domingo, 17 de febrero de 2019

6° Domingo Ordinario; Feb. 17 del 2019; Felicidad, J. A. Pagola.

Uno puede leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía.
Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué? ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.
La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada “sociedad dual”. Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica.
De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.
La parábola del hombre rico “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día” y del pobre Lázaro que buscaba, sin conseguirlo, saciar su estómago de lo que tiraban de la mesa del rico, es una cruda realidad en la sociedad dual.
Entre nosotros existen esos “mecanismos económicos, financieros y sociales” denunciados por Juan Pablo II, “los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”.
Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la “Sollicitudo rei socialis”, tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.
Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.
En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios.
Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios, que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.
Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos.


6° Domingo Tiempo Ordinario; Feb. 17 del 2019; FFF


Jeremías 175-8; Salmo 1; 1ª Corintios 1512. 16-20; Lucas 617. 20-26

Jesús ha comenzado su vida pública por anunciar la proximidad del Reino y reforzar su predicación con esos “signos” o “milagros” con los que ha ido atrayendo a los pobres y marginados del sistema tanto civil como religioso. “Conviértanse –nos dice- porque el Reino de los Cielos está cerca”. Pero, ¿qué es el Reino? ¿Cuál es su proyecto? ¿Para qué quiere que sus escuchas se conviertan?
El Evangelio de este domingo nos despliega delante de nuestros ojos cuál es el proyecto que constituye el Reino y qué busca para sus oyentes, para sus seguidores. De alguna manera se puede decir que este pasaje de las Bienaventuranzas es el manifiesto que delinea los rasgos fundamentales de su proyecto social, religioso y político.
En unas cuantas frases despliega ante sus oyentes las claves de lo que constituye esa nueva forma de vida que Él ofrece a los que quieran entrar al Reino. La primera afirmación es que el centro de esa nueva comunidad lo constituyen los pobres, los marginados, los que sufren, los que lloran, los que por luchar por este proyecto serán perseguidos y calumniados. Este es el primer rasgo fundamental de su mensaje. Los pobres, en el Reino, no seguirán siendo los últimos, como en esta sociedad en la que ellos no caben y son excluidos del deseo del Padre que quiere que sus hijos sean dichosos, que participen del banquete, que siempre tengan un lugar.
Realmente lo que Jesús pretende es transformar la estructura socio-política que está matando a los hijos del Padre, a fin de crear las condiciones necesarias que permitan a la comunidad de hermanos y hermanas, disfrutar de los dones de la creación. El pobre que acepte la invitación de Jesús tendrá por recompensa el Reino; será saciado; no volverá a tener hambre; reirá ampliamente, como señal de la alegría que tendrá.
Aunque no sólo se trata de entrar a disfrutar la riqueza del Reino; hay que luchar por ella y “por la causa del Hijo del Hombre”, como segundo rasgo. El Reino no se dará sólo como un milagro que hay que recibir. El milagro comienza por la invitación que hace Jesús; por la forma como ahora los pobres y excluidos son invitados a salir de la marginación en la que se encuentran para entrar en un espacio en el que su vida y dignidad serán reconocidos; pero eso implica lucha. Ya lo dirá Jesús más delante: “El reino de los cielos sufre violencia y sólo los esforzados lo conquistan”. La invitación y el proyecto de Jesús ahí están; ahora hay que dar el siguiente paso: esforzarse por entrar y eso implicará –como bien lo profetiza Jesús- persecución y muerte. Pero incluso en esa realidad dolorosa de lucha y persecución, serán dichosos; tendrán que alegrarse, saltar “de gozo, porque su recompensa será grande en el Cielo”.
El Reino, por consiguiente, es para Jesús esa organización histórica, social, diferente, en la que los pobres serán la piedra angular; y el espacio de relación y convivencia será totalmente distinto que la sociedad dominadora y excluyente en la que viven y en el que podrán encontrarse con ese Dios Padre “que hace llover sobre buenos y malos”. Por eso también Jesús se va a la contraparte, como tercer rasgo; es decir, a las raíces que han impedido la posibilidad de este Reino de hermanos y hermanas, que es la acumulación que lleva a la riqueza: la concentración de los bienes de Dios en unas cuantas manos a costa de la miseria de la mayoría de la población.
La advertencia es clara y contundente, porque hay que sacudir las conciencias y hacer entender que el camino de la dominación, de la riqueza, de la exclusión, sólo llevará a la destrucción de la propia vida. “¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrá hambre! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”.
De esta forma la invitación del Reino es para todos y cada uno tendrá que ver cómo entra, dónde se ubica: si entre los pobres y excluidos o entre los que han ocasionado esa marginación para los hijos e hijas de Dios. Y cada uno tendrá que dar su propia respuesta, pero no quedarse fuera del Reino.
Finalmente, y desde esta luz, se entiende cómo esas predicaciones de las bienaventuranzas que las convertido en “obras de caridad o misericordia”, nada tiene que ver con la propuesta de Jesús y con la fuerza del Reino. Jesús está invitando a una transformación radical de las estructuras sociales, y no a “hacer caridades”, a hacer obras de “misericordia”, sin cambiar históricamente ni el corazón ni las estructuras socio-económicas y políticas que han provocado la frustración del deseo del Padre.


