domingo, 29 de noviembre de 2015

1er Domingo de Adviento; Noviembre 29 del 2015

Jeremías 3314-16; Salmo 24; 1ª Tesalonicences 312-42; Lucas 2125-28. 34-36

Comenzamos el tiempo de adviento; tiempo de esperanza, de espera, de ilusión, de alegría; pero, ciertamente, enmarcado en la realidad histórica y concreta en la que vivimos. No podemos soltar las campanas al vuelo y cegarnos ante lo que pasa a nuestro alrededor. Es la postura que tienen tanto Jeremías en la Primera Lectura, como Lucas en el Evangelio.
La esperanza la ubican justo en medio de las crisis sociales que vivía el pueblo de Israel o de la lucha que tendrá que darse para que llegue el Hijo del Hombre a instaurar la paz y la esperanza en el mundo por el que dio la vida. En realidad lo que nos están diciendo es que, nos guste o no nos guste, siempre estarán mezclados lo bueno y lo malo, la esperanza y el fracaso. Jesús lo decía ya en sus parábolas: siempre habrá trigo y cizaña.
Y ese es el reto más difícil que nos pone este “tiempo de espera” de lo que ha de venir, del “Adviento”. Es muy fácil vivir la esperanza cuando todo son resultados y éxitos; cuando en la vida siempre nos va bien, cuando se nos dan las cosas. Pero cuando los problemas se nos cruzan en el camino, como puede ser pérdida del empleo, quiebras económicas, problemas con los hijos, enfermedades, muertes, etc., etc., entonces esa actitud de fondo a la que nos invita este tiempo litúrgico, se nos esfuma, y aparece una actitud negativa de rechazo, frustración, coraje, porque las cosas no salen como queremos; o, como muchas veces lo vivimos, porque pensamos que siempre nos tiene que ir bien; que la vida nos debe la felicidad siempre y en todo momento. Partimos de una falsa hipótesis de que “nos merecemos” que todo vaya bien en nuestras vidas; que alguien –puede ser Dios, la sociedad, los demás, etc.- nos tienen que ofrecer el camino del éxito.
Pero como bien lo señalan ambas lecturas, nuestro mundo no es de blancos o negros, sino de “claroscuros”; