domingo, 29 de noviembre de 2015

Terrorismo en París: "Usted no tendrá mi odio"; Carta del francés Antoine Leiris al EI. Noviembre del 2015.


El viernes por la noche le robaste la vida a un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero usted no tendrá mi odio. No sé quién eres y no quiero saberlo, usted es de las almas muertas.
Si ese Dios, por quien matan ciegamente, nos ha hecho a su imagen, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá sido una herida en su corazón.
Entonces no, no le voy a premiar con odio. Aunque lo tiene bien buscado, pero responder con odio por la ira, sería ceder a la misma ignorancia que ha hecho de usted lo que es.
Quiere que tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con un ojo desconfiado, que sacrifique mi libertad por la seguridad; pero está perdido. 
La vi esta mañana luego de varias noches y días de espera. Estaba tan hermosa como la noche de ese viernes, tan hermosa como cuando me enamoré locamente hace más de 12 años.
Por supuesto estoy devastado por el dolor. Le concedo esta pequeña victoria, pero será de corta duración. Sé que ella nos acompañará cada día y que nos encontraremos en el paraíso de las almas libres al que usted nunca tendrá acceso. 
Somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo.
No tengo más tiempo para usted.  Tengo que ver a Melvil que se despierta de su siesta. Tiene 17 meses y ya va a comer su merienda como todos los días. Luego iremos a jugar como todos los días. Este niño será feliz y libre por toda la vida, porque usted no tendrá su odio jamás.


1er domingo de Adviento; noviembre 29 del 2015. J.A. Pagola

ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS
Los discursos apocalípticos recogidos en los evangelios reflejan los miedos y la incertidumbre de aquellas primeras comunidades cristianas, frágiles y vulnerables, que vivían en medio del vasto Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús, su amado Señor.
También las exhortaciones de esos discursos representan, en buena parte, las exhortaciones que se hacían unos a otros aquellos cristianos recordando el mensaje de Jesús. Esa llamada a vivir despiertos  cuidando la oración y la confianza son un rasgo original y característico de su Evangelio y de su oración.
Por eso, las palabras que escuchamos hoy, después de muchos siglos, no están dirigidas a otros destinatarios. Son llamadas que hemos de escuchar los que vivimos ahora en la Iglesia de Jesús en medio de las dificultades e incertidumbres de estos tiempos.
La Iglesia actual marcha a veces como una anciana "encorvada" por el peso de los siglos, las luchas y trabajos del pasado. "Con la cabeza baja", consciente de sus errores y pecados, sin poder mostrar con orgullo la gloria y el poder de otros tiempos.
Es el momento de escuchar la llamada que Jesús nos hace a todos.
«Levantaos», animaos unos a otros. «Alzad la cabeza» con confianza. No miréis al futuro solo desde vuestros cálculos y previsiones. « Se acerca vuestra liberación». Un día ya no viviréis encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.
Pero hay maneras de vivir que impiden a muchos caminar con la cabeza levantada  confiando en esa liberación definitiva. Por eso, «tened cuidado de que no se os embote la mente». No os acostumbréis a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar vuestra vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos  que sufren en la tierra. Ese estilo de vida os hará cada vez menos humanos.
«Estad siempre despiertos». Despertad la fe en vuestras comunidades. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. No seáis comunidades dormidas. Vivid «pidiendo fuerza». ¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? ¿Cómo podremos «mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre»?

José Antonio Pagola


1er Domingo de Adviento; Noviembre 29 del 2015

Jeremías 3314-16; Salmo 24; 1ª Tesalonicences 312-42; Lucas 2125-28. 34-36

Comenzamos el tiempo de adviento; tiempo de esperanza, de espera, de ilusión, de alegría; pero, ciertamente, enmarcado en la realidad histórica y concreta en la que vivimos. No podemos soltar las campanas al vuelo y cegarnos ante lo que pasa a nuestro alrededor. Es la postura que tienen tanto Jeremías en la Primera Lectura, como Lucas en el Evangelio.
La esperanza la ubican justo en medio de las crisis sociales que vivía el pueblo de Israel o de la lucha que tendrá que darse para que llegue el Hijo del Hombre a instaurar la paz y la esperanza en el mundo por el que dio la vida. En realidad lo que nos están diciendo es que, nos guste o no nos guste, siempre estarán mezclados lo bueno y lo malo, la esperanza y el fracaso. Jesús lo decía ya en sus parábolas: siempre habrá trigo y cizaña.
Y ese es el reto más difícil que nos pone este “tiempo de espera” de lo que ha de venir, del “Adviento”. Es muy fácil vivir la esperanza cuando todo son resultados y éxitos; cuando en la vida siempre nos va bien, cuando se nos dan las cosas. Pero cuando los problemas se nos cruzan en el camino, como puede ser pérdida del empleo, quiebras económicas, problemas con los hijos, enfermedades, muertes, etc., etc., entonces esa actitud de fondo a la que nos invita este tiempo litúrgico, se nos esfuma, y aparece una actitud negativa de rechazo, frustración, coraje, porque las cosas no salen como queremos; o, como muchas veces lo vivimos, porque pensamos que siempre nos tiene que ir bien; que la vida nos debe la felicidad siempre y en todo momento. Partimos de una falsa hipótesis de que “nos merecemos” que todo vaya bien en nuestras vidas; que alguien –puede ser Dios, la sociedad, los demás, etc.- nos tienen que ofrecer el camino del éxito.
Pero como bien lo señalan ambas lecturas, nuestro mundo no es de blancos o negros, sino de “claroscuros”; y para esta realidad es para la que debemos estar preparados, con un fundamento inconmovible de esperanza. San Ignacio, en sus Ejercicios lo señala: debemos tener paz, aun cuando perdamos la riqueza, la salud, la buena fama o incluso la vida.
Pero esto no se consigue nada más con voluntarismo. La Escritura nos señala constantemente que debemos estar preparados con las lámparas encendidas, con el aceite suficiente, rebosantes de amor mutuo –como señala San Pablo- y de amor “hacia todos los demás”. “Vivan como conviene” –nos dice-. Y Jesús invita a “estar alertas, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan la mente” y cuando llegue la crisis no “nos sorprenda desprevenidos”. Y para ello nos invita a “velar y orar”, a fin de que cuando las realidades oscuras de la vida aparezcan, no nos quiten ni la paz ni la esperanza.
Ahora bien, ¿quién puede soportar las grandes crisis de la vida sin perder la paz? ¿Quién puede tener esperanza después de los fracasos, de las enfermedades, de la muerte? La respuesta del Evangelio es: el que está abierto al don de Dios, a su gracia; quien mira la vida como un regalo; quien se deja tomar por las manos del Padre; quien vive la vida desde la gratuidad y no desde la tarea y el esfuerzo. No nos ganamos ni la vida, ni la salvación, ni la salud…; todo es gracia; todo es regalo de Dios. Por eso la fe está implicada en esta actitud; por eso se nos pide orar y velar; amar a los demás; confiar, experimentar la bondad y amor de Dios mismo.
En la vida tenemos muchas tareas que realizar, y por eso esperamos que las cosas nos salgan bien. La “espera” es lo concreto, muchas veces fruto de nuestro propio esfuerzo. Pero la “esperanza” es otra cosa. Ésta es una dimensión teologal; es la actitud básica del cristiano que está abierto a la trascendencia; que ha experimentado a Dios; que sabe que lo acompaña, como el Buen Pastor, por valles y cañadas; de día o de noche; en las buenas o en las malas.
Tal “esperanza” es la que ahora alimenta este primer domingo de Adviento. “Dios hará nacer –afirma Jeremías- del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra”. Entonces dirán “el Señor es nuestra justicia”. Lo mismo que se anuncia en el Evangelio: el Hijo del Hombre vendrá “con gran poder y majestad”. E incluso parece decirnos que cuando las cosas estén realmente mal, cuando se acerca lo más profundo de la noche, es cuando el día ya va a despuntar; es cuando “se acerca la hora de la liberación”.
Adviento, pues, implica una actitud radical de apertura al misterio, de confianza absoluta en Dios; de recrear de nuevo la “esperanza” en que de arriba nos viene la salvación; es una invitación radical a vivir la vida como “don” y no como “tarea”, aunque ésta también esté presente.
Cultivemos esta actitud, como la mejor manera de prepararnos para la Navidad.


domingo, 11 de octubre de 2015

CON JESÚS EN MEDIO DE LA CRISIS; José Antonio Pagola; 11 de octubre de 2015

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer, tiene prisa para resolver su problema: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tiene resuelto.
Jesús lo pone ante la Ley de Moisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: "Todo eso lo he cumplido desde pequeño".
Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres... y luego sígueme".
El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados, podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.
El joven se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.
La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.
Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿Qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos?. ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?
Son preguntas que nos hemos de hacer en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.


Una propuesta pastoral para el Sínodo; José M. Castillo, teólogo; Oct 03 2015

Cuando faltan solo unas horas para el comienzo del Sínodo de la Familia, crecen y suben de tono, en la Iglesia, las voces de alarma que hablan de “cisma blanco”, “cisma rojo” (Jorge Costadoat). O de quienes, como es el caso del cardenal Kasper, llegan a insinuar que estamos entrando en un “cisma práctico”, o sea (si me he enterado bien) un cisma que nadie formula en teoría, pero que en la práctica diaria de la vida funciona dividiendo a los católicos y fracturando a la Iglesia.
Por eso, ahora más que nunca, es el momento de preguntarse: ¿qué puede hacer el papa en este asunto, tal como están las cosas?
Como es lógico, habrá que esperar a ver cómo se desarrolla el Sínodo y, sobre todo, tendremos que saber lo que, después del Sínodo, dice y decide el papa. Pero es precisamente para eso, para indicar lo que, según mi modesta opinión, considero que es lo más acertado que el papa podría – y quizá tendría que – hacer en la situación que estamos viviendo en la Iglesia ahora mismo. Por eso me atrevo a presentar la propuesta siguiente.
Ante todo, considero que es fundamental tener muy claro que, en el tema de la familia, no estamos ante una cuestión de Fe. Por la sencilla razón de que, si pensamos y hablamos de la familia desde la Fe dogmática, que profesa la Iglesia, no existe definición dogmática alguna, en el Magisterio de la Iglesia, sobre este asunto. Y si alguien encuentra un documento magisterial definitorio sobre el modelo de familia o incluso sobre la indisolubilidad del matrimonio, que lo diga. Más aún, los textos bíblicos de Mt 19, 1-9 y Mc 10, 1-12, ampliamente estudiados y discutidos por la exégesis mejor documentada, han demostrado sobradamente que no se refieren a la problemática actual sobre si el matrimonio es o no es indisoluble.
En esos textos, Jesús se opone al derecho unilateral que, según Deut 24, 1, tenía el hombre para repudiar a la mujer, sobre todo si hacía tal cosa “por cualquier causa” (Mt 19, 3). Lo que indica claramente que Jesús no se refiere a la indisolubilidad del matrimonio, sino al derecho unilateral del hombre frente a la mujer que, según la ley de Moisés, carecía de ese derecho. Una desprotección de la mujer, que se agravaba por causa de las enseñanzas de la escuela de Hillel, que llegaba a permitir el repudio de la esposa ”por cualquier motivo” (Mt 19, 3).
Por otra parte, el hecho de que, durante siglos, se hayan mantenido, entre los cristianos, unas práctica y unas costumbres determinadas sobre esta cuestión, no es (ni puede ser) un argumento determinante para obligar al papa a mantener, de forma irrevocable, unos determinados usos o prácticas por más inamovibles que se consideren esas prácticas y esas costumbres.
Y por más respetables que sean las personas que pretenden mantener un determinado modelo de familia. Quienes afirman que la Iglesia no puede en ningún caso admitir el divorcio, demuestran una ignorancia incomprensible, ya que, al decir eso, desconocen que la Iglesia, durante siglos, admitió el divorcio en determinados casos. Por ejemplo, en la respuesta que el papa Gregorio II, en el año 726, envió al obispo san Bonifacio (PL 89, 525). Lo mismo que en la respuesta del papa Inocencio I a Probo (PL 20, 602-603). Doctrina que quedó recogida en el Decreto de Graciano, en el siglo XI (R. Metz – J. Schlick, “Matrimonio y divorcio”, Salamanca 1974, 102-103; M. Sotomayor, “Tradición de la Iglesia con respecto al divorcio. Notas históricas”: Proyección 28 (1981) 55).
Estando así las cosas, lo más razonable, que se puede sugerir en este momento, es que el papa debe sentirse libre para tomar una decisión pastoral, que ayude a la Iglesia entera y en su conjunto a ir madurando la doctrina teológica a seguir. Y, sobre todo, la práctica pastoral que se debe adoptar, al menos mientras las cosas no se vean con más claridad y precisión.
Esto supuesto, y dada la confrontación que de hecho existe en la Iglesia sobre este problema, parece lo más razonable sugerir al papa que – de momento, al menos – lo mejor sería dejar, a los pastores y a los fieles en la Iglesia, en la libertad de proceder según la propia conciencia. De forma que nadie se sienta, ni se pueda sentir, con el derecho y el deber de imponer su propio punto de vista, en un asunto sobre el que no existe ni una enseñanza bíblica, ni una doctrina magisterial que lo pueda imponer desde la Fe. Como tampoco existe, en la historia de la Iglesia, una enseñanza o una práctica uniforme, clara y firme en cuanto se refiere a la defensa de la indisolubilidad del matrimonio, como ahora pretenden imponer algunos obispos y otras dignidades eclesiásticas.
Estamos, pues, ante un asunto sobre el que sabemos que existe un notable pluralismo entre los creyentes en Jesucristo, de forma que, existiendo tal pluralismo, ni el papa podría tomar la decisión de pronunciar una definición dogmática sobre un tema en el que la “Fe de la Iglesia” no es uniforme ni posee las condiciones necesarias para el pronunciamiento de una definición dogmática, como quedó dicho en la definición de la infalibilidad pontificia del concilio Vaticano I (DH 3074) y en la precisión que, sobre este punto capital, hizo el Vaticano II (LG n. 25).