domingo, 10 de febrero de 2019

5° Dom. Ord; Feb. 10 del 2019; LA FUERZA DEL EVANGELIO; J. A Pagola

10 de febrero de 2019
El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.
El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios. No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.
No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.
También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la Palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.
En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de manera imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años. No hemos de engañarnos.
Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.
Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos "haciendo cosas" desde un Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?
¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo?. Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas, sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas se encuentran con testigos que irradian el fuego de Jesús.

J

5° Dom. Tpo Ord, Feb. 10, 2019: FFF


Isaías 61-2. 3-8; Salmo 137; 1ª Corintios 151-11; Lucas 51-11

Las lecturas de este 5° domingo del tiempo ordinario muestran una similitud interesante que toca elementos fundamentales de nuestra concepción cristiana.
La primera lectura del Profeta Isaías nos refiere la propia vocación del Profeta; San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios nos refiere cómo también él fue tocado por Jesucristo en una visión que lo tiró al suelo y lo transformó en apóstol; y el Evangelio nos narra de manera semejante la vocación de Pedro, el llamado que Jesús le hizo después de una de las pescas milagrosas. Veamos, pues, cuál es el hilo conductor que construye uno de los mensajes poderosos de la liturgia de este domingo.
El primero es la contraposición entre Yahvé, el Dios de los hebreos, y el Abba, el Dios de Jesús. De raíz son los mismos; no es que se trata de 2 dioses; pero sí de 2 percepciones o experiencias distintas de la divinidad, con algunos rasgos diferentes.
Para los judíos, encontrarse cara a cara con Dios, significaba la muerte; sólo los profetas o sacerdotes podían tener interlocución con la divinidad; los demás no. Yahvé era el totalmente Otro, el Dios del trueno, del poder, de la destrucción; sólo asequible para los elegidos.
Para Jesús, en el evangelio, el Dios del Antiguo Testamento se experimenta como Padre, como Abba. Bajo ciertos aspectos, totalmente distinto; no del todo, pero sí en cuanto a la relación con su pueblo. El Abba de Jesús se preocupa por sus hijos; no es el Dios del temor, sino el del amor. Invita a que se le pida lo que sus hijos necesitan, con absoluta confianza; es el Dios de bondad infinita que hace salir el sol sobre buenos y malos; que no representa una amenaza de condenación o castigo, sino de perdón y amor. Al Dios de Jesús se le puede acercar uno con toda confianza, pues “quien ve a Jesús ve a al Padre”; y en Jesús Dios acoge a todos con bondad y comprensión inconmensurables. Se acabó el Dios del “terrible” y apareció “el Padre de todos”.
El segundo rasgo alude a los “mediadores” o a la “mediación” entre Dios y los hombres.
Yahvé se hace presente sólo a través de los serafines; ellos son los intermediarios, no sin dejar de manifestar el poder divino, pues el “clamor de sus voces” hacía temblar las puertas “y el templo se llenaba de humo”.
En el Nuevo Testamento, Jesús –un hombre como cualquier otro, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado, como dice San Pablo- es justo la palabra viva de Dios; es la encarnación del verbo; es su presencia amorosa que retira absolutamente las manifestaciones “terríficas” ante su presencia. La Palabra de Dios hecha carne es ahora la presencia de Dios mismo en el niño de Belén, el hijo de María y José, el carpintero que recibe la misión de anunciar a todos el año de gracia de Dios, de llevar la buena nueva a los pobres, de liberar a los cautivos… Como dice San Juan en una de sus cartas, “en el amor no hay temor”. Podemos decir que ahora es Dios mismo el que recorre nuestros caminos polvorosos en Jesús, para mostrarnos el rostro paterno/materno de Dios. Cualquiera se puede acercar a Jesús sin ningún temor: Él “es el camino, la verdad y la vida”; es la presencia amorosa del Padre en nuestra historia.
El tercer rasgo alude al perdón.
Isaías, sorprendentemente, recupera una de las tradiciones más hermosas del Dios de los hebreos, de Yahvé. En medio de su gran distancia con los humanos, sin embargo, ahí está también su capacidad de perdonar. Isaías se confiesa como pecador: “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros…” Sin embargo, Yahvé envía a un Serafín con un tizón en la mano para que toque los labios de Isaías, y quede así purificado.
En Jesús, la oferta de perdón y reconciliación está reflejada maravillosamente en la parábola del Hijo pródigo, paradigma de todo el evangelio.
Así, pues, tanto Yahvé como el Padre de Nuestro señor Jesucristo lo que buscan es la salvación de sus hijos, no su condenación.
El cuarto y último rasgo es la Misión.
            El perdón que ofrece tanto Yahvé como el Padre sólo son para liberar a sus hijos del pecado, dado que representa una atadura para la propia vida, una carga que estorba para caminar ligeramente y anunciar “el año de gracia del Señor”, como lo proclamarán tanto Isaías como Jesús.
            Isaías es purificado con un carbón encendido que toca su boca y Pedro es perdonado por Jesús al invitarlo a ser pescador de hombres.
            En este sentido, el perdón es simultáneo al envío: si Dios nos perdona es porque nos quiere libres para asumir su Misión e ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio de Jesús, como lo dice Pablo en su carta a los Corintios. También Pablo fue perdonado por Jesús, y en el perdón recibió el envío.
Éste es el sentido de nuestras vidas: agradecer infinitamente la presencia de un Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en quien no hay temor sino sólo amor, que caminó por nuestras vidas y nos hizo partícipes de su misión, para anunciar el “Evangelio de Jesucristo”, fuente de vida y reconciliación para toda la humanidad. Todos somos, pues, “pecadores y sin embargo llamados” a anunciar la palabra del Hijo de Dios.









domingo, 27 de enero de 2019

3er Dom. ordinario; Enero 27 del 2019; J. E. Pagola

EN LA MISMA DIRECCIÓN

Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, cierra el libro, lo devuelve y se sienta. Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús pues exponen la tarea a la que se siente  enviado por Dios.
Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor ». Al terminar, les dice: «Hoy se cumple esta Escritura  que acabáis de oír».  
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres, orientando toda su vida hacia los más necesitados, oprimidos y humillados. En esta dirección hemos de trabajar sus seguidores. Ésta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. Los últimos han de ser los primeros en conocer esa vida más digna, liberada y dichosa que Dios quiere ya desde ahora para todos sus hijos e hijas.
No lo hemos de olvidar. La "opción por los pobres" no es un invento de unos teólogos del siglo veinte, ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios que anima la vida entera de Jesús, y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Lo decía Pablo VI: es un deber de la Iglesia "ayudar a que nazca la liberación...y hacer que sea total".

No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y  proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué evangelio estamos predicando? ¿A qué Jesús estamos siguiendo? ¿Qué espiritualidad estamos promoviendo?. Dicho de manera clara: ¿qué impresión tenemos en la iglesia actual? ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús?

3er Dom. Ordinario; Enero 27 '19; Homilía FFF


Nehemías 82-4. 5-6. 8-10; Salmo 18; 1ª Corintios 1212-30; Lucas 11-4; 414-21

Las 3 lecturas que hoy nos presenta la liturgia, son de gran trascendencia.
Lucas nos presenta a Jesús movido por el Espíritu que lo conduce a su pueblo, Nazaret, y en él, a la Sinagoga, donde leerá un trozo del Profeta Isaías. Un trozo que Jesús asume como propio diciendo que esa profecía de Isaías, en Él se estaba cumpliendo en ese momento. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.
Desde su bautismo, Jesús ha sido guiado por el Espíritu de Dios y Éste será quien lo conduzca en la Misión que está comenzando. Y aquí tenemos ya una gran enseñanza: el Espíritu no está para “signos extravagantes”, sino para ayudarle a Jesús a descubrir su Misión; una Misión que muestra el Corazón de Dios que no tolera el sufrimiento de sus hijos. El Hijo es enviado no para hacer signos maravillosos, para atraer la atención del pueblo judío mediante acciones que pudieran asemejarse más a actos de circo que a deseos del Padre; sino para aliviar el dolor y el sufrimiento de los que más sufren: los pobres, los ciegos, los encarcelados, los oprimidos; y mediante eso mostrar que ha comenzado el “año de gracia del Señor”, un “año de gracia” totalmente diferente a los de la tradición judía. Jesús llevará a sus oyentes a Dios como Padre, en la medida en que ellos se sientan curados y aliviados de tanto sufrimiento y exclusión en la que han vivido. La gente creerá en Dios, cuando sientan su amor y su predilección; cuando lo experimenten de su lado, aliviando su sufrimiento. Y esto es justo lo que en Jesús se da; en Él está comenzando el año de gracia: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la escritura que acaban de oír”.
San Pablo, por su parte, recoge ya la experiencia de este año de gracia que se cumplió en Jesús: ya nadie puede sentirse fuera del Proyecto del Reino: todos los creyentes formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es Cristo; nadie puede sentirse marginado ni de menor valía. Para el proyecto del Reino, todos somos imprescindibles, necesarios, aunque con diversas funciones, mismas que son las que enriquecen el cuerpo y se convierten en diversos instrumentos para seguir construyendo el Reino. No importa si uno es profeta, apóstol, maestro; o si tiene capacidad para curar, interpretar espíritus, hablar lenguas… Cada uno, dentro del Cuerpo de Cristo que somos esta comunidad de creyentes, es importante, pues tiene una función: nadie puede hacer todo; y en esa función, está el Espíritu actuando y manifestando el regalo que Dios le ha dado a cada uno de sus hijos. Construir el Reino, entonces, es responsabilidad de todos y de cada uno; las acciones no están desvinculadas, pues todas están aportando para el mismo fin, desde sus propios dones.
El símil del “cuerpo de Cristo” que es la Iglesia, nos hace a todos necesarios. Así es como Pablo nos dice: “Los miembros son muchos, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decirle a la mano: <no te necesito>; ni la cabeza, a los pies: <Ustedes no me hacen falta>”. La misión de Jesús, de llevar el “año de gracia” a todos los rincones de la tierra, necesita del aporte de cada uno, desde sus carismas particulares; es decir, desde aquellos dones que el Espíritu nos ha regalado para ponerlos al servicio de la Comunidad.
Además –señala Pablo- Cristo dio “más honor a los miembros que carecían de él, para que no haya división en el cuerpo y para que cada miembro se preocupe de los demás. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; y cuando recibe honores, todos se alegran con él”. La propuesta, entonces, del Reino cumple la profecía de Isaías que asumió Jesús como su propia misión: haciendo esto, el sufrimiento de los hijos de Dios irá disminuyéndose. Y realizando esto, el “deseo” de Dios, su salvación, se estará cumpliendo: Él no quiere el sufrimiento de sus hijos. Jesús no viene a ofrecer un Cielo, sino una vida sin sufrimiento para los hijos del Padre. Esto es justo la novedad impactante que rompe todos los esquemas de la religión judía.
Finalmente, el libro de Nehemías, ante la lectura del Libro de la Ley, es decir, ante la escucha de sus palabras, Nehemías invita a todos a comer y a beber; a mandar algo a los que no tienen; a no estar tristes, “porque celebrar al Señor es nuestra fuerza”.
Celebrar al Señor, escuchar las palabras de Jesus, ser un cuerpo cuya cabeza sea Cristo, disminuir el dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos, ha de ser nuestra verdadera alegría. “Yo he venido –dice Jesús en el evangelio de Juan- a que tengan vida y la tengan en abundancia”.
Hagamos que “hoy” se cumpla la Escritura, poniendo nuestros carismas al servicio de los que más sufren. Nuestro tiempo nos urge a transformar profundamente la realidad; el Espíritu del Señor va con nosotros; Él es quien nos ayuda a realizar compromisos serios en beneficio de los pobres. Entonces, habrá llegado la salvación de Jesús a nuestra historia.







