domingo, 19 de octubre de 2014

Domingo Mundial de las Misiones. Octubre 19 del 2014

La iglesia entera celebra hoy el domingo mundial de las Misiones. Es el esfuerzo continuado a fin de que no pase a segundo lugar la vocación misionera del seguidor de Jesús. El Señor, antes de dejar nuestra tierra, quiso evidenciar que su tarea había terminado, pero que la misión continuaba. Ahora eran sus seguidores los que tendrán que proseguir con el encargo que Él había recibido del Padre. No se trataba de un abandono, sino de una presencia diferente. Seguiría con nosotros acompañándonos en el anuncio del Evangelio, pero ya no físicamente, como hasta ese momento había estado con sus discípulos. Ahora comenzaba el momento de la Iglesia, la responsabilidad total de sus seguidores bajo la inspiración y fuerza del Espíritu Santo.
Desde el inicio es sumamente desconcertante el procedimiento de Dios, lo que confirma algo que Jesús ya había dicho: “los pensamientos de Dios no son vuestros pensamientos; sus caminos no son los vuestros”. Escasos 3 años está Jesús con sus discípulos. Al menos una vez, cambia de estrategia cuando decide ya no andar con las masas y hacer tantos milagros. Casi inmediatamente, los somete a la peor crisis por la que pudieron haber pasado que fue su propia muerte; y luego abre la historia a una forma de realidad totalmente inédita en el mundo, pasado, presente y futuro, imposible de comprender, que fue su propia Resurrección. Y a ese puñado de personas desconcertadas les “encarga el Reino”; pero ni siquiera para que lo conserven como un tesoro enterrado –al estilo del Santo Sepulcro-, sino para que vayan, nada más ni nada menos, a anunciarlo a todo el mundo, a pesar de los límites y condicionantes evidentes que ellos tenían.
¿Qué garantías tenía Jesús de que todo su esfuerzo, todo su sufrimiento, su muerte y resurrección, no fueran a quedar estériles y pronto su Misión quedara en el olvido, como lo que ha pasado en la historia de la humanidad con tantos líderes? Sin embargo, ese fue el designio de Dios; ese fue el tamaño de la confianza de Dios hacia el ser humano. El tesoro que les dejaba no era para ser conservado bajo llave, sino para comunicarlo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¿Habrían entendido de qué se trataba? ¿Podrían cargar con tal responsabilidad? ¿Estarían capacitados? Ninguno de ellos era rabino; ninguno era una persona académicamente preparada. Eran un puñado de hombres y mujeres rescatados – incluso- algunos de ellos, de la misma escoria de la sociedad, sin duda para la Misión más excelsa que cualquier ser humano pudiera aspirar. Ese es el misterio de  Dios; lo desconcertante de sus comportamientos.
Ya resucitado, Jesús los cita en Galilea, donde la Predicación del Reino había comenzado, para despedirse de ellos. Esa pequeña población se torna ahora, para ellos, un símbolo fundamental para la nueva etapa que comenzaban:
Primero, que a Jesús se le encuentra en la misión. Ahí donde todo comenzó, ahí se volverá a encontrar con ellos, por última vez, para darles el encargo. ¿Queremos encontrarnos con Jesús? No hay otro camino que la Misión. El que asume el encargo del Reino, ese estará acompañado por Jesús; ese se encontrará con Él.
Ciertamente no parece que nadie de entre ese puñado de hombres y mujeres que seguían de cerca a Jesús, pudiera sentirse “capacitado” para el encargo que se les hacía: pescadores, recaudadores de impuestos, mujeres de buena voluntad, etc., no parecía que pudieran asumir el encargo que Jesús les hacía. Al mismo Pedro, el líder, Jesús lo había corregido varias veces. Sin embargo, Jesús está con ellos con “todo el poder” que se le ha dado. Mismo que les entrega a través del Espíritu Santo. No estarán solos; el Espíritu los acompañará y, como también se los había dicho, Él les indicará lo que tengan que decir cuando estuvieran frente a los tribunales.
Pero, ¿por qué asumieron una misión de tanta responsabilidad? Justo porque, a pesar de todo, el encargo era relativamente sencillo. Vayan por todo el mundo y anuncien la “Buena Noticia del Reino”; vayan y transmitan su experiencia de amor que vivieron con Jesús; anuncien que a los pobres ha llegado la salvación; que Dios es un Padre-Madre bueno, preocupado hasta por los cabellos que se caen de la cabeza de sus hijos; que es un Dios que perdona hasta 70 veces 7; vayan y digan al mundo que Dios los ama; anuncien el Reino de hermanos y hermanas que implica un banquete en el que todos caben y no falta alimento.
¿Cuál es la garantía? La misma que la del principio: Jesús estará con ellos y con su iglesia, hasta el final de los tiempos, y su Espíritu les irá terminando de enseñar lo que tienen que saber. Por eso,  en este momento, con el envío de Jesús y su subida al Cielo, ellos dejan de ser “discípulos”, para convertirse en “apóstoles”: ya no son los “que aprenden”, sino los “enviados”, los que ahora tendrán que enseñar, bautizar, incorporar a este grupo, mediante la predicación y el testimonio de la Resurrección de Jesús.
Y a final de cuentas, los que ahora se encuentran con Él en Galilea, los hombres y mujeres que lo acompañaban, se animan a asumir la misión porque tienen una confianza absoluta, no en sus propias fuerzas y capacidades, sino en su maestro, en Jesús y en la promesa que estará con ellos para siempre.
Pongámonos, también nosotros, en camino. Confiemos en las mismas palabras que Jesús les dijo a sus seguidores y vayamos a anunciar al mundo ese Reino de justicia, de igualdad, de fraternidad y solidaridad; revisemos nuestras relaciones con los demás: familiares, empleados, vecinos, desconocidos: ¿qué tanto nuestros comportamientos son testimonio del Reino, de las mismas actitudes con las que Jesús vivió y se entregó por nosotros?



domingo, 12 de octubre de 2014

"NO COMPLIQUEMOS EL EVANGELIO, ESCUCHÉMOSLO Y VIVÁMOSLO" (Homilía del Papa, de hace unos días).

La vida cristiana es “simple”: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no limitándose a “leer” el Evangelio, sino preguntándose de qué modo sus palabras hablan a la propia vida. Lo reafirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Las palabras que decía Jesús sonaban nuevas, como “nueva” aparecía la autoridad de quien las pronunciaba. Palabras que tocaban el corazón y en las cuales tantos percibían “la fuerza de la salvación” que anunciaban. Por esta razón, observó el Papa Francisco, las muchedumbres seguían a Jesús.
Pero también había quienes lo seguían “por conveniencia”, sin demasiada pureza de corazón, tal vez sólo por las “ganas de ser más buenos”. En dos mil años, reconoció el Papa, no es que este escenario haya cambiado mucho. También hoy muchos escuchan a Jesús como aquellos nuevos leprosos del Evangelio que, “felices” con su nueva salud, “se olvidaron de Jesús” que se la había devuelto.
“Pero Jesús seguía hablando a la gente y amaba a la gente, amaba a la muchedumbre hasta tal punto que dice: ‘Estos que me siguen, esa muchedumbre inmensa, son mi madre y mis hermanos, son éstos’. Y explica: ‘Quienes escuchan la Palabra de Dios, la ponen en práctica’".
"Estas son las dos condiciones para seguir a Jesús: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esta es la vida cristiana, nada más, ¡eh! Simple, simple. Tal vez nosotros la hayamos hecho un poco difícil, con tantas explicaciones que nadie entiende, pero la vida cristiana es así: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica”.
He aquí por qué – como lo describe el pasaje del Evangelio de Lucas – Jesús replica a quien le refería que sus parientes lo estaban buscando: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
Y para escuchar la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús – dijo el Papa – basta abrir la Biblia, el Evangelio. Pero estas páginas no deben ser leídas, sino escuchadas. “Escuchar la Palabra de Dios es leer eso y decir: ‘¿Pero qué me dice a mí esto, a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios a mí, con esta palabra?”. Y nuestra vida cambia”:
“Cada vez que nosotros hacemos esto – abrimos el Evangelio, leemos un pasaje y nos preguntamos: ‘Con esto Dios me habla, ¿me dice algo a mí? Y si dice algo, ¿qué cosa me dice?’ – esto es escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón. Abrir el corazón a la Palabra de Dios".
"Los enemigos de Jesús escuchaban la Palabra de Jesús, pero estaban cerca de Él para tratar de encontrar una equivocación, para hacerlo patinar, y para que perdiera autoridad. Pero jamás se preguntaban: '¿Qué cosa me dice Dios a mí en esta Palabra?'. Y Dios habla a todos, pero habla a cada uno de nosotros en particular: el Evangelio ha sido escrito para cada uno de nosotros”.


28° domingo Ordinario; 12 de octubre del 2014

Isaías 256-10; Salmo 22; Filipenses 412-14. 19-20; Mateo 221-14

El tema central de este domingo es el banquete del Reino. Para Jesús, la culminación de esta vida será una gran fiesta que no tendrá fin. Sin embargo, los textos entre sí guardan ciertas diferencias, no fáciles de explicar. Veamos primero a Isaías.
A pesar de ser un texto del Antiguo Testamento, sin embargo resulta menos dramático y más esperanzador que la misma parábola del Evangelio. Por principio de cuentas, no hay boleto de entrada; la invitación es para todos, es universal. En el banquete del Reino, nadie se quedará fuera, como sí parece suceder en el Evangelio. La invitación de Dios es para todos los pueblos, no importa su condición, su raza, su creencia.
La parábola toca el presente y el futuro; la vida y la muerte. El Banquete del Reino es la felicidad entera, plena; pero que dista mucho de las comilonas y borracheras que pudieran asemejarse a lo que Isaías nos está proponiendo. Aquí se trata de otra cosa: de una realidad que implica la vida histórica, el tiempo presente; pues la referencia es a algo sumamente humano, como es el comer y beber, el disfrutar al máximo; pero al mismo tiempo nos habla de tiempos futuros, de un banquete que implica otra condición: el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones, serán quitados por el mismo Dios. Es decir, todo aquello que nos impide ver la realidad  verdadera, que no nos permite la plenitud de la vida, aquello que oscurece nuestras vidas, será arrancado. La muerte será destruida para siempre; las lágrimas serán enjugadas por el mismo Señor y Él borrará todo el pecado de su pueblo.
Este mensaje de esperanza para un pueblo sometido a la esclavitud y cautiverio, como era el pueblo de Israel, implicó una gran motivación para seguir luchando por la liberación y para no perder la esperanza de que eso iba a pasar. Isaías juega con el presente y el futuro, con la vida y la muerte. Hoy podemos conseguir mejores condiciones de vida, pero para nada se van a asemejar a las que están por venir, cuando el velo que cubre nuestros ojos sea arrancado definitivamente.
El evangelio habla igualmente de un banquete, por supuesto del banquete del Reino. Si preguntamos cómo será la otra vida, cómo será el cielo, para la mentalidad hebrea el mejor símil es el del banquete: comer, beber, convivir sin tiempo ni condiciones; pero no como algo desordenado, como un desenfreno sin fin, según lo había ya descrito Isaías. Hay algo en la narración de lo que será el banquete que siendo algo totalmente satisfactorio desde el punto de vista de lo “humano”, dista mucho de ser un desorden, una orgía. Aquí se trata de una  plenitud no sólo del estómago, sino de la totalidad del ser humano: de la convivencia, del amor, de la compañía. Ya no habrá velos, como dice Isaías; no habrá llanto, dolor, limitaciones, ni toda esa parte de la vida humana que nos limita y muchas veces nos hace perder la experiencia de la paz y del amor a la que somos llamados como seres humanos.
Pero a diferencia de Isaías, el Evangelio busca resaltar que la entrada al Reino, implica condiciones, como tantas veces lo manifestó Jesús. La primera es la libertad. Algo que constantemente repetía Jesús. ¿Quieres? El banquete es una oferta abierta que a nosotros nos toca decir si la aceptamos o no; nos toca decidir si queremos o no participar de esa plenitud. Desgraciadamente, resulta que los primeros invitados, a los que se les había dado la prioridad, dicen que no. Y esa es como la gran rabia de Jesús. Los judíos eran los primeros destinados para el banquete, pero ahora deciden no entrar.
Y conforme avanza la parábola, el dramatismo aumenta. Los primeros no quisieron; pero los otros invitados “no hicieron caso”. Pasa la invitación por enfrente de nuestra cara, pero no hacemos caso: estamos ocupados en nuestros asuntos y perdemos la única invitación que vale la pena en esta vida, la invitación del Reino.
Ahora bien, curiosamente la invitación nos toca algo de nuestro interior, nos cuestiona tanto nuestro estilo de vida, nuestros pactos que hemos hecho con el antirreino, que entonces nuestra respuesta se torna sumamente agresiva: los invitados matan a los que fueron a invitarlos. Preferimos matar la invitación, preferimos seguir con el velo que nos cubre, que vivir en la luz, en la verdad, en la plenitud del Reino. Nos cuestiona tanto esa luz que ilumina nuestro interior, que no la podemos soportar; y por eso la reacción es no hacer caso, matar, a final de cuentas para quedarnos con nuestro propio “modus vivendi”; con una paz aparente y una felicidad totalmente efímera. Parece que no soportamos la bondad desmedida de Dios y preferimos encerrarnos en nuestra propia miseria.
Finalmente, están los que sí aceptaron; los que sí fueron dignos. Y de ahí la pregunta: ¿El Reino, entonces es o no para todos? La parábola habla que al banquete no entraron los que libremente no quisieron; pero al final nos dice que los criados sí invitaron a “buenos y malos” y que éstos sí aceptaron.
Quizá lo anterior se podría entender diciendo que no se trata de una “parábola”, sino de una “hipérbole”: ante el rechazo de los judíos, Jesús exagera las tintas para ver si logra hacerlos entender y que acepten poner en práctica las condiciones para entrar al banquete: aceptar a buenos y malos; incorporar a pobres; crear mejores condiciones y oportunidades de vida para los excluidos; luchar contra toda injusticia que vaya contra el ser humano. En una palabra, dar la vida por las mismas causas por las que Jesús se entregó.
Sintamos en carne propia la invitación de Jesús y analicemos nuestra respuesta.


domingo, 28 de septiembre de 2014

El Papa rebelde por Alma Guillermoprieto, 1 AGOSTO, 2014

Quien aspire a ser cura católico hará bien en aprender a respetar las pequeñas formalidades de la Iglesia. Cuando los obispos y cardenales se encuentren en Roma por asuntos del Vaticano, por ejemplo, deberán vestir sus largas sotanas. Pero antes de que el mundo lo conociera con el nombre de Francisco, el cardenal Jorge Mario Bergoglio de Buenos Aires sentía un profundo desprecio por la pompa y la ceremonia. Guardaba su traje talar escarlata en un convento fundado por una monja argentina, para no tener que trajinar tanto trapo de ida y vuelta en cada viaje a Roma, y antes de dirigirse al centro de Roma a una residencia para sacerdotes, el cardenal pasaba por el convento, charlaba un momentito y luego se llevaba las prendas que las monjas le habían planchado y doblado con reverencia.
Bergoglio recogió sus ropas del convento una última vez en marzo del año pasado. Iba rumbo al histórico cónclave de 115 cardenales que lo elegiría como primer Papa latinoamericano y primer Papa de la Compañía de Jesús (los jesuitas), y ya tendría una idea bastante clara de cuáles eran sus posibilidades. A pesar de que era poco conocido fuera de Argentina, quedó segundo en la votación de 2005 en la que salió electo Benedicto XVI. Se sabía que era inconforme, ascético, ajeno a los convencionalismos y que, al parecer, sería el tipo de Papa indicado para conducir a la institución más grande y antigua del mundo —tan llena de vicios antiguos, tan angustiada por la creciente pérdida de fieles— hacia el siglo XXI.
Lo que no resultó tan claro para los cardenales del cónclave que lo escogió por sobre todos los demás, fue que Francisco entraría al Vaticano como Jesús al templo, o como chivo en cristalería, rompiendo reglas y convenciones con desenfreno. Aquella noche de llovizna en que se asomó por primera vez al balcón de San Pedro lo que sorprendió a todos fue que, desde ese mismo instante, habría de canalizar el voraz deseo de cambio que albergaban millones de personas en todo el planeta. Ciertamente, no parecía el tipo de persona que cambia el mundo. De modos tranquilos, ligeramente encorvado, vestido de sencillísimo blanco —nada de encajes o sedas para él—, el hombre que parecía el abuelito de todos se quedó en silencio, mirando a la muchedumbre durante un larguísimo minuto antes de pronunciar un cálido buona sera! con marcado acento argentino. El esfuerzo de inclinarse para recibir la bendición de los fieles hizo que Francisco se estremeciera ligeramente. Yo, que lo veía por televisión, también me conmoví, y no soy católica.
Unas semanas después, durante un vuelo de regreso de Brasil, Francisco soltó su famoso: “¿Y quién soy yo para juzgar…?” a los homosexuales, y a partir de ahí los cambios se sucedieron de forma vertiginosa.
¿Qué podemos entender realmente de este  extraño Papa nuevo? Se han escrito cientos  de miles de palabras en un intento por comprenderlo. Sin lugar a dudas, hoy es el ser humano  más popular del planeta: Barack Obama recibe en  promedio mil 300 retuiteos en su cuenta; el papa Francisco, 20 mil. Viajando de ciudad en ciudad Beyoncé llena un auditorio en cada una con 20 o 45 mil espectadores. Francisco, con sus 77 años y su cojera a cuestas, llena la plaza de San Pedro todos los miércoles por la mañana con entre 80 y 100 mil fieles eufóricos.
“¿A quién le importa lo que diga ese viejito?”, preguntó hace poco un amigo mío cosmopolita. Bueno, les importa a miles de millones de católicos, por no mencionar el elevado número de palestinos e israelíes que el mes pasado en Medio Oriente miró con asombro mientras Francisco predicaba un sermón sin palabras en pro de la tolerancia, por medio de una serie de gestos desconcertantemente simples. Sonríe, besa chiquillos, abraza limosneros, se enfunda la gorra de beisbol de un fanático, dice cosas sencillas en un italiano igual de sencillo, se burla de la obsesión con el sexo de su propia Iglesia, y nos parece entrañable y sensible; cariñoso, amable, cálido, instantáneamente claro. Sin duda Jorge Mario Bergoglio es todo esto y también, a veces, francamente raro.
No toma vacaciones. Es pésimo con los idiomas. En los días posteriores a su elección, se escabulló del Vaticano por las noches para repartir limosna entre los indigentes. Le gusta imitar a Cristo y aprovecha oportunidades fortuitas para lavar los pies de hombres y mujeres pobres, a pesar de que en la Iglesia se acostumbra que los sacerdotes y los Papas solamente laven los pies de 12 hombres de fe —hombres, nunca mujeres—, y apenas durante la semana de Pascua.
Pero también hay historias más preocupantes, surgidas hace toda una vida, que dicen que, en 1976, siendo provincial de los jesuitas argentinos, expulsó de la orden a dos de sus curas radicalizados de izquierda, dejándolos desprotegidos frente a la abrasadora represión que comenzaba bajo el mando de los fanáticos generales de derecha.
El hombre que se humilla lavando pies, el representante de Cristo en la tierra que repite con toda seriedad que es un pecador, el atribulado autócrata que, en efecto, puede haber cometido un pecado terrible, el radiante y paternal Papa que da esperanza y alimento espiritual a millones, son uno y el mismo: un hombre complicado, conservador y radical, caritativo e intransigente, una masa de contradicciones. Ansioso por llevar a la Iglesia de vuelta a sus años fundacionales de pobreza y evangelización, ya ha logrado cambios enormes que abarcan desde la forma en que se administran las finanzas de la Iglesia hasta el renovado sentido de misión que sienten hoy curas y diáconos. Pero enfrenta una serie de obstáculos ante los ambiciosos planes que alberga para el futuro de su Iglesia: su propio carácter, que en el pasado ya hizo de él un líder polarizante; la Curia —el gobierno del Vaticano— enferma de corrupción e ineficiencia; las jerarquías ultraconservadoras desde África hasta Estados Unidos; y su salud, que no es la mejor. Sólo en el mes de junio canceló dos días completos de citas debido al cansancio, y el Vaticano anunció que durante el mes de julio Francisco no daría su acostumbrada audiencia de los miércoles, y que tampoco daría la misa matutina. Le quedan grandes retos por delante, y tiene un mandato más fuerte para cumplirlos que cualquier otro Papa que se recuerde, pero se interponen las instituciones y el tiempo.
 Una tarde en el Borgo Pío —la principal calle restaurantera en los alrededores del Vaticano— conversé durante un largo almuerzo con el sacerdote jesuita Gabriel Ignacio Rodríguez, un cura colombiano amable y de una intensa espiritualidad, sobre Francisco y lo que él siente acerca de este Papa desconcertante.
“¡Francisco me sorprende todos los días!”, dijo Rodríguez en el restaurante atiborrado. Hablaba en voz baja y clerical, logrando así el difícil truco de exclamar susurrando. Acababa de revivir los “horrendos” años del papado de Benedicto XVI, durante los cuales, cada vez que la Iglesia aparecía en las noticias se debía a un nuevo escándalo financiero, otra acusación de pedofilia contra algún obispo, mientras que Benedicto, tímido y anciano, se refugiaba en sus habitaciones, cada vez más consciente de su incapacidad para lidiar con la crisis. Con el impacto de la renuncia de Benedicto en marzo del año pasado vino también la sensación de una Iglesia a la deriva.
“La única manera que tengo de explicar la diferencia entre aquel día —el de la renuncia de Benedicto— y lo que tenemos hoy, es que Dios se hizo presente en la Iglesia”, dijo Rodríguez. “Francisco es un hombre que aparece todos los días en las noticias porque todos los días sorprende. Porque es libre, y humano, y responde a lo cotidiano con el corazón abierto”.
“La forma en que interactúa con la gente es sin duda la de un latinoamericano”, añadió. “Eso de ponerse de rodillas en todas partes, regalar rosarios, cargar el Evangelio en el bolsillo, son todos elementos de la religiosidad popular. El catolicismo latinoamericano es muy de signos, de gestos. La religión europea es más sesuda, y de discursos y categorías. Y está el elemento personal. Francisco necesita contacto. Llega a una reunión y se le ve muy cansado, y al rato del contacto con la gente ya está cargado de energía”.
Rodríguez se recargó en la silla, contemplando el jubiloso y renovado ánimo que los ha invadido a él y a sus hermanos de fe, las electrizadas multitudes en San Pedro, el entusiasmo del mundo no católico. “Si ahí no está actuando Dios, ¡entonces que me digan qué es!”, exclamó, en voz alta esta vez, y con una enorme sonrisa.
A medida que recorrí el Vaticano se fue reforzando la impresión de hablar con hombres que llevaban mucho tiempo sin reír y que ahora se deleitaban ante la oportunidad de hacerlo. Una tarde me senté a hablar con el padre Antonio Spadaro, director de la influyente revista jesuita Civiltà Cattolica, en su oficina blanca y chic. En agosto pasado Francisco eligió a este agudo e ingenioso hombre como su interlocutor en la que fue su primera entrevista extensa, un texto cuyas múltiples ideas se han leído, estudiado y citado innumerables veces desde entonces en el mundo católico. Pero cuando me encontré con Spadaro él no quería hablar de la entrevista sino del hombre al que entrevistó.
“Cuando lo conocí me dio un abrazo. Me sorprendió lo cómodo que eso se sintió. Me impactó su cercanía”, dijo Spadaro.
“Quienes lo conocieron (antes de que fuera Papa) aseguran que no siempre fue así. Era más serio, retraído. Ahora sonríe más, se expande más, como si estuviera más feliz consigo mismo. Incluso hasta ha engordado un poco, o no engordado”. Spadaro sonrió con afecto e hizo un ademán para indicar redondez. “Está más llenito. Tal vez se siente más a gusto consigo mismo”.
Es verdad que uno puede revisar cientos de fotos de Jorge Mario Bergoglio en Argentina sin encontrar una en la que sonría. Cuando Spadaro le pidió durante la entrevista que se describiera a sí mismo, el Papa contestó: “Soy un pecador”. Y añadió: “No es una forma retórica ni un género literario. Soy un pecador a quien el Señor ha contemplado”. Es evidente que Spadaro sigue reflexionando profundamente sobre cada uno de los aspectos de su encuentro con Francisco. (“¡Cambio mi vida!”, dice ahora.) “Ha enfrentado muchas crisis en la vida. Eso forma parte de su personalidad. Ha pasado por el sufrimiento”.
Para Bergoglio 1973 fue el año en que se inició el mayor de sus sufrimientos.
Tenía 36 años. Acaban de nombrarlo provincial de los jesuitas argentinos. Yo, mucho más joven que él, pasé por Buenos Aires ese mismo año, y recuerdo claramente la locura política colectiva de aquellos días. Tras deponer al líder populista Juan Domingo Perón años atrás, los militares acababan de decidir que le permitirían volver. Pero el movimiento peronista estaba dividido en decenas de fracciones, notablemente en un sector ultranacionalista de extrema derecha, aliado con una fracción de militares golpistas, y una izquierda ultranacionalista encabezada por la guerrilla de los Montoneros. Los militares establecieron centros clandestinos de tortura e hicieron desaparecer a miles de guerrilleros, verdaderos y supuestos, y a sus simpatizantes. Los guerrilleros asesinaban a “enemigos de clase” y detonaban bombas. Los sacerdotes de barrio se radicalizaron bajo el nuevo signo de la izquierdista Teología de la Liberación (que sostiene que la Iglesia debe tener una opción preferencial por los pobres), o su variante peronista, la Teología del Pueblo (que comparte ese objetivo pero sin la influencia marxista de la Teología de la Liberación). Y la mayor parte de la jerarquía eclesiástica colaboró abierta y vergonzosamente con los torturadores de la dictadura militar.
¿Dónde estaba Bergoglio a todas estas? Por lo menos, en simpatía con un grupo peronista rufianesco denominado la Guardia de Hierro: acabaría entregándole una de las dos universidades jesuitas de Buenos Aires a sus dirigentes. El historiador Tulio Halperín Donghi recuerda bien al grupo: “Era una organización bastante siniestra”, me dijo por teléfono hace poco. “En las universidades, en las facultades de humanidades, en estudios sociales, que eran siempre las más politizadas, de repente aparecían estos energúmenos revolviendo cadenas. Era totalmente loco, porque además los Guardias de Hierro creo que eran vegan, o algo por el estilo”.
Bergoglio tomó sus votos definitivos como miembro de la rigurosa orden de los jesuitas en abril de 1973. Apenas tres meses después lo nombraron provincial de todos los jesuitas de Argentina, a la edad de 36 años. Ahora dice que era demasiado joven, pero más bien parece que tenía demasiado poca experiencia.
Durante aquellos años varios sacerdotes jesuitas radicalizados que trabajaban en las villas miseria que circundan Buenos Aires quedaron atrapados en una red de chismes y rumores en su contra; una red que su superior directo, Jorge Mario Bergoglio, puede haber ayudado a tejer. Las acusaciones se concentraban en dos hombres: Franz (“Francisco”) Jalics, húngaro de nacimiento, y el argentino Orlando Yorio. Bergoglio, quien como provincial debía asignarle los puestos a sus curas, les insistía a ambos que había mucha presión proveniente de Roma para removerlos de su barriada. Pero no quiso decirles por qué, ni cuáles eran las acusaciones en su contra, según dejó asentado Yorio en un minucioso relato posterior. Bergoglio era no sólo un adversario ideológico de los dos activistas, sino también era más joven —Yorio y Jalics habían sido incluso sus maestros— lo cual seguramente aumentó la tensión entre ellos. Pero los chismes envenenados que acompañaron a Yorio y a Jalics adonde quiera que iban se relacionaban con sus convicciones políticas y, sobre todo, con la sospecha generalizada de que Yorio sostenía una relación con una joven de la comunidad y colaboraba con los Montoneros.
Lo que ocurrió después está en discusión. De acuerdo con las versiones más informadas, Bergoglio les dijo que si querían permanecer en la orden jesuita tenían que suspender su labor en la comunidad. Jalics y Yorio se negaron. En mayo de 1976 Bergoglio los expulsó de la orden, dejándolos completamente desprotegidos. En cuestión de días, fueron levantados por hombres bajo las órdenes del comandante naval, Admiral Emilio Massera, quien supervisó los centros de tortura más escalofriantes de la llamada Guerra Sucia contra los militantes de izquierda. Al principio, se les dijo a ambos que su detención había sido un “error”, y después pasaron cinco meses en lo que —para los estándares de la Guerra Sucia— fueron circunstancias privilegiadas: con los ojos vendados, encadenados y casi famélicos en una celda hedionda.
Hasta su muerte en el año 2000 Yorio sostuvo que Bergoglio los engañó a él y a Jalics para que firmaran su renuncia voluntaria, y que era el culpable de su secuestro. Bergoglio dice que los dos sacerdotes se marcharon por su propia voluntad y que cuando los secuestraron hizo todo lo que estuvo en sus manos para liberarlos, acudiendo a sus contactos con la derecha para entrevistarse, en dos ocasiones, con el general Jorge Rafael Videla —el fanático a cargo de la recién estrenada junta militar—, y para comunicarse con el torturador Massera. El año pasado dos antiguos miembros de la Guardia de Hierro declararon que ellos habían llevado personalmente una solicitud de Bergoglio a Massera para que dejara a los dos curas en libertad. De ser cierta, esta versión de la historia podría explicar cómo es que Jalics y Yorio lograron sobrevivir cuando los demás miembros de su comunidad, que fueron secuestrados por esos mismos días, desaparecieron para siempre. Un año después de la liberación de los dos curas, Massera obtuvo un doctorado honorario de la universidad jesuita a cargo de los integrantes de la Guardia de Hierro.
Francisco Jalics vive recluido en un monasterio alemán. A raíz de la elección de Bergoglio como Papa declaró que éste no era culpable, que se había reconciliado con los hechos de aquel tiempo, y que no volvería a hablar del asunto. En 2013 se reunió con Francisco por segunda vez desde que salió de Argentina, durante un viaje al Vaticano que transcurrió en la más absoluta privacidad.
Pero la actividad de Bergoglio durante la Guerra Sucia tiene todavía otro aspecto. Varios guerrilleros perseguidos, algunos de ellos del vecino Uruguay, han dicho que durante ese mismo periodo, y con gran riesgo para sí, Bergoglio los ayudó a esconderse o a escapar de Argentina. También está el testimonio de una mujer dedicada desde hace muchos años a la defensa de los derechos humanos, la abogada Alicia Oliveira. Ella asegura que en los días en que recibió amenazas y estuvo en constante peligro de que la desaparecieran los militares, optó por proteger a su hijo, dejándolo al cuidado de otras personas. Dice que Bergoglio pasaba por ella a la hora de salida de la escuela y la llevaba en su carro a que viera a su hijo desde una distancia segura.
¿Y si todas las versiones resultaran ser ciertas? Como mínimo, escribe Paul Vallely, el más cuidadoso del nutrido grupo de biógrafos del Papa, parecería que Bergoglio chocó con dos de sus hermanos jesuitas, a quienes tenía la obligación de proteger, y actuó irreflexivamente y de una forma que expuso al peligro a su propia congregación. Los feroces desacuerdos entre los jesuitas argentinos continuaron hasta que Roma intervino en 1986. Se envió a un jesuita colombiano para reconciliar a las facciones en pro y en contra de Bergoglio, y a éste lo mandaron primero a Alemania y luego a Córdoba, en el norte de Argentina. Ha tenido 40 años desde aquellos tiempos de pesadilla en Argentina para recapacitar y sufrir.
40 años son toda una vida. La gente cambia. Montoneros que alguna vez anduvieron reventando bombas ahora son ciudadanos respetables, por ejemplo. Francisco ha cambiado de una manera tan dramática que ahora resulta un activista social tan radical como aquellos a quienes alguna vez atacó. “Se dio cuenta de que hay una pedagogía de Dios”, afirma Spadaro sobre aquel periodo. “Dice: ‘Dios obró en mí a través de aquellos errores’ ”. El Papa come bien y duerme bien, le aseguró a Spadaro. Yo me pregunté si el radiante Francisco—cuyas carcajadas resuenan en los pasillos del Vaticano y que por lo general parece estarla pasándola genial en su nuevo ministerio— siente que cuando Dios lo contempló y le otorgó el espinoso honor del papado, Él quiso decirle que lo perdonaba. Intenté sondear esta teoría con Spadaro, que me miró de soslayo.
“Él siente que él es un misterio”, respondió, y se corrigió. “Siente que lleva un misterio dentro de sí mismo”.
Una noche cené en las inmediaciones del Vaticano con Cristian Echeverry, un cura párroco de Colombia de modos suaves y con la costumbre de decir las cosas de manera descarnada. Recién salido del seminario, me contó, comenzó a trabajar en los extensos barrios marginados que rodean a las ciudades colombianas, y no olvida la experiencia. “Un día subí al cerro y toqué en una casa. Una niñita que no puede haber tenido más de 14 años abrió la puerta. Detrás de ella había una hilera de niños chiquiticos. Estaba embarazada. Le pregunté si podía hablar con su mamá, y me dijo, ‘Aquí la mamá soy yo’ ”, recordó Echeverry. “Lo que ha matado a la teología es que la han creado hombres que no han estado nunca en el barrio”.
En cambio, los eclesiásticos del Vaticano se han mantenido atareados negándole la Comunión a los divorciados que se vuelven a casar, sermoneando contra el uso del condón, descalificando la Teología de la Liberación, que se ocupa sobre todo de la “periferia” —esa zona borrosa más allá de Europa y Estados Unidos, donde se concentra la mayor cantidad de fieles—, y en general dándole razones a los feligreses para abandonar la Iglesia en manada.
En los últimos 40 años decenas de miles de sacerdotes, y también de monjas, han desertado de la Iglesia, principalmente para contraer matrimonio. Son cada vez menos los que los reemplazan en los seminarios, porque los repulsa el voto de castidad. La falta de curas (y de monjas) es ahora tan grave en algunas partes de un país tradicionalmente católico, como lo es México, que la labor de la Iglesia ha quedado en manos de los diáconos (legos que cuentan con la aprobación del obispo para desempeñar ciertas labores pastorales). En Brasil, en la región del Xingú, hay 27 sacerdotes para 700 mil católicos, en un área del tamaño del estado de Montana. En parte porque no hay quién los case, bautice, confiese o consuele, los católicos han estado huyendo hacia las sectas evangélicas. Hoy día, la población tal vez ya sea mayoritariamente evangélica en países como Guatemala, y en muchas regiones de América Latina el número de creyentes en las sectas está a punto de igualar las cifras de la tradicional iglesia católica.
Le pregunté al profesor Guzmán Carriquiry —un influyente lego que, como encargado de la oficina del Vaticano para América Latina, es integrante de la Curia— si no sería bueno un sistema doble en que algunos sacerdotes eligieran casarse mientras que otros pudieran optar por el celibato. Carriquiry me miró entretenido. “Todos los curas que tenemos hoy ya optaron por el celibato”, me recordó. (Pero no soy la única en decir, y sospecho que Carriquiry no estaría tan en desacuerdo, que un número significativo de los curas que he conocido en América Latina —y como reportera he conocido muchos a lo largo de los años— estaba involucrado en algún tipo de relación, hetero u homosexual, y no hacía gran esfuerzo por ocultarla.)
Hay que decir que en Roma muchos curas defienden el principio de castidad. “Tiene grandes recompensas”, me subrayó Daniel Gallagher, un sacerdote de carácter ponderado. Al igual que Echeverry, tiene poco más de 40 años, pero a diferencia del colombiano, que es pobre y se siente fuera de lugar en Roma, Gallagher es un miembro establecido de la Curia y tiene una visión más ortodoxa de las cosas. “La castidad es un sacrificio, ¡pero puede llevar a una vida espiritual mucho más plena! Siempre intento darle este mensaje a los curas jóvenes y a los seminaristas. Pero no es fácil”, concedió.
“La batalla por la castidad es infinita y sin cuartel”, me dijo el padre Echeverry con su estilo resuelto. “Yo también he tenido caídas. Pero con frecuencia me pregunto si toda la energía que he invertido en ese esfuerzo  —energía física, psíquica, emocional— podría haber sido mejor empleada en otras tareas”.
La pregunta está en el aire. Pragmática siempre frente a las crisis, la Iglesia se prepara a decidir que necesita más curas y no más castidad. “En todo caso, no es ley divina. Puede cambiarse”, afirmó Carriquiry. Y el padre Rodríguez señaló que el celibato no fue obligatorio para los curas sino hasta el siglo XVI. “Se puede cambiar”, repitió. Por su parte, el papa Francisco se ha limitado a decir que él no puede resolver todos y cada uno de los problemas desde Roma, que los sacerdotes de las iglesias orientales siempre se han casado, y que depende de arzobispos “corajudos” encontrar una forma de lidiar con el asunto. Tal como en Estados Unidos la legalización de la marihuana se ha ido resolviendo individualmente en los estados, supongo.
(Por cierto que el celibato siempre ha sido obligatorio para las monjas, y no hay indicios de que eso vaya a cambiar ahora. Ah, y sí; sí hay mujeres en la iglesia católica, aunque sería difícil darse cuenta cuando se habla con quienes detentan el poder eclesiástico: todos son hombres, y casi todos se detuvieron a pensar durante un minuto largo e infructuoso cuando les pregunté con qué monja o lega influyente podría entrevistarme.)
Mientras la Iglesia se ocupaba de precisar las restricciones que gobiernan dónde y cómo dos adultos pueden tener sexo, poco a poco se hizo manifiesto que miles de sacerdotes —sin duda, decenas de miles a lo largo de los siglos— forzaban a niños bajo su cuidado a tener sexo con ellos. Fue Benedicto XVI, cuando era apenas el cardenal José Ratzinger, encargado de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el primero en sacar a la luz el viejo escándalo de la pederastia. Ya como Papa degradó a 848 sacerdotes e impuso un castigo menos severo a dos mil 572 más. Pero aparte de nombrar nuevamente a una comisión para estudiar el problema, el Vaticano —y Francisco— aún no han propuesto ninguna medida concreta. Todavía no hay señal alguna de que puedan llegar a reconocer que la pederastia es un crimen—y no sólo un pecado—y que los sacerdotes deban quedar sujetos a la justicia civil y no solamente a la ley divina. Siempre vale la pena recordar que a Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo, favorito de Juan Pablo II y pederasta monstruoso, malversador, embaucador, plagiario y drogadicto, el Vaticano lo sentenció a una vida de “arrepentimiento y oración” en una bonita casa con jardín.
En otros frentes la Iglesia de Francisco ha demostrado ser más combativa. Se está llevando a cabo una minuciosa reforma financiera y se estableció un comité de vigilancia para lidiar con los múltiples escándalos del banco del Vaticano. Pero la pederastia está tan íntimamente ligada a las ahora frágiles finanzas de la Iglesia —tan sólo en Estados Unidos las víctimas han recibido tres mil millones de dólares de compensaciones, y muchas parroquias se han declarado en bancarrota— que no es difícil ver por qué Francisco pudiera querer avanzar con pies de plomo en el asunto.
“Que Dios nos proteja del temor al cambio”, declaró Francisco durante un viaje diplomático al Medio Oriente en mayo, refiriéndose a la necesidad de paz en la región, y sin duda también al embrollo que lo aguardaba de regreso a casa. Algunas leyes de la Iglesia están tan en desacuerdo con los tiempos, que durante décadas han sido ignoradas por los curas párrocos que no están obsesionados con los asuntos que Francisco llama “de la cintura para abajo”. El papa Juan XXIII, que ahora es San Juan XXIII, recomendaba una política de no-te-pregunto-y-no-me-cuentes con respecto al control de la natalidad, por ejemplo. Bajo la misma política, muchos católicos divorciados impedidos por ley canónica de tomar comunión logran participar en el sacramento axial de la iglesia. Se supone que una pareja que convive sin casarse vive “en el pecado”, aun en aquellas regiones en donde faltan los curas, pero son pocos los párrocos de la periferia que se animan a condenar con dedo flamígero a semejantes humildes pecadores. Se ha convocado a todos los obispos del mundo a una asamblea extraordinaria sobre la familia para este próximo mes de octubre. ¿Le darán su beneplácito formal a estos cambios de hecho?
Y está el tema de la homosexualidad —cuya práctica, según el Antiguo Testamento, causó que Jehová destruyera ciudades enteras—, y de un tema anexo, que es el matrimonio gay. Jorge Mario Bergoglio, cardenal, hizo campaña en Buenos Aires en contra del matrimonio gay. Pero lo acababan de elegir como Papa cuando pronunció su frase más citada: “Si una persona es gay, y busca al Señor, y tiene buena voluntad, ¿quien soy yo para juzgarlo?”. Sería asombroso que Francisco llegara a favorecer el aborto o el matrimonio gay, pues como él muchos católicos, si no la mayoría, consideran que el matrimonio es el sacramento que une exclusivamente a un hombre y una mujer. Pero es posible imaginar que llegará a reconocer que los gays han tenido históricamente una fuerte presencia en el clero y tienen tanto derecho como los heterosexuales a aceptar la castidad y tomar votos.
Los mayores cambios que han ocurrido bajo el papado de Francisco no son cuantificables. En Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana, que es el centro de preparación intelectual para curas más prestigioso de Italia, le pregunté al profesor en sociología, el padre Rocco d’Ambrosio —quien también presta sus servicios de sacerdote en la empobrecida región de Puglia, al sur del país—, cuál ha sido el impacto de Francisco.
“El otro día tomé la confesión a una señora a quien conozco desde hace tiempo. Ella había leído la exhortación apostólica del Papa, Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”) y quería hablar sobre el texto, porque algunas frases, y algo que ella le había escuchado decir al Papa, la habían llevado a preguntarse si le daba suficiente alegría a quienes la rodean”.
D’Ambrosio, que usa anteojos rojos y viste deportivamente de saco y corbata, se inclinó hacia mí: “He sido sacerdote y escuchado confesión durante 27 años, y esta es la primera vez que alguien se me ha acercado con ganas de discutir algo que haya dicho un Papa”.
Yo también leí el Evangelii Gaudium, y encontré en él el mismo extraño don de la sencillez que Francisco transmite en todas sus declaraciones públicas. Es capaz de enunciar con palabras claras ideales básicos —alegría, caridad, perdón, honestidad, la fe vivida con pasión, la vida como compromiso— que siglos atrás hicieron de los Evangelios textos revolucionarios y arrolladores. Con una voz apagada (de joven perdió parte de un pulmón, lo cual limita el volumen), y sin ninguna floritura teatral, Francisco le pide a la grey que sea amable y caritativa consigo misma y con los demás, y que huyan del cinismo. Sobre todo, le dice a la gente que Dios la ama, está siempre en su espera, y tiene una capacidad infinita de perdonar.
“Me pregunto por qué estoy tan conmocionado”, me dijo el padre Spadaro, el entrevistador del Papa. “Y alguien me respondió: ‘Porque Francisco predica el Evangelio de una manera simple’”.
La mejor explicación me la dio Giacomo Galeazzi, reportero del Vatican Insider, suplemento del periódico La Stampa, que se publica en Turín: “Francisco ha hecho que mi trabajo sea más entretenido y más fácil. Es noticia porque todos entienden lo que dice. Es como ver jugar a Maradona: hay esa hermosa claridad en su juego”.
Y así, lentamente, Francisco va arrastrando a su Iglesia hacia el presente, vitoreado por millones de católicos —clérigos y legos—, porque a través de su inspirado despliegue de signos y gestos todos ven y comprenden lo que hace. En su reciente viaje a Medio Oriente apoyó la frente en el muro que Israel construyó contra los palestinos, transformándolo así también en un Muro de las Lamentaciones. Lo acompañaron en todo momento sus buenos amigos de Buenos Aires, el rabino Avraham Skorka y el líder islámico Sheik Omar Abboud. Convenció a Shimon Peres, presidente israelí, y a Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, de reunirse con él a principios de junio en el Vaticano para llevar a cabo una sesión de plegaria marcadamente apolítica. Con cada gesto, Francisco ayudó a replantear los términos con los que se puede concebir el conflicto en Oriente Medio: no como un choque inevitable entre enemigos furibundos, sino como una condición anómala e innecesaria que mantiene separados a los seres humanos.
Unas semanas antes el padre Spadaro me había explicado el método del Papa: “Primero hace el gesto y luego dice las palabras”.
Si uno se para frente a la albeante basílica de San Pedro —con su enorme domo de blanco mármol travertino, y la estupenda plaza de columnatas curvas de Bernini—, lo único que se alcanza a ver de la sede del catolicismo mundial son los enormes muros que se ensanchan a cada lado de la mole de la basílica. Circundan la nación independiente más pequeña del mundo: el Vaticano (44 hectáreas, 840 habitantes, acceso restringido.) Aquí todo es espléndido. Hay capillas barrocas, palacios renacentistas donde residen cardenales y oficiales del Estado papal en solitaria majestad. Está el palacio papal (ahora deshabitado, en vista de que Francisco notoriamente se negó a vivir aislado en medio de semejante lujo); los antiguos tesoros de la biblioteca vaticana; una gloriosa extensión de jardín. Contenido también por los muros, pero separado del resto del complejo, está la única parte del Vaticano abierta siempre al público: los museos, cuyas colecciones albergan algunas de las más grandes obras de arte creadas por el hombre, todo para mayor glorificación de la Iglesia. Ahí también se encuentra la Capilla Sixtina, el espacio abovedado  que se diseñó para que los cardenales menores de 80 años tuvieran adonde aislarse con llave (con-clave) para elegir a un nuevo Papa.
Este complejo fue alguna vez el signo visible del poder y la gloria del catolicismo, la corona de su imperio espiritual. Hoy es la fortaleza amurallada de una Iglesia cuya misma existencia está en peligro. Hay estrellas mediáticas de las sectas del evangelismo que pronuncian sus sermones en palacios de cristal. Mientras tanto las iglesias católicas caen en ruinas, se ponen a la venta, se convierten en bibliotecas o en viviendas de estilo. Como líder del budismo el Dalai Lama ejerce cada vez mayor influencia moral y convoca a más adeptos en todo el mundo. En cambio, la iglesia católica se enfrenta a una crisis de encogimiento que todo lo abarca: menos fieles, menos curas, muchos menos recursos, y un catastrófico aumento de escándalos públicos que se resume bastante bien en una noticia reciente sobre la Santa Sede: un cargamento de casi medio kilo de condones rellenos de cocaína líquida, disfrazado entre una caja de cojines, quedó sin reclamar en la oficina de correos del Vaticano.
Al cambiar el palacio papal por la Casa Santa Marta, un hotel que queda justo adentro de los muros del  Vaticano y en donde se alberga el clero de todo el mundo, Francisco evitó hábilmente que lo envolviera la bizantina atmósfera de la Curia. De paso, aseguró su acceso constante a las noticias del exterior y a la calidez del contacto humano. Pero tal vez quedó demasiado lejos de la telaraña de intrigas —cuyo centro ocupa— como para enterarse de lo que pasa. Alguien está filtrando todo tipo de noticias sobre el ministro de Estado del papa Benedicto, el cardenal Tarcisio Bertone, a quien Francisco removió de su cargo, ¡y hay tanto que filtrar! Los rumores sobre su vida sexual; la ira de Francisco por el penthouse de 700 metros de Bertone, espléndidamente restaurado y contiguo a las dos modestas habitaciones que Francisco ocupa en Santa Marta; el asunto de cómo fueron a dar a una productora de cine, propiedad de uno de sus amigos, 15 millones de euros que Bertone retiró de los fondos vaticanos.
Se dice que Bertone mira con frialdad al Papa, o tal vez con sentimientos mucho más encendidos, y parecería que comparte esos sentimientos con algunos más. El arzobispo hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, irredimiblemente franco, fue el encargado de anunciar la creciente rebelión contra Francisco entre la jerarquía eclesiástica conservadora, así como la murmuración cada vez más atrevida de que la férula papal le habría sido entregada al hombre equivocado. Según afirmó Maradiaga en una reunión de las órdenes franciscanas, se dicen cosas como “¿qué pretende este argentinito?”. Y agregó que un reconocido cardenal dejó caer la frase: “Nos equivocamos”.
Le pregunté a un hombre de espíritu equitativo y que conoce el pensamiento de la Curia si le parecía que va en alza la sensación de que Francisco se mueve demasiado aprisa en la dirección equivocada, o que dice cosas que simplemente resultan escandalosas. Reacomodándose en la silla en un esfuerzo por hallar la manera equilibrada de responder, mi amigo afirmó que Francisco tiene un gran sentido de iniciativa pero que, en ocasiones, asume posiciones demasiado drásticas, o sin tomar en cuenta procedimientos que tienen su razón de ser. Sopesando cada una de sus palabras, añadió tras una pausa: “Hay, ha habido… cierta mención de un cisma”.
En otras palabras, dentro de la Curia tanto como en el extranjero existe un número de inconformes de alto rango que expresan su descontento en términos cada vez más álgidos contra lo que consideran la traición del Papa a la fe católica. El descontento es tal, de hecho, que, de acuerdo a mi amigo, un cierto número de inconformes considera la posibilidad de establecer una iglesia católica alternativa. El hombre que aspira a unir todas las religiones en la fe compartida en el amor de Dios, y que como provincial de los jesuitas argentinos dividió a tal grado la orden que fue necesaria la intervención externa, comprueba una vez más su capacidad de unir y dividir.
Giacomo Galeazzi, el periodista del Vatican Insider, está convencido de que Francisco logrará imponerse fácilmente. “Sus opositores —mencionó a un puñado de miembros de alto rango de la Curia—, perdieron poder tras la renuncia de Ratzinger. El Papa es un hombre extraordinariamente libre”, me explicó Galeazzi. “No le debe nada a la Curia porque viene de fuera. Quienes tienen poder son aquellos que se ocupan de la periferia; el Papa puede hacer lo que quiera”.
Quizá. Pero la lista de temas urgentes que el Papa enfrenta es larga, y no es joven ni está particularmente sano. Le dan “ligeras fiebres” que esporádicamente lo obligan a cancelar eventos. Trabaja demasiado, tiene 77 años, y muchos aún recuerdan el patético espectáculo de la muy pública agonía de Juan Pablo II. El asunto de la sucesión ya está en mente de todos.
Ni siquiera hay acuerdo sobre cuál es el consenso sobre el tema. “Según lo que he podido entender”, dijo el padre Daniel Gallagher, “en el cónclave varios cardenales dejaron muy claro que no esperan ninguna otra renuncia papal en el futuro”. Pero varios curas con los que hablé expresaron su gratitud hacia Benedicto por dar un paso largamente demorado. Es posible que la habitual sobrecarga en la agenda de Francisco, extenuante para sus colaboradores pero sobre todo para él, esté motivada por el deseo de seguir el revolucionario precedente de Benedicto y retirarse. “El papa Benedicto ha hecho un gesto muy grande (al retirarse)”, declaró al periódico La Vanguardia hace poco. “Ha abierto una puerta, ha creado una institución, la de los eventuales Papas eméritos. Yo haré lo mismo que él, pedirle al Señor que me ilumine cuando llegue el momento”. Si las especulaciones son ciertas, en caso de que así lo decidiera, se retiraría al cumplir 80 años, lo cual significa que Francisco tiene menos de tres para sacar adelante su programa radical, a menos que el tema de su salud signifique que le queda aún menos tiempo.
Durante mi último día en Roma caminé una vez más por el Borgo Pío, la estrecha calle a la sombra de San Pedro, atestada de restaurantes al aire libre con manteles a cuadritos, boutiques de sotanas y tiendas de chacharería papal para los turistas. La calle bulle de turistas anglos y chinos, y vendedores ambulantes bengalíes de pelotitas de goma de colores. Hay obispos de Nigeria, monjas filipinas y seminaristas mexicanos que pasan ajetreados, también ellos convertidos en turistas de ojos desorbitados, curioseando, tocando puertas, esperando audiencia. Pasear una hora por el Borgo es ver el mundo. Todavía más que los tesoros de San Pedro, el Borgo ofrece una visión quizá más real del vasto alcance y la ambición de la institución fundada por el humilde apóstol Pedro hace unos dos mil años, y de cómo esa estructura se sostiene gracias a la fe. Si, en un mundo cada vez más agnóstico, en Occidente todavía nos importa tanto el destino de Francisco y de su Iglesia, se debe a que probablemente la mayor parte de la cultura que nutrió al mundo occidental hasta finales del siglo XX fue creada por la Iglesia: la música, la arquitectura, el protestantismo, la pintura, los inicios de la ciencia, nuestro eslabón más básico de construcción social (un marido, una esposa). Para bien o para mal, todos somos hijos del Dios de San Pedro.
Pero este templo cruje, gotea, se agrieta, y las huestes de curas entusiastas que trabajan al interior del Vaticano para arreglarlo todo quizá no logren reemplazar las columnas centrales a punto de desmoronarse sin que se venga abajo el edificio entero. Y está la cuestión que Francisco plantea de manera implícita en cada una de sus muy públicas declaraciones acerca de cómo debe practicarse la fe: ¿Cuál es la relación entre el Jesús al que acuden los católicos para obtener la salvación y la gigantesca estructura en Roma?
“No me disgusta la idea de una Iglesia reducida a su mínima expresión”, afirmó Echeverry, el padre colombiano, cuando le pregunté qué ocurriría si el Papa llega a morir antes de completar la transformación que busca con tanto ahínco? ¿O si, a pesar de los esfuerzos del Papa, el materialismo y el consumismo ganan la partida, o los rigores de una creencia dogmática resultan excesivas para la persona común y corriente? ¿Qué pasará si la ciencia por fin destruye la posibilidad de la fe? ¿Qué pasará si los fieles ya no abarrotan la plaza de San Pedro cada miércoles por la mañana? “Me gusta la idea de pasar de una Iglesia que se fortalece en los números a una de la que verdaderamente puede decirse vive el Evangelio. No me molestaría para nada”, dice Echeverry.
Al final de mi almuerzo con el padre Rodríguez le pregunté si alguna vez duda que la iglesia católica pueda sobrevivir.
“Si la Iglesia por falta de poder se acaba (me refiero a poder tecnológico, político o económico, o por una guerra religiosa) estaremos simplemente viviendo la experiencia de Jesús. Si ella misma es crucificada, estará reproduciendo la experiencia de su fundador, pero quedará algo tan hondo que no se podrá perder. Si Dios no estuviera trabajando aquí, ¿cómo se explica que la Iglesia sobreviviera 300 años en Japón sin un solo cura, sólo gracias a los esfuerzos de unos cuantos hombres y algunas mujeres?”, se preguntó el padre Rodríguez.

