.

El rito se inicia con una oración del sacerdote en la que, en nombre de una Iglesia pecadora pero creyente, se pide a Jesucristo la paz y la unidad. Después, respondiendo a su invitación, nos damos fraternalmente la paz. El gesto concreto puede ser muy variado: un abrazo, un apretón de manos, un beso, una inclinación de cabeza, una sonrisa... No es un mero gesto de amistad, sino expresión de la paz que el Señor nos regala y nosotros nos comunicamos unos a otros. Si el gesto no es caricatura, es el momento de restañar heridas, reforzar vínculos amenazados, reavivar nuestra solidaridad y comprometernos a construir paz.

Después de recitar todos el «Cordero de Dios», el sacerdote muestra el Pan eucarístico y nos llama a tomar parte en la Cena del Señor. Es una invitación a la fe y la vigilancia. Dichosos si en ese momento nos sentimos llamados a comulgar hondamente con Cristo.

Con actitud humilde («Señor yo no soy digno») pero confiada, en procesión ordenada y pausada, cantando desde lo hondo del corazón algún canto apropiado, nos acercamos con fe a comulgar.
El silencio agradecido (habría que prolongarlo más) y la oración conclusiva ponen fin al rito de la comunión. Alimentados por el mismo Cristo nos sentimos enviados a trabajar por un mundo más humano y fraterno. Sostenidos por él podemos seguir caminando con esperanza.


9° domingo ordinario; 29 de mayo del 2016; homilía de Fdo Fdz, sj

1° Reyes 841-43; Salmo 116; Gálatas 11-2. 6-10; Lucas 17-10

El nuevo tiempo de la Iglesia inaugurado por Pentecostés se desplegará ahora durante el tiempo ordinario haciendo que la comunidad cristiana, bajo el influjo del Espíritu, sea fiel a lo que vivieron y experimentaron los discípulos, en la época en la que Jesús hizo historia con la humanidad.
Poco tiempo estuvo el Maestro con sus discípulos y discípulas; pero el impacto sobre ellos fue total; sin embargo, hasta que no descendió sobre ellos el Espíritu, no terminó de consolidarse la experiencia de Dios y del Reino, que Jesús les había transmitido. Con esos pertrechos, con ese equipo, ahora tendrían que lanzarse a realizar la Misión que habían recibido.
Para nada se trataba de algo sencillo o fácil; sino sumamente complejo. Jesús ya no estaba con ellos; el diálogo con Él, había terminado. Sí, tenían ahora al Espíritu con su fuerza y con su guía; pero la comunicación tenía que ser discernida y luego discutida entre ellos. Ya no había una autoridad máxima, “al alcance de su mano”, como para dirimir los conflictos o diversas interpretaciones que entre ellos se iban a dar. La autoridad de Pedro era importante, pero la última palabra la tenía la comunidad. Fue el tema de si obligaban o no a los paganos conversos a seguir con las prácticas religiosas de los judíos.
La nueva experiencia de fe que se dio en Jesús, bajo el acompañamiento del Padre y la guía del Espíritu, rompió los estrechos moldes en los que religiosamente había crecido ese puñado de seguidores de Jesús. Ahora el horizonte se abría hacia todo el mundo, hacia todas las razas, hacia todo aquel que quisiera recibir la buena noticia del Reino, no importando quién fuera ni de qué experiencia personal viniera.
Misión demasiado ambiciosa o, quizá, demasiado compleja, extensa. Sin duda, esa primitiva comunidad se habrá sentido en muchas ocasiones desbordada por las enormes dimensiones del encargo y por los retos que implicaba. Por eso, tanta insistencia en la fe, como la liturgia nos presenta en este domingo. El llevar “la buena noticia del Reino” a todos los rincones del mundo, no sería posible sin creer profundamente en la fuerza de Dios.
Desde esta óptica, el Evangelio es una constante invitación a creer en Jesús y en el Padre y su Reino. Por eso la narración de un Romano, el Centurión, que ante la enfermedad de uno de sus siervos, muestra una fe que ni siquiera los judíos habían demostrado. Le manda decir a Jesús que no se moleste, que no es necesario que vaya hasta su casa; que simplemente diga una sola palabra y su siervo quedará curado. Punto. El Centurión, de tal forma cree en Jesús, que no importa ni la distancia, ni rituales de curación, ni siquiera su presencia. Se fe es total: “una sola palabra”; un solo deseo; una fe ciega. Por eso la gran admiración del mismo Jesús: en todo Israel no había encontrado una fe como la de él.
Un pagano les está dando una cátedra de lo que significa creer. Y eso es lo que ahora los discípulos en la época de la Iglesia necesitan tener: una fe capaz de mover montañas, de trasplantar árboles, de conquistar el mundo entero. La tarea es inconmensurable, imposible de realizar sólo con sus propias fuerzas o convicciones. O Dios está con ellos, y ellos están totalmente convencidos de ello, o la Misión terminará por ser un fracaso. Por eso la necesidad de la fe; pero de una fe como la del Centurión: absoluta, total, que traspasa tiempo y espacio.
Y la enseñanza para nosotros es clara: no se trata sólo de una fe que nos lleva a conocer lo que por nuestra propia inteligencia no podemos. Creer no es solamente cerrar los ojos y decir que existe algo que por los sentidos no podemos conocer. Creer es amar a esa persona que por la fe hemos conocido y entregarnos a su causa, con la total certeza que sólo “su palabra” será capaz de ayudarnos a realizar la misión que para nuestras propias fuerzas resulta imposible.
Fe, entonces, es una entrega, un amor, una solidaridad con la causa de Jesús, una confianza plena que nos lleva a trabajar por el Reino, a pesar de lo imposible que parece su realización; fe es saber que el Espíritu de Jesús nos acompaña día y noche para realizar la misión que también a nosotros se nos ha encomendado.
Reducir la fe sólo a creer que existe lo que no vemos, es empobrecerla; fe es la actitud total del creyente que se entrega a construir el Reino sin importar lo adverso o difícil que pueda ser. Fe es “creer a la persona de Jesús”, es “creer en su invitación”, es entregarse a su causa cueste lo que cueste. Fe va más allá de un beneficio personal, hasta buscar el bien de la comunidad; la implantación del Reino en nuestra historia.
Bajo el impulso del Espíritu es posible creer en Jesús y entregarnos a su causa a pesar de todos los fracasos que podamos tener en el deseo de realizar el Reino.




domingo, 15 de mayo de 2016

Pentecostés; 15 de mayo del 2015; José Antonio Pagola

INVOCACIÓN
Recibid el Espíritu Santo.
Ven Espíritu Creador e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!
Ven Espíritu Santo y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven y enséñanos a escuchar sólo a Jesús!
Ven Espíritu de la Verdad y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!
Ven Espíritu del Padre y enséñanos a gritar a Dios "Abba" como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!
Ven Espíritu Bueno y conviértenos al proyecto del "reino de Dios" inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!
Ven Espíritu de Amor y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!
Ven Espíritu Liberador y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven Espíritu Santo y contágianos la libertad de Jesús!


Pentecostés; Mayo 15 del 2016; Fdo Fdz, sj.

Hechos 21-11; Salmo 103; Romanos 88-17; Juan 1415-16. 23-26

La venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles cierra el ciclo de Pascua y con él, el de Jesús en nuestra historia. Y al terminar este primer dinamismo de salvación, aparece el del Espíritu que acompañará a los cristianos hasta el final de los tiempos.
Sin duda, que todos estos acontecimientos no dejan de estar envueltos por el misterio que implica la presencia de Dios en nuestra vida. La encarnación no es otra cosa que el deseo de Dios de “habitar” a la humanidad. “Habitar” es una palabra muy profunda, muy densa. Una casa “habitada” tiene vida; una persona “habitada” por Dios tiene una presencia poderosa, salvífica, misteriosa, divina, que la hace ya poseedora de la eternidad, de lo divino, de Dios mismo.
Y esto nos habla del sentido “pasivo” de la salvación en el Cristianismo, tan repetido por Jesús: “no me eligieron Uds. a mí; sino yo les he elegido”. El ser humano acepta o rechaza esta presencia; pero es Dios mismo quien ha tomado la iniciativa de estar en lo más profundo de nuestro ser, de hacerse “uno” –por así decirlo- con nosotros de tal forma que nos ha convertido “en verdaderos hijos”, en carne “divinizada” por el Espíritu. No que seamos “dioses”; pero sí sus hijos. Es el misterio de la gracia que Dios nos ha derramado abundantemente.
Una persona habitada no es una persona “hueca”, vacía de sentido, alienada. Una persona “habitada” es la que está consigo misma; que se posee; que es libre; que sabe lo que quiere; que vive la vida con sentido, y con un sentido que lo construye como persona, como ser humano; que toma sus decisiones conforme “al fin para el que fue creado”, como invita San Ignacio. Y en la medida en que el Espíritu “habite” en nosotros, entonces seremos fieles al Evangelio, porque estaremos habitados por el mismo Espíritu que “habitó” a Jesús y que lo guió conforme a la voluntad salvífica del Padre.
Éste es quizá el gran dilema de nosotros los creyentes: dejarse o no habitar por el Espíritu; hacerle un verdadero espacio en nuestro corazón o rechazarlo. Podemos decir que como “receptores” de la Encarnación, de ese tomar carne de nuestra carne que sucedió en Jesús de Nazaret, querámoslo o no, ya hemos sido hechos “a imagen y semejanza de Dios”: su semilla se integró con la nuestra. Al encarnarse, la carne humana fue tomada por Dios, hecha uno con Él mismo. Un rayo de la divinidad nos constituye. “Estructuralmente” así estamos hechos; y eso no lo podemos ni evitar ni cambiar.
Pero eso no basta. Aun siendo creados como sus hijos, tenemos la libertad para asumir o rechazar en la línea del tiempo, a lo largo de nuestra historia, esa “filiación”. Podemos desafiar a Dios y decirle que preferimos ir por nuestro lado, que asumir el camino de salvación que inauguró en Jesús. Parte de la historia de la humanidad, tomada desde la óptica del pecado, es lo que nos revela: una humanidad que le dice a Dios “no te serviré”.
Pero otra gran parte, también ha sido dócil a esa presencia del Espíritu en nuestros corazones y se ha dejado guiar por Él.
Así, el aspecto quizá más fundamental del Espíritu en nuestras vidas es que es nuestro “paráclito”, nuestro abogado. Como dice San Pablo en la carta a los Romanos, “intercede por nosotros con gemidos inenarrables”. Dejarse llevar, entonces, por el Espíritu, es aprovechar la fuerza y la intervención que Él opera en lo más profundo de nuestro ser, a fin de responder a las invitaciones que Jesús nos hizo en el Evangelio; al camino que él nos propuso; a la vida que nos ofreció; a la verdad que nos hizo y nos hace libres.
De ahí entonces que celebrar la venida del Espíritu de Jesús es abrirnos a la nueva época que se inaugura, la Época de la iglesia, de la comunidad de los seguidores de Jesús. Físicamente, Jesús ya no está en esa comunidad que creó; pero les ha enviado a su Espíritu quien ahora los guiará, “les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto” Jesús les dijo.
“Hablar lenguas”, realizar milagros, tener éxtasis místicos, etc., etc., sólo son las señales para que la humanidad sepa que la salvación ha llegado para todos; pero en sí mismos sólo son medios. No pueden ser lo central de la vida cristiana. El Espíritu no se entiende sin Jesús y su evangelio, y sin el Reino de Dios y el Dios del Reino, tal cual lo anunció el Maestro.
Fácilmente algunos cristianos se han quedado con los medios, y se han olvidado del fin. Se “han comido el rábano por las hojas”. Lo verdaderamente importante no son los signos espectaculares que acompañaron la llegada del Espíritu a esa Primera Comunidad de seguidores del Resucitado. No son las “lenguas de fuego” lo que importa; sino el fuego que el Espíritu enciende en nuestros corazones a fin de poder seguirlo hasta la muerte, a la manera de Jesús.
Ser coherente con el evangelio no es fácil; implica demasiados riesgos; incluso quizá el sufrimiento y la muerte; pero para eso está ese fuego, esa fuerza que desciende lo Alto y que nos acompañará hasta el final de la historia.
Finalmente, caer en la cuenta que las invitaciones del Espíritu sólo son eso; no son “imposiciones” y muchas veces se oscurecen por nuestros afectos que se desordenan y nos impiden escuchar lo que auténticamente nos pide el Espíritu. De ahí la necesidad del “discernimiento”, como lo señala San Ignacio. Las “buenas mociones” se pueden entremezclar con las “malas”, y entonces podemos equivocar el camino. Por ello no podemos dejar de discernir el camino de nuestras vidas, de crear esa sensibilidad para descubrir lo que Dios quiere para cada uno de nosotros y realizarlo gracias a la fuerza y el poder del Espíritu.
Que esta venida del Espíritu nos ayude a reforzar nuestra opción por el Evangelio de Jesús y a vivirlo en nuestro mundo, a pesar de la conflictividad en la que estamos inmersos.