domingo, 20 de enero de 2019

2° Dom. Ord.; Enero 20 '19; UN GESTO POCO RELIGIOSO; J. A. Pagola

"Había una boda en Galilea". Así comienza este relato en el que se nos dice algo inesperado y sorprendente. La primera intervención pública de Jesús, el Enviado de Dios, no tiene nada de religioso. No acontece en un lugar sagrado. Jesús inaugura su actividad profética "salvando" una fiesta de bodas que podía haber terminado muy mal.
En aquellas aldeas pobres de Galilea, la fiesta de las bodas era la más apreciada por todos. Durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas festivas y cantando canciones de amor.
El evangelio de Juan nos dice que fue en medio de una de estas bodas donde Jesús hizo su "primer signo", el signo que nos ofrece la clave para entender toda su actuación y el sentido profundo de su misión salvadora.
El evangelista Juan no habla de "milagros". A los gestos sorprendentes que realiza Jesús los llama siempre "signos". No quiere que sus lectores se queden en lo que puede haber de prodigioso en su actuación. Nos invita a que descubramos su significado más profundo. Para ello nos ofrece algunas pistas de carácter simbólico. Veamos solo una.
La madre de Jesús, atenta a los detalles de la fiesta, se da cuente de que "no les queda vino" y se lo indica a su hijo. Tal vez los novios, de condición humilde, se han visto desbordados por los invitados. María está preocupada. La fiesta está en peligro. ¿Cómo puede terminar una boda sin vino? Ella confía en Jesús.
Entre los campesinos de Galilea el vino era un símbolo muy apreciado de la alegría y del amor. Lo sabían todos. Si en la vida falta la alegría y falta el amor, ¿en qué puede terminar la convivencia? María no se equivoca. Jesús interviene para salvar la fiesta proporcionando vino abundante y de excelente calidad.
Este gesto de Jesús nos ayuda a captar la orientación de su vida entera y el contenido fundamental de su proyecto del reino de Dios. Mientras los dirigentes religiosos y los maestros de la Ley se preocupan de la religión, Jesús se dedica a hacer más humana y llevadera la vida de la gente.

Los evangelios presentan a Jesús concentrado, no en la religión sino en la vida. No es solo para personas religiosas y piadosas. Es también para quienes viven decepcionados por la religión, pero sienten necesidad de vivir de manera más digna y dichosa. ¿Por qué? Porque Jesús contagia fe en un Dios en el que se puede confiar y con el que se puede vivir con alegría, y porque atrae hacia una vida más generosa, movida por un amor solidario.