Nace "Pro Francisco", una campaña mundial para apoyar al Papa y a sus reformas; 2 de octubre de 2015.

Una propuesta "plural y pluralista" en la que "caben todas las sensibilidades y posiciones ideológicas"
El eje progresistas-conservadores no responde a lo que busca Francisco. Porque unos y otros (progresistas y conservadores) queremos y buscamos, junto al Papa, una Iglesia cada vez más evangélica
A pocas horas de que arranque la segunda -y definitiva- fase del Sínodo de Obispos sobre la Familia, surge la web "Pro Francisco". Una iniciativa a través de la red que busca, según sus convocantes, "aglutinar a personas, asociaciones, medios de comunicación, colectivos e instituciones del ámbito hispano" con dos claros objetivos: "apoyar al Papa Francisco y visibilizar dicho apoyo en una plataforma digital propositiva y plural. Una iniciativa para sumar".
La web, que nace con un carácter abierto, ha sido promovida en sus inicios por Religión Digital, la Revista Encrucillada, Atrio.org y Amerindia (uno de los principales portales web de Latinoamérica), así como Mensajeros de la Paz, y que en los próximos días contará con nuevos apoyos. Una campaña de apoyo al Papa que "no va contra nadie, ni siquiera contra los que están descontentos o descolocados con el Papa Bergoglio".
"Queremos aglutinar, en una iniciativa absolutamente plural y pluralista, a todas las personas de buena voluntad, que ven en el Papa Francisco un revulsivo humano-divino y divino-humano", asegura la web, que reconoce que "aquí caben creyentes de todas las sensibilidades y posiciones ideológicas", pues "el eje izquierda-derecha se ha quedado viejo. El eje progresistas-conservadores no responde a lo que busca Francisco. Porque unos y otros (progresistas y conservadores) queremos y buscamos, junto al Papa, una Iglesia cada vez más evangélica".
La mecánica de la adhesión es muy fácil. Consiste en rellenar un pequeño formulario, haciendo público y explícito el apoyo al Papa Francisco. A su vez, se han habilitado una página en Facebook, un perfil en Twitter, una página de imágenes en Flickr y un canal en Youtube. De hecho, el objetivo es que todos aquellos que quieran apoyar al Papa puedan hacerlo enviado tweets, imágenes, vídeos, dibujos, pensamientos o artículos, que se irán recogiendo en la plataforma.
La iniciativa irá contando, progresivamente, con las aportaciones de expertos, miembros de la jerarquía o simples fieles de a pie. "Queremos acompañar y "repicar" en todos los ambientes en los que nos movemos la frescura y la riqueza de este pontificado de la misericordia", asumen sus organizadores.
"Se trata de que nos subamos a la oleada de ilusión que, de la mano de Francisco, recorre la Iglesia e, incluso, el mundo. Remar con el Papa. Ayudarle, para que la barca de Pedro se dirija, decidida y alentada por el Espíritu, por la fuerza del Concilio y por el proceso sinodal y colegial, hacia una reforma profunda de la Iglesia y de sus relaciones con el mundo.
"Estamos dispuestos a "hacer lío" y "andar adelante", como nos pide continuamente el Papa Francisco. Estamos preparados para apoyarlo y seguirlo por el camino del 'aggiornamento' eclesial. Por la senda de la conversión, que nace en los corazones y se contagia a personas e instituciones, para transformar el mundo y luchar por el Reino", se puede leer en ProPapaFrancisco.com


José A. Pagola, ante el Sínodo: "El Papa Francisco, amigo de pecadores"; 1 de octubre de 2015.