Pero estos son días en que resulta difícil creer que alguna vez la iglesia católica pueda quedar reducida a una solitaria voz clamando en el desierto. Francisco y la alegría de su fe inspiran en millones no sólo una renovada creencia en Dios, sino en una religión viva y vivaz. Sólo había que verlo este abril durante la misa de Pascua que ofició al aire libre, durante la cual él y su gente desplegaron todo tipo de símbolos y signos para crear un hermoso espectáculo de significados. Los escalones de San Pedro quedaron transformados en jardín; diáconos y lectores —¡hombres y mujeres!— de Corea, Alemania, China y Medio Oriente leyeron pasajes de la Biblia; un coro de la iglesia oriental cantó armonías extrañas y poderosas; los patriarcas rusos concelebraron con Francisco… y al Papa se le vio exhausto y avejentado. Pero, al terminar, prácticamente saltó hacia el Papamóvil, como un niño a quien inesperadamente se le ofrece un pan con mantequilla y su mermelada preferida. Sin aceptar ayuda, trepó con energía a la plataforma, como diciendo “¡Vámos!”. Y entonces resurgió el ritual de la muchedumbre que vitorea y ríe, el Papa que abraza y bendice, bañado de pueblo, como se dice, a medida que el Papamóvil serpenteaba a través de una multitud extática.

26° domingo Ordinario; 28 de septiembre del 2014

Ezequiel 1825-28; Salmo 24; Filipenses 21-11; Mateo 2128-32

Las tres lecturas de este domingo escalonan el mensaje que nos invita a seguir clarificando nuestro compromiso como cristianos.
La primera invitación nos viene de Ezequiel: lo que nos pase personalmente es fruto de nuestras acciones. Si optamos por el bien, nos irá bien y viviremos, como ya lo había señalado el Deuteronomio; pero si escogemos el  mal, pues simplemente nos irá mal y moriremos. Es decir, la relación con Dios no suprime la libertad del ser humano; y, en esta dirección, la responsabilidad. No podemos culpar a Dios de lo que pasa en esta vida. Es algo semejante al dicho de que “el pueblo tiene los gobernantes que se merece”. Si tenemos gobernantes malos, es porque no hemos sabido asumir nuestra propia responsabilidad como ciudadanos en el ejercicio del poder y la gobernanza social, y no hemos luchado lo suficiente para ir contra la corrupción y los abusos de poder.
Pero, entonces, podríamos preguntarnos para qué está Dios, para qué sirve. Si de nosotros depende lo que pasa en esta tierra, ¿no sale sobrando Dios? Esta concepción, ¿no lo pone en el mismo lugar que  los dioses griegos del Olimpo, que sólo contemplaban estoicamente las desgracias de la humanidad?
La respuesta nos la da San Pablo en su Carta a los Filipenses: tan no ha sido Dios indiferente a nuestra suerte, que nos envió a su Hijo para ser solidario hasta la muerte en todos los procesos humanos y para mostrarnos el camino que nos puede llevar a la plenitud. Por eso la petición del Salmo: “Descúbrenos Señor tus caminos; guíanos con la verdad de tu doctrina”. El hombre sigue siendo responsable de su vida, de lo que le pase, de su felicidad o de su desdicha; pero no va solo ni ignora cuál es el camino que nos lleva a la vida. Jesús camina de la mano con nosotros, comprometido hasta la muerte a fin de que tengamos vida, y vida en abundancia. Para ello nos ofreció su “Buena Noticia”, su “Evangelio”. Y ahí está su invitación; no el chantaje. Por eso tantas veces los evangelistas reportaron esta actitud de Jesús: “El que quiera venir…”; “Si alguno quiere…” Siempre la oferta libre, cariñosa, desde su acompañamiento y cercanía. Pero sobre todo, desde la igualdad de condiciones. Él vive lo que nosotros vivimos; Él siente igual; tiene que buscar la voluntad del Padre; ora; está en su presencia; es iluminado por el Espíritu, como cualquiera de nosotros lo puede hacer y vivir.
Y sabemos que este camino humano por el que Jesús optó, le abrió la posibilidad de la muerte que, como Dios, no podía tener; pero Él quiso ser absolutamente solidario con nosotros. No jugó con ventaja, como dice Pablo: Se anonadó; se despojó de su propia condición divina; se hizo semejante a nosotros. Y más aún, tomó la condición de siervo y, por obediencia, llegó hasta la muerte, y muerte de cruz.
Obediencia difícil de entender; pues no era que el Padre lo hubiera predestinado a la muerte de cruz, como un condenado. No; la obediencia era para que Jesús nos mostrara el camino del amor, de la entrega hasta el final, aunque eso pudiera acarrearle la muerte, como a tantos que se atrevieron en su época a ir contra la opresión y la injusticia. Ahí estuvo la obediencia radical de Jesús: a pesar de la posibilidad de que su anuncio evangélico lo llevara al peor de los suplicios, sin embargo, obedeció la invitación del Padre a seguir adelante, a mostrarnos el camino del amor, de la justicia, de la verdad, de la misericordia, del perdón, costara lo que costara.
El  Evangelio cierra las invitaciones de este domingo con una parábola sumamente clara, contundente, cuestionadora. La pregunta que nos lanza no es qué decimos, sino qué hacemos. Un hijo, muy en cercanía con el Padre, dice “sí”. No riñe con el Padre; no lo contraría. Sin embargo, a final de cuentas, no hace lo que el Padre quiere.
El otro podríamos decir que es más rebelde: por principio de cuentas dice “no”; y se da media vuelta y se va; pero, a final de cuentas, hace lo que el Padre le pedía.
De ahí la pregunta de Jesús: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?” Evidente; el segundo. Ezequiel nos invitaba a la responsabilidad personal; ahora Mateo nos invita a la coherencia. Lo que digamos no importa tanto; lo definitivo es lo que hacemos, nuestros comportamientos y, por supuesto, en coherencia con el mensaje de Jesús, con obedecer la voluntad del Padre, con el vivir la justicia, la compasión, la misericordia.
La conclusión es clara: las prostitutas y los publicanos adelantarán en el reino a la “gente decente”, que para Jesús estaba representada en los fariseos y publicanos. Dijeron que sí, pero no captaron el nuevo mensaje de Dios que se presentó en Jesús; y, finalmente, no hicieron lo que Dios quería.
Terminemos con la petición del Salmo: “Descúbrenos Señor tus caminos; guíanos con la verdad de tu doctrina”.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Rueda de Prensa del Papa, en su regreso del Medio Oriente; 26 May. 2014

ROMA.- El Papa Francisco cumplió lo prometido a los periodistas en el viaje de ida a Tierra Santa y en el vuelo de regreso a Roma ofreció una rueda de prensa en la que habló durante unos 45 minutos de diversos temas de actualidad como los abusos sexuales, las relaciones con los ortodoxos, la comunión para los divorciados en nueva unión e incluso reveló que en enero próximo viajará a Sri Lanka y Filpinas, a la zona devastada hace unos meses por un tsunami. A continuación, el texto completo de la entrevista publicada por el diario español La Razón:
-Santo Padre, en estos días hizo varios gestos que dieron la vuelta al mundo: la mano en el muro de Belén, la señal de la cruz, el beso a los sobrevivientes hoy en el Memorial del Holocausto, el beso al Santo Sepulcro junto a Bartolomé... Queríamos preguntarle si estos gestos los pensó y por qué los pensó. ¿Y si se imaginó cuáles serán los efectos de estos gestos de enorme entidad como por ejemplo la invitación a Peres y a Abbas a ir al Vaticano?
- Los gestos, los que son más auténticos, son los que no se piensan, son los que surgen, vienen. Yo pensé, bueno, se podrá hacer algo, pero los gestos concretos, ninguno fue pensado en sí. La invitación a los dos presidentes a la oración, esto sí fue pensado un poco, pero de hacerlo allá (en Israel), pero había tantos problemas logísticos –ellos tienen que tener en cuenta el territorio, dónde se hace y no es fácil. Al final espero que salga bien. Pero no fueron pensados, no sé, a mi me sale de hacer algo de espontáneo. Es así.
-Usted habló con palabras muy duras contra el abuso sexual de menores de parte de los sacerdotes, usted creó una comisión para enfrentar mejor este problema a nivel de la Iglesia universal. Sabemos que en todas las iglesias locales hay normas que exigen una fuerte obligación moral y a menudo legal a colaborar con las autoridades civiles locales. ¿Qué hará usted si hay un obispo que no ha observado estas normas, se lo excluye, se le pide que dimita u otras sanciones? ¿Cómo se puede enfrentar en sentido práctico?
-En la Argentina a los privilegiados les decimos "este es un hijo de papá" y en este problema no habrá "hijos de papá". En este momento hay tres obispos que están bajo investigación: uno ya está condenado y se está estudiando la pena que hay que hacer. No existen privilegios. Sobre este tema de los menores es un delito tan feo, tan, lo sabemos que es un problema grave en muchos lados, pero a mí me interesa la Iglesia.
¿Qué nos aporta quién hace esto? Traiciona el cuerpo del Señor porque estos sacerdotes que deben llevar este niño, esta niña, este muchacho, esta muchacha a la santidad, y este niño, esta niña, confían. Y estos sacerdotes en cambio de llevarlos a la santidad, abusan. Y esto es gravísimo. Es como... Les haré una comparación: es como una misa negra, por ejemplo: tú tienes que llevarlo a la santidad y lo llevas a un problema que va a durar toda la vida.
Y la próxima semana, no, creo que será el 6 o el 7 junio, los primeros días del mes, va a haber una misa con 6 u ocho personas abusadas en Santa Marta y después, una reunión con ellos. Son personas que son de Alemania, dos de Inglaterra o Irlanda... Serán unos ocho, con el Cardenal O'Malley, de la comisión. Pero sobre esto tenemos que seguir adelante, adelante. ¡Tolerancia cero!
- Desde el primer día de su pontificado usted ha lanzado este mensaje fuerte de una Iglesia pobre, simple y austera. Pero a veces vemos situaciones y escándalos, como por ejemplo el del apartamento del Cardenal Bertone, la famosa fiesta el día de las canonizaciones o, volviendo al Cardenal Bertone, la supuesta malversación de 15 millones de euros. ¿Qué pretende hacer para que no haya contradicciones con su mensaje?
- El mismo Jesús una vez, según se dice en los Evangelios, le dijo a sus discípulos que es inevitable que haya escándalos, porque somos humanos y pecadores todos. Habrá, habrá escándalos. La cuestión es tratar de evitar que haya de más. En la administración económica se necesita honestidad y transparencia. Las dos comisiones, la que ha estudiado el IOR y a que ha estudiado el Vaticano, han llegado a sus conclusiones y ahora el ministerio, la secretaria de Economía que dirige el Cardenal Pell, llevará delante las reformas que estas comisiones han aconsejados.
Pero seguirá habiendo escándalo, los habrá siempre porque somos humanos. Las reformas deben de ser continuas. Los padres de la Iglesia decían que la Iglesia debía ser siempre reformada. Debemos estar atentos y reformar a diario la Iglesia, porque somos pecadores, somos débiles. La administración que esta Secretaría de Economía lleva adelante ayudará mucho a ayudar escándalos y problemas.
Por ejemplo, en el IOR creo que hasta este momento se han cerrado 1.600 cuentas de personas que no tenían derecho a tener una cuenta en el IOR. El IOR está para ayudar a la Iglesia, tienen derecho a tener una cuenta los obispos, las diócesis, los empleados del Vaticano... Pero no tiene derecho las embajadas... No es una cosa abierta. Quiero decir una cosa a la pregunta que me ha hecho sobre el asunto de los 15 millones, Es una cosa que se está estudiando, o está clara. Quizás sea verdad, pero en este omento no es definitivo, está bajo estudio.
-¿Le preocupa el crecimiento del populismo que se manifestado en las elecciones europeas?
-Yo estos días he tenido tiempo de rezar un poco el Padre Nuestro, pero no tengo noticias de las elecciones europeas. Sé que se habla de la confianza o desconfianza en Europa, que algunos quieren salir del euro... Yo de eso no entiendo nada. Pero hay una palabra clave: desocupación. Eso es grave y yo lo interpreto así simplificando: estamos en un sistema económico múltiple que coloca en el centro el dinero, no la persona humana.
Un verdadero sistema económico tiene que tener en el centro al hombre y a la mujer. Este sistema económico que tenemos coloca en el centro al dinero y para equilibrarse debe llevar a cabo algunas medidas de descarte: se descarta a los niños, como lo indican las cifras de nacimientos en Europa. Y se descartan los ancianos.
Ahora van en su busca porque son jubilados y los necesitan, pero los ancianos se descartan, incluso con situaciones de eutanasia oculta en muchos países. Y en esto momento se descartan los jóvenes, y eso es gravísimo. En Italia, creo que la desocupación juvenil está sobre el 40%. En España es el 50% y en Andalucía, en el sur de España, el 60%... Esto significa que hay una generación de ni-ni, que ni estudian ni trabajan, y esto es gravísimo, se descartan una generación de jóvenes. Esta cultura del descarte es gravísima. Este sistema económico es inhumano.
-¿Qué se puede hacer para que en Jerusalén arraigue una paz estable y duradera?
-Hay tantas propuestas... La Iglesia Católica ya ha establecido su posición desde el punto de vista religioso, la ciudad de la paz y de las tres religiones. Pero las medidas concretas por la paz deben salir de la negociación. Si en esta parte tiene que estar la capital del Estado, o si en cual otra... Pero esto son hipótesis que yo no me siento competente para decir se haga esto o lo otro, sería una locura por mi parte. Pero creo que se debe negociar con honestidad, hermandad, mucha confianza.
Se necesita valentía para hacer esto y yo rezo mucho para que estos dirigentes tengan la valentía de recorrer el camino de la paz. Yo solo puedo decir lo que la Iglesia ha dicho siempre, que Jerusalén sea custodiada como la capital de las tres religiones. Una ciudad santa, de paz, de religión.
-Quiero saber si se ha hablado de casos concretos de acercamiento con otras Iglesias. Por ejemplo, si cree que la Iglesia Católica puede aprender algo de la Iglesia ortodoxa como por ejemplo en el caso de los curas casados, un asunto que se ha puesto de actualidad tras la carta que usted ha recibido de 26 mujeres enamoradas de sacerdotes.
-La Iglesia Católica tiene curas casados. Católicos griegos, católicos coptos, hay en el rito oriental. Porque no se debate sobre un dogma, sino sobre una regla de vida que yo aprecio mucho y que es un don para la Iglesia. Al no ser un dogma de fe, siempre está la puerta abierta. Pero en este momento no hemos hablado de esto con el patriarca Bartolomé porque es secundario, de verdad. Hemos hablado de que la unidad se hace en la calle, haciendo camino. Nosotros jamás podremos llegar a la unidad en un congreso de teología. Hay que caminar juntos, rezar juntos, trabajar juntos.
-Su próximo viaje va a ser a Corea del Sur. Le preguntaré sobre Asia. En diferentes países, como Corea y China, no hay libertad religiosa ni de expresión. ¿Qué tipo de acciones tomara frente a las personas que sufren estas situaciones?
-Respecto a Asia, hay dos viajes programados. Primero, el de Corea del Sur para el encuentro de jóvenes cristianos. Y en enero próximo, un viaje de dos días a Sri Lanka, y luego a Filipinas a la zona que tuvo el tsunami. El problema de la falta de libertad para practicar la religión no es sólo de algunos países asiáticos. También se da en otros países del mundo.
La libertad religiosa es algo que no todos los países tienen. Algunos tienen un control más fácil y tranquilo, otros toman medidas que acaban en una verdadera persecución. Hay mártires. Hay mártires hoy. Mártires cristianos, católicos y no católicos. Hay lugares donde no puedes llevar un crucifijo o leer la Biblia, donde no puedes enseñar el catecismo.
Hoy yo creo, si no me equivoco, que hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia. Debemos acercarnos a estos casos con prudencia para ayudar, debemos rezar tanto por estas Iglesias que sufren. También los obispos y la Santa Sede trabajan para ayudar a los cristianos de estos países.
Pero no es una cosa fácil. Te digo una cosa: en un país está prohibido rezar juntos. Los cristianos quieren celebrar la Eucaristía. Hay un señor que trabaja como obrero que es sacerdote. Hacen como que toman el té y celebran la misa. Esto sucede hoy.
-¿Si en un día muy lejano se siente sin las fuerzas suficientes, haría la misma elección de su predecesor, renunciado al pontificado?
-Haré lo que el Señor me diga que debo hacer: rezar y buscar la voluntad de Dios. Creo que Benedicto XVI no es un caso único. Ha sucedido que no tenía las fuerzas y honestamente, un hombre de fe tan humilde, ha tomado esta decisión. Creo que él es una institución.
Hace 70 años no existían los obispos eméritos. Ahora hay muchos. ¿Qué pasará con los Papas eméritos? Creo que debemos mirar como institución que él abrió una puerta, la de los Papas eméritos. Si habrá más, lo sabe Dios. Pero esa puerta está abierta. Creo que un obispo de Roma que siente que bajan sus fuerzas debe hacerse las mismas preguntas que se hizo el Papa Benedicto.
-¿Queríamos saber si se piensa seguir adelante con la causa de Pío XII o se quiere esperar antes de tomar alguna decisión?
-La causa de Pío XII está abierta. Me he informado y todavía no hay ningún milagro. Hace falta un milagro para seguir adelante. Debemos esperar cómo va la realidad de esa causa. La verdad es esa, no hay milagros. Hace falta al menos uno para la beatificación.
-Es usted un líder político y espiritual, que abre muchas expectativas con iniciativas como el encuentro con los líderes de Israel y Palestina. También en la Iglesia hay muchas esperanzas de cambio, como ocurre con la situación de los divorciados. ¿No le parece que está poniendo demasiada carne en el asador? ¿No teme que haya abierto demasiados frentes y demasiadas expectativas?
-Este encuentro en el Vaticano será un encuentro de oración. No será para hacer una mediación o buscar una solución. Sera oración y después vuelven a casa. Pero yo creo que la oración es importante. Rezar juntos, sin entrar en discusiones... Será un encuentro de oración. Habrá un rabino, un musulmán, y yo. He pedido al Custodio de Tierra Santa organizar las cosas prácticas.
Le agradezco la pregunta sobre los divorciados. El Sínodo será sobre lafamilia, sus problemas, sobre la riqueza de la familia, la situación actual de la familia. La presentación preliminar que hizo el Cardenal Kasper tenía cinco capítulos. Cuatro sobre las cosas bonitas de la familia desde el aspecto teológico, las problemáticas familiares, el problema pastoral de las separaciones, la nulidad matrimonial, los divorciados y el problema de la comunión... A mí no me ha gustado que tantas personas, incluso en la Iglesia, sacerdotes, etc. hablasen de la comunión a los divorciados como si todo se redujese a una casuística.
Sabemos que hay una crisis de la familia. Los jóvenes no quieren casarse o no se casan, conviven...Yo no querría que entrásemos en la casuística: lo que se puede hacer o no se puede hacer... Por eso agradezco tanto esta pregunta, pues me da la oportunidad de clarificar. El problema pastoral de la familia es muy, muy amplio y no se debe deshojar caso a caso. Lo que el Papa Benedicto dijo tres veces –una vez en Alto Adige, otra en Milán y otra en un consistorio– es que hay que estudiar los procedimientos de nulidad matrimonial.
Estudiar la fe con la que una persona va al matrimonio, y clarificar que los divorciados no son extraños. Muchas veces se les trata como si lo fuesen. Estoy seguro de que ha sido el Espíritu del Señor el que nos ha guiado a escoger este tema para el Sínodo. La familia necesita mucha ayuda pastoral.
-¿Qué obstáculos está encontrando en la reforma de la Curia romana?
-El primer obstáculo soy yo... (risas). No recuerdo la fecha, pero un mes después de mi elección, se nombró el consejo de los ocho cardenales, y está estudiando todo el sistema del Vaticano. Uno de los puntos claves es el económico y por esto tienen que trabajar de forma conjunta con la secretaría de Estado.
Ahora en julio tenemos cuatro días de trabajo y en septiembre otra vez. Los resultados todavía no se ven todos. Los obstáculos son los normales de cualquier proceso. Limpiar el camino, el trabajo de persuasión... Hay personas que no lo ven claro. Se está trabajando mucho con la persuasión