domingo, 13 de agosto de 2017

19 Dom. Ordinario; 13 de agosto del 2017; Miedo a Jesús; J. A. Pagola.

Mateo ha recogido el recuerdo de una tempestad vivida por los discípulos en el mar de Galilea para invitar a sus lectores a escuchar, en medio de las crisis y conflictos que se viven en las comunidades cristianas, la llamada apremiante de Jesús a confiar en él. El relato describe de manera gráfica la situación. La barca está literalmente «atormentada por las olas», en medio de una noche cerrada y muy lejos de tierra. Lo peor es ese «viento contrario» que les impide avanzar. Hay algo, sin embargo, más grave: los discípulos están solos; no está Jesús en la barca.
Cuando se les acerca caminando sobre las aguas, los discípulos no lo reconocen y, aterrados, comienzan a gritar llenos de miedo. El evangelista tiene buen cuidado en señalar que su miedo no está provocado por la tempestad, sino por su incapacidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de aquella noche horrible.
La Iglesia puede atravesar situaciones muy críticas y oscuras a lo largo de la historia, pero su verdadero drama comienza cuando su corazón es incapaz de reconocer la presencia salvadora de Jesús en medio de la crisis, y de escuchar su grito: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
La reacción de Pedro es admirable: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». La crisis es el momento privilegiado para hacer la experiencia de la fuerza salvadora de Jesús. El tiempo privilegiado para sustentar la fe no sobre tradiciones humanas, apoyos sociales o devociones piadosas, sino sobre la adhesión vital a Jesús, el Hijo de Dios.
El narrador resume la respuesta de Jesús en una sola palabra: «Ven». No se habla aquí de la llamada a ser discípulos de Jesús. Es una llamada diferente y original, que hemos de escuchar todos en tiempos de tempestad: el sucesor de Pedro y los que estamos en la barca, zarandeados por las olas. La llamada a «caminar hacia Jesús», sin asustarnos por «el viento contrario», sino dejándonos guiar por su Espíritu favorable.
El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.
No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.


19° domingo del Tiempo Ordinario; 13 de agosto del 2017; Homilía FFF.