El sufrimiento de la gente penetra hasta el fondo de su ser"; "Francisco, como Jesús, rompe el círculo diabólico de la discriminación".
La misericordia no es una ley más. Es la gran herencia de Jesús. ¿No ha llegado el momento de revisar la disciplina eclesiástica y el contenido del Derecho Canónico, tan ajeno a veces al espíritu de Jesús?
En la mesa de Francisco caben los impuros.
Las tradiciones evangélicas subrayan una y otra vez que la actuación de Jesús está siempre inspirada, motivada e impulsada por la misericordia hacia todo ser humano. Es la misericordia lo que explica y define su manera de ser y de actuar. El verbo que emplean de ordinario los evangelistas (splanchnizomai) sugiere que el sufrimiento de las gentes conmueve sus entrañas, penetra hasta el fondo de su ser y se convierte en su principio de acción.
Lo importante es captar que esta misericordia no es un sentimiento más, sino la reacción básica de Jesús que dirige y configura toda su actuación. No viene motivada por interés alguno. Es amor gratuito que brota en Jesús desde el misterio insondable de Dios. Desde esta misericordia se entiende toda su acción salvadora.
Los evangelios destacan de manera especial la dedicación de Jesús a curar la vida enferma de las gentes erradicando o aliviando su sufrimiento. Nada ni nadie podrá detener su libertad para actuar con misericordia, ni siquiera la ley sagrada del descanso sabático: "El precepto del sábado ha sido instituido para el ser humano y no el ser humano para el sábado" (Marcos 2, 27).
Además, los evangelios destacan la actuación escandalosa de Jesús ofreciendo el perdón de Dios de manera gratuita a los "pecadores". Nada ni nadie podrá detenerle, ni el rechazo ni los insultos. Jesús explicará así su actuación: "No necesitan de médico los sanos sino los que están mal, no he venido a llamar a justos sino a pecadores" (Marcos 2,15).
Lo que resultaba especialmente escandaloso era su costumbre de sentarse a la mesa con pecadores y gentes que, por diversas razones, los sectores más observantes consideraban excluidos de la Alianza y, por tanto, apartados de la convivencia (banquetes, bodas, sábado...). Jesús se acerca a comer con ellos, no como un maestro de la ley, preocupado de examinar su vida moral, sino como profeta de la misericordia que les ofrece su amistad y comunión.
El significado profundo de estas comidas con pecadores consiste en que Jesús crea comunidad con ellos ante Dios. Comparte el mismo pan y el mismo vino; pronuncia con ellos la "bendición a Dios" y celebra anticipadamente el banquete final que el Padre está ya preparando para sus hijos e hijas. Su gesto de misericordia les anuncia la Buena Noticia de Dios: "Esta discriminación que estáis sufriendo no refleja el misterio último de Dios. También para vosotros el Padre es misericordia y perdón".
La mesa de Jesús es una mesa abierta para todos. No es la "mesa santa" de los fariseos, ni la "mesa pura" de los miembros de la comunidad de Qumrán. Es la mesa acogedora de Dios. Con su actuación misericordiosa, Jesús no justifica la corrupción de los publicanos ni la vida de las prostitutas. Sencillamente, rompe el círculo diabólico de la discriminación y abre un espacio nuevo donde todos son acogidos e invitados al encuentro con el Padre de la misericordia. Jesús pone a todos, justos y pecadores, ante el misterio insondable del perdón de Dios. Para él, ya no hay justos con derechos y pecadores sin derechos. A todos se les ofrece la misericordia. Solo quedan excluidos los que no la acogen.
La Iglesia lleva muchos siglos sin escuchar en toda su radicalidad la llamada de Jesús: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lucas 6,36). Jesús no tiene nada mejor que ofrecer a sus seguidores, como motivación e impulso de la misericordia, que a su Padre Bueno: "Reproducid en la tierra la misericordia de vuestro Padre del cielo". La misericordia no es una ley más. Es la gran herencia de Jesús. Por eso, todo aquello que impide, oscurece o dificulta captar el misterio de Dios como misericordia, perdón o alivio del sufrimiento, ha de desaparecer de su Iglesia pues no encierra la Buena Noticia de Dios proclamada por Jesús.
Sus seguidores hemos de trabajar hoy para que su Iglesia sea, cada vez más, un espacio sensible y comprometido ante todas las heridas físicas, morales y espirituales de los hombres y mujeres de hoy. ¿No ha llegado el momento de revisar la disciplina eclesiástica y el contenido del Derecho Canónico (sanciones, castigos de los delitos, penas, procesos, tribunales...), tan ajeno a veces al espíritu de Jesús y tan condicionado por doctrinas inspiradas en el derecho romano más que en el Evangelio?
En este contexto, no es un hecho de importancia menor la decisión que se tome en el próximo Sínodo sobre el acceso o no a la comunión sacramental, de los matrimonios en situación irregular (divorciados vueltos a casar). Será signo de que la Iglesia se decide a seguir a Jesús por los caminos de la misericordia, o que todavía no se siente con fuerzas para liberarse de ataduras que le están impidiendo anunciar con la audacia y radicalidad de Jesús la misericordia de Dios hacia todo ser humano.
Los sectores fariseos, al ver que Jesús admitía a todos a su propia mesa, lo acusaron de "amigo de pecadores". Jesús nunca se defendió de esta acusación ni la desmintió pues era cierto que se sentía su amigo. Es triste observar cómo, después de veinte siglos, toman fuerza en la Iglesia algunas corrientes de resistencia al papa Francisco, en cuyo trasfondo parece que subyace la misma preocupación pues, en definitiva, le están pidiendo que no caiga en la tentación de ser tan amigo de pecadores. No logro entender su escándalo. ¿A quién excluiría hoy Jesús de la comunión eucarística? Cuanto más contemplo al profeta de la misericordia y trato de interiorizar su Espíritu, más me reafirmo en la convicción de que solo la misericordia puede hacer a la Iglesia de hoy más humana y más creíble. Francisco, ¡Que Dios te bendiga!