1er Reyes 199. 11-13; Salmo 84; Romanos 91-5; Mateo 1422-33

El evangelio inicia inmediatamente después de la multiplicación de los panes y deja entrever una situación realmente conflictiva en la vida de Jesús, y que poco toman en cuenta las reflexiones teológicas. El Señor realiza el milagro de los panes, pero no sólo para saciar el hambre de las personas que lo han seguido; sino para evidenciar el verdadero “signo” del Reino, de la llegada del Mesías: “la vida como banquete”, en el que el compartir, disfrutar la comida, la abundancia, son el verdadero milagro.
Sin embargo, el pueblo no trasciende; no capta el mensaje principal que Jesús quiere ofrecerles. Ellos sólo ven el beneficio personal e inmediato que han recibido. Su reflexión es muy pedestre: “si hay alguien que nos da de comer milagrosamente, pues hagámoslo Rey; y así se habrán terminado nuestros afanes”.
Por la reacción tan violenta de Jesús, se adivina que esta propuesta del pueblo se convierte en una verdadera tentación: qué bueno sería ser Rey de ellos y utilizar el poder para atraer a las masas; y así evitar lo conflictivo que será el mesianismo profético al que el Padre le había invitado.
El Evangelio transmite un cierto nerviosismo en Él; una prisa, un verdadero malestar; y una necesidad de refugiarse lo más pronto posible en el monte y orar. Frente a esta tentación –que sabemos que fue recurrente-, Jesús despide a la multitud, lo mismo que a sus discípulos, para quedarse solo. El encuentro con su Padre tras largas horas de oración, le devuelven la claridad del camino: no puede quedarse con el halago inmediato de la gente, cuando ese medio no ayuda a captar el verdadero mensaje del Reino. Después de la reacción del pueblo ante el milagro de los panes, termina frustrado, desconcertado; y por eso acude a la oración, para volver a clarificar lo que Dios, su Padre, quiere y espera de Él; intuye que no puede quedar atrapado en el gozo inmediato, el halago y la atracción de un mesianismo tranquilo y sin conflictos.
Y ahí descubre una nueva estrategia para transmitir la misión que el Padre le ha encomendado: se dedicará con más esmero a los 12 a quienes había escogido como discípulos y quienes serán los encargados de continuar con su obra.
Reconfortado por la oración, se les aparece en medio de la tormenta, caminando sobre el mar embravecido, justo con el deseo de que entiendan que Él es el hijo de Dios y que la “misión” no se queda en dar de comer al pueblo, sino en mucho más: a final de cuentas, en luchar contra todo aquello que daña a ese rebaño golpeado por los poderes opresores de la tierra.
Por eso, Jesús realiza este nuevo milagro: los discípulos tendrán que convencerse de que Él es el verdadero Mesías, el Hijo de Dios, el Cristo que habría de venir; pues sólo desde esa convicción profunda, podrán ellos ser los continuadores de la Misión del Señor, sea cual sea la tribulación que los aseche.
Sin embargo, Pedro, al verlo sobre las aguas, no cree; simplemente lo identifica con un fantasma. Y en lugar de abrirse a la fe, pone a prueba a Jesús: “Si eres, mándame ir a ti”. Jesús no le reprocha la osadía desafiante, pues él solo pronto caerá en la cuenta de su afrenta y de su falta de fe; lo mismo que los demás discípulos. Comienza a caminar sobre las aguas, pero ante el viento, las olas, la tormenta, su fe desfallece y se hunde.
Sabemos cómo Jesús le tiende la mano, suben a la barca, ordena al mar que se calme y todo vuelve a la normalidad; sin embargo, en los discípulos se ha operado el verdadero milagro: se han dado un paso muy importante en su fe, aunque todavía les faltará caminar mucho para creer en Jesús como el verdadero Hijo de Dios. A ellos se tendrá que dedicar más, pues ellos serán quienes continúen con su labor. Aún les falta mucho; apenas comienzan la vida con Jesús y mucho más tendrán que aprender; pero han superado una crisis más.
El caso de Elías es diferente, aunque la escena también sucede en medio de una de sus crisis más severas, al ver que su misión está siendo un fracaso. Elías no está comenzando, si no que va casi al final de su profetismo. El pueblo no le ha hecho caso; se siente frustrado, pero también abandonado por Yahvé. Por eso, en el culmen de su desesperación se mete a una cueva y se desea la muerte: no tiene caso seguir adelante; ya no puede más. Sin embargo, Dios no lo deja; le pide salir de la cueva donde se ha abandonado; y contra su voluntad, pero acepta salir. De alguna manera lo mueve la esperanza de volverse a encontrar con Yahvé y renovar sus fuerzas; pero no sabe cómo Dios lo va a consolar y devolver las fuerzas para seguir adelante. Pasan varios signos poderosos, como la tormenta, el viento, el fuego, los temblores; pero Elías los va descartando; ahí no está Dios, a pesar de su angustia y urgencia que tiene de Él. Contradictoria y curiosamente será en la brisa suave y no en lo extraordinario, en donde encontrará a Dios.
Pedro al inicio del seguimiento de Jesús; Elías casi al final; pero ambos pasan por una fuerte crisis de fe; y Dios los sostiene a cada uno de manera diferente; pero a ambos los devuelve a la fe y les da la fuerza necesaria para que continúen con la misión.
El camino de seguimiento y la realización de la misión que nos ha encomendado Jesús no estarán libres ni de tentaciones que querrán ofrecernos caminos más fáciles y sensacionalistas, ni de crisis en las que experimentaremos que ya no hay camino ni futuro. Pero, ahí se manifestará la fidelidad de Dios. Él jamás nos abandonará. A nosotros nos toca aprender de las crisis y reforzar la fe “contra viento y marea”, para seguir adelante en el Proyecto del Reino, al que nos hemos sentido invitados por Jesús, por más complicado y cuesta arriba que nos resulte.









domingo, 6 de agosto de 2017

La Transfiguración, EL RIESGO DE INSTALARSE, J. A. Pagola, Ag. 5 '17

Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida, buscando el refugio cómodo que nos permita vivir tranquilos, sin sobresaltos ni preocupaciones excesivas, renunciando a cualquier otra aspiración.
Logrado ya un cierto éxito profesional, encauzada la familia y asegurado, de alguna manera, el porvenir, es fácil dejarse atrapar por un conformismo cómodo que nos permita seguir caminando en la vida de la manera más confortable.
Es el momento de buscar una atmósfera agradable y acogedora. Vivir relajado en un ambiente feliz. Hacer del hogar un refugio entrañable, un rincón para leer y escuchar buena música. Saborear unas buenas vacaciones. Asegurar unos fines de semana agradables…
Pero, con frecuencia, es entonces cuando la persona descubre con más claridad que nunca que la felicidad no coincide con el bienestar. Falta en esa vida algo que nos deja vacíos e insatisfechos. Algo que no se puede comprar con dinero ni asegurar con una vida confortable. Falta sencillamente la alegría propia de quien sabe vibrar con los problemas y necesidades de los demás, sentirse solidario con los necesitados y vivir, de alguna manera, más cerca de los maltratados por la sociedad.
Pero hay además un modo de «instalarse» que puede ser falsamente reforzado con «tonos cristianos». Es la eterna tentación de Pedro, que nos acecha siempre a los creyentes: «plantar tiendas en lo alto de la montaña». Es decir, buscar en la religión nuestro bienestar interior, eludiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en el logro de una convivencia más humana.
Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro. Una experiencia religiosa no es verdaderamente cristiana si nos aísla de los hermanos, nos instala cómodamente en la vida y nos aleja del servicio a los más necesitados.
Si escuchamos a Jesús, nos sentiremos invitados a salir de nuestro conformismo, romper con un estilo de vida egoísta en el que estamos tal vez confortablemente instalados y empezar a vivir más atentos a la interpelación que nos llega desde los más desvalidos de nuestra sociedad.


La Transfiguración; 5 de agosto del 2017; Homilía de FFF.

Daniel 79-10; Salmo 96; 2ª Pedro 116-19; Mateo 171-9

El hecho central de este domingo se ubica en el Evangelio. Se trata de la “Transfiguración del Señor”. De nuevo, Jesús llama a los 3 discípulos en quienes más se apoya, Pedro, Santiago y Juan, y los lleva consigo al Monte. Ahí, en medio de la oración, se da un acontecimiento realmente extraordinario: Jesús aparece con dos de los más grandes personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, cuyo papel fundamental de su profetismo había sido, para el primero, la liberación del pueblo de Israel y la lucha por mantener al pueblo en su fidelidad al Dios verdadero; y para el segundo, la denuncia permanente del pueblo por romper el compromiso ético de la antigua ley mosaica al alejarse de Yahvé e inclinarse ante los dioses de otros pueblos, como Baal.
En la “Transfiguración” no aparecen otros grandes personajes del Antiguo Testamento, como podría haber sido algún patriarca, como Abraham, o algún gran sacerdote, como Melquisedec. De donde surge la primera gran evidencia de este acontecimiento: el mesianismo de Jesús está en línea directa con esos grandes profetas y con sus luchas: la liberación, la denuncia y la búsqueda de la congruencia ética con las enseñanzas de la ley mosaica. Es decir, en ese acontecimiento, se confirma la misión que ha venido teniendo Jesús: la denuncia a todo poder establecido que oprima a los hijos de Dios, aunque esto le pueda costar la vida, como sucedió en la tradición de los mismos profetas. Jesús es confirmado como el nuevo Moisés, el nuevo liberador del pueblo, y el nuevo Elías, como el gran profeta que busca de todas las formas posibles la fidelidad a Yahvé y, al final de su vida, es arrebatado por un carro de fuego.
Jesús no será especialista en la Ley ni sacerdote del templo: su ministerio será llevar el amor y la misericordia de Dios a los oprimidos por el poder fáctico de los grandes dominadores de la sociedad de su tiempo. Su mesianismo será profético, de denuncia de toda opresión y de anuncio de un Reino del Padre, de verdad y de justicia.
En segundo lugar, algo fundamental es que el resplandor que le viene a Jesús no le viene por haber visto a Dios, como sucedía con Moisés; sino porque él mismo es Dios. El brillo surge desde su interior. Él mismo provoca ese resplandor para indicar que es el Hijo de Dios, que no está en el mismo nivel que Moisés y Elías, por más grandes personajes que hayan sido en la vida. Jesús es Dios mismo; “su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se pusieron blancas como la nieve”. Jesús da continuidad a la línea profética, pero la supera. Él estará por encima de dos de los más grandes representantes del Antiguo Testamento. Lo que resulta sumamente importante para la revelación de Dios que se da en Jesucristo: no hay ruptura con el Antiguo Testamento, pero ya no es la revelación más importante de Dios para su pueblo: ahora, esa se encuentra en Jesucristo: alguien mayor a cualquier actor de la historia que le precedió; además, en Jesús comenzará una nueva historia –como lo atestigua todo el Nuevo Testamento- en la que la revelación y salvación de Dios ya no será exclusivamente para el pueblo de Israel, sino para toda la humanidad. Algo extraordinario ha comenzado en Jesús.
Pero, en tercer lugar, la gran consolación y experiencia divina que experimentan los mismos discípulos que trastorna la racionalidad de Pedro, pues lo lleva a decir cosas sin sentido, como el ofrecerles tres tiendas para que Jesús, Moisés y Elías se queden ahí, oculta también la gran contradicción que pronto vivirá Jesús y que se convertirá en una realidad incomprensible para los discípulos. Esa manifestación extraordinaria del poder de Dios y de la fuerza de Jesús de colocarse por encima de esos dos profetas, ahora entrará en conflicto por el anuncio de la próxima crucifixión y muerte de Jesús. La gloria que ahí se manifiesta va a tener que pasar por la “kénosis” (el vaciamiento) de Jesús, ya descrito en la carta de Pablo a los Filipenses que, con otras palabras, pero retoma el mismo hecho: “El cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su parte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 26-8).
Jesús les da a probar algo de lo que será la maravilla de la realidad divina cuando la veamos “cara a cara”; y eso los transforma; los anima; les permite gozar de la misma gloria de Dios de una forma extraordinaria, ofreciéndoles una consolación como no la habían tenido ni la volverán a tener sino hasta la Resurrección.
Pero ese ánimo y fuerza, esa gran consolación, sólo serán la fuerza que Jesús les ofrece a los discípulos en ese momento, a fin de que puedan superar la gran prueba que les vendrá por la muerte en cruz de su Maestro.  Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios; pero tendrá que pasar por la muerte; y sin embargo, no por eso dejará de ser el “Hijo”; sino justamente por eso; por esa obediencia que lo llevó a manifestar el amor de Dios por la humanidad hasta el extremo, incluso más allá de la tortura y la muerte que no evadió por su gran compromiso por los pequeños del Reino hasta el final.
La realidad humana comprende vida y muerte; pero que sólo se puede vivir desde la experiencia de Jesús muerto y resucitado.







domingo, 2 de julio de 2017

La Jornada, Jun 28 '17 Excomunión a políticos corruptos; Bernardo Barranco

El Vaticano ha anunciado que estudia la posibilidad de excomulgar oficialmente de la Iglesia a aquellos cristianos que se prestan a la corrupción o mantienen lazos con organizaciones criminales, como la mafia, en el caso italiano. Podría tratarse de un decreto que permita excomulgar corruptos y mafiosos acorde a los lineamientos del magisterio de la Iglesia y la prédica pastoral que ha impulsado el papa Francisco.
La clase política mexicana, que entusiasta se ha venido declarado muy devota y católica, podría sufrir un serio revés. Muchos de sus integrantes podrían ser excomulgados de la Iglesia por actos de corrupción y asociación delictuosa. Por ejemplo, los dos ex gobernadores Duarte, que entregaron sus gobiernos al Sagrado Corazón de Jesús, quedarían fuera de la justicia divina de la Iglesia. ¿Cuántos políticos y empresarios han querido legitimarse con oportunismo por el manto eclesial? Ahora pueden correr el peligro de ser degradados y quedar bajo la pena máxima de la Iglesia, es decir, la exclusión. ¿Qué harán todos aquellos políticos encumbrados que desfallecían por una selfie con el papa Francisco en Palacio Nacional en febrero de 2016? Ahora corren el riesgo de quedar fuera de la comunidad de creyentes. No creo que les aterre, en verdad. Esa ha sido también la señal que ha enviado el semanario de la arquidiócesis Desde la Fe a los funcionarios de alto rango en el país, en especial a los gobernadores, sentenciando: la corrupción tiene consecuencias morales y espirituales. Así, especialistas de la Santa Sede analizan ya la viabilidad para aplicar la máxima de las penas a estos políticos rapaces, a fin de sensibilizar a la sociedad de la gravedad de sus actos: la separación del cuerpo eclesial, es decir, la excomunión a los corruptos. ¿O es un mensaje directo para el presidente Peña Nieto? Cuando la corrupción es norma de vida en la cúpula social se expande como un cáncer a todo el cuerpo social y espiritual; ahí reina el cinismo que ya no tiene límites debido a la impunidad y el sistema de protecciones que gozan los corruptos políticos en México. Por su parte la excomunión es la pena más grave en la Iglesia. Se refiere a la sanción más antigua, pues supone el destierro de la comunidad de los fieles y la consecuente exclusión de los sacramentos. Una de las excomuniones más estrepitosas en los tiempos actuales fue a los ultraconservadores lefebvrianos en 1988, quienes se oponían al mandato del Concilio Vaticano II. ¿Qué es la excomunión? En el nuevo catecismo, la Iglesia lo define: Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos, y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, por el Papa, por el obispo del lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos.
A mediados de junio se celebró en el Vaticano una cumbre internacional sobre la corrupción. Allí se planteó que una de las responsabilidades de la Iglesia es denunciar y confrontar la corrupción como prioridad pastoral. El cardenal Peter Turkson, de Ghana, es quien tiene encargo de redacción del nuevo decreto en Roma y cuenta con el apoyo del Papa. El objetivo, según se ha externado, es llegar a la elaboración de un texto común que guiará a escala internacional y legal según la doctrina de la Iglesia, en cuestión de la excomunión de católicos por la corrupción y la asociación delictiva. Este tema no es nuevo. 
El papa Francisco lo ha venido sentenciado desde el inicio de su pontificado. Recordemos la excomunión tan resonada a la mafia, 21 de junio de 2014, cuando visitó el sur de Italia. Allí expresó que la corrupción no sólo es una cuestión de legalidad, sino de viabilidad de nuestra civilización. En numerosas ocasiones, en las homilías matinales que Francisco predica en la capilla de Santa Martha ha abordado el tema. Para Bergoglio la corrupción es una perversión de la forma de vida de las élites, que conduce a la sociedad a perder el respeto a sí misma, que fractura el sentido de la autoridad y de la responsabilidad social. Los principales afectados no son sólo los pobres, sino las familias de los funcionarios, políticos, consejeros, legisladores, magistrados, administradores. “Y sus hijos –dice– quizás educados en colegios costosos, quizás crecidos en ambientes cultos, habían recibido de su papá, como comida, porquería, porque su papá, llevando pan sucio a la casa, ¡había perdido la dignidad! Esto es un pecado grave.” En el libro de 2016, cuyo título es El nombre de Dios es Misericordia, Francisco manifiesta severas consideraciones sobre el actor corrupto. Escribe: “Hay que hacer una diferencia entre el pecador y el corrupto. El primero reconoce con humildad ser pecador y pide continuamente el perdón para poderse levantar, mientras el corrupto es elevado a sistema, se convierte en un hábito mental, en un modo de vida (…) el corrupto es quien peca, no se arrepiente y finge ser cristiano. Con su doble vida, escandaliza”.

La clase política mexicana y sectores empresariales están señalados por sus prácticas de corrupción y cinismo que le otorga un sistema de impunidades y complicidades. La corrupción política entendida como el abuso del poder público y mal uso de recursos para beneficio de un grupo, camarilla o personal; la corrupción que frena el desarrollo e incrementa la pobreza; no es un hábito cultural, es un ejercicio de las élites como un mal endémico que hace metástasis en todo el sistema político mexicano; corrupción sin freno practicada por todos los partidos. La corrupción está detrás de la violencia, la inseguridad y la protección a diversas formas del crimen organizado. Si bien hay un reclamo social ante este flagelo, la propia clase política hace oídos sordos. El Papa va contra estos nuevos fariseos seculares. Sin embargo, flota la pregunta sobre la corrupción dentro de las propias estructuras religiosas. ¿No hay corrupción adentro?

13 Dom. Ordinario; Julio 2 '17; LA FAMILIA NO ES INTOCABLE; J. A. Pagola

Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la «familia» en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el Evangelio. Y, sin embargo, no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas en la realidad.
Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras.
Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio. Y ha criticado duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia.
Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos sus hijos e hijas colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí».
Cuando la familia impide la solidaridad y fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los hombres, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares.
¿Son nuestros hogares una escuela de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón? ¿O son precisamente lugar de «desevangelización» y correa de transmisión de los egoísmos, injusticias, convencionalismos, alienaciones y superficialidad de nuestra sociedad?
¿Qué decir de la familia donde se orienta al hijo hacia un clasismo egoísta, una vida instalada y segura, un ideal del máximo lucro, olvidando todo lo demás? ¿Se está educando al hijo cuando lo estimulamos solo para la competencia y rivalidad, y no para el servicio y la solidaridad?
¿Es esta la familia que tenemos que defender los católicos? ¿Es esta la familia donde las nuevas generaciones pueden escuchar el Evangelio? ¿O es esta la familia que también hoy hemos de «abandonar», de alguna manera, para ser fieles al proyecto de vida querido por Jesús?


13° domingo Ordinario; 2 de julio del 2017; Homilía FFF.

2° Reyes 48-11. 14-16; Salmo 88; Romanos 63-4. 8-11; Mateo 1037-42

El evangelio de este domingo trasluce el extraño uso de la dialéctica en algunos de los mensajes de Jesús. Por lo general, su estilo de comunicación era directa, sencilla, tratando de ser asequible a sus oyentes. Es el caso de las parábolas, de sus hipérboles, de sus diálogos con los discípulos, con el pueblo, con las personas que se le acercaban buscando alguna curación, algún consuelo, algún milagro extraordinario como una resurrección de alguna persona que había muerto y causaba gran dolor a sus familiares. Su diálogo buscaba que los oyentes comprendieran el mensaje del Reino; a pesar de que con frecuencia no era fácil interpretar el sentido profundo y claro de sus mensajes, de algunas de sus parábolas.
Sin embargo, también utilizó paradojas en situaciones especiales, como la que ahora nos ofrece el Evangelio. Es claro que cuando Jesús quería subrayar radicalmente algo con respecto al seguimiento o la relación con Dios, su Padre, entonces parece que se iba a fondo, que atacaba, que no dejaba alternativa, buscando que las personas se definieran ante Él. Sin embargo, lo complejo parece ser que no sólo exponía un ideal, sino que lo hacía forzando de tal manera las tintas, que obligaba a las personas a definirse frente a una contradicción, justo frente a una paradoja, nada fácil de comprender y menos de vivir.
Es el caso del evangelio de este domingo, Jesús quiere subrayar la absolutez de Dios ante todas las cosas, ante todo lo creado. El ser humano y todo lo que hay en el mundo, en el universo, por más trascendente o fundamental que sea, no deja de ser sólo algo relativo ante Dios. Y esto, que en una primera vista es algo hasta cierto punto aceptable y creíble, Jesús lo formula mediante una paradoja, difícil de entender y, quizá, más difícil de vivir. Nos dice: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.
Sin duda que el texto nos pone contra la pared: ¿es posible querer más a Jesús que a un hijo o a una hija? ¿La base de nuestra existencia, justamente querida y propuesta por Dios, no es el amor? ¿Por qué, entonces, Jesús contrapone, justamente,  el amor a Dios y el amor a los seres más entrañables de cualquiera? ¿No es una locura, un absurdo? Pues sin duda no. El discurso de Jesús busca que caigamos en la cuenta, quizá, de dos cosas.
La primera, que nada se puede equiparar con Dios; Él es el absoluto; el creador de todo. Nada puede equipararse a su realidad. Nosotros, y con nosotros toda la creación, no somos más que “creaturas”; hechuras de Dios. Por eso, mientras no entendamos esto, no habremos entrado en el horizonte divino; no habremos entendido el mensaje fundamental de Jesús en nuestra relación con Dios. Y el que no lo ve así, no le faltará ocasión en la que opte por la creatura antes que por el creador. Somos muy proclives a clavarnos de tal forma en lo inmediato, en lo visible, en lo palpable, sean las cosas o las personas, que sólo haciendo un planteamiento tan radical como el que nos hace Jesús, podemos caer en la cuenta que no podemos competir con Dios; que no lo podemos poner en el mismo nivel. Por eso, no podemos amar más a nadie que a Dios; nada está por encima de Él. Frente a Él tenemos que tener una reverencia absoluta.
En el fondo es que nos estamos encontrando con el misterio de lo absolutamente otro; no podemos tomarlo a la ligera; como si fuera una cosa banal: “amo a esto o amo a Dios”. Esta disyuntiva es totalmente falsa, para quien quiere entrar en la órbita de la divinidad. Para lograr esto es que Jesús pone las tintas en esta aparente contradicción y la expresa mediante lo que llamamos paradoja o pensamiento dialéctico. Estira la liga lo más que puede, para que comprendamos la seriedad y trascendencia que implica nuestra relación con Dios.
La segunda cuestión, también paradójica, es que quien da un vaso de agua fría al prójimo, quien lo visita en la cárcel, quien le da de comer, etc., etc., ese lo está haciendo directamente a Jesús y, en Él, a Dios. Entonces, la contradicción se aclara: amar con toda la radicalidad posible, con independencia de lo que amemos, nos lleva hasta Dios. Por eso, no se trata de contraponer a Dios y las creaturas, sino de amar en Dios a todo lo creado; de amar con tal radicalidad que siempre experimentemos a Dios como fundamento de todo lo real que está en lo más profundo de lo que existe. Por eso, quien es capaz de amar con toda hondura a su prójimo y comprometerse con él, ese está amando a Dios; ese se está encontrando con Dios, aunque no lo sepa.
Claro, no cualquier amor implica esto. No es lo mismo “amar” de esta forma que “querer” las cosas. Amar es algo muy serio; es el don más grande que tenemos como creaturas y que Dios nos ha regalado. El evangelio sólo nos invita a que lo vivamos, a que valoremos ese maravilloso don; a que lo pongamos en práctica; pues así estaremos, aunque de forma misteriosa, experimentando a Dios mismo.
Si así amamos, entonces podremos comprender la paradoja aún más radical con la que termina el evangelio de este domingo: “el que no toma su cruz y  me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará”.
Dejemos caer en nuestro corazón la invitación paradójica que Jesús nos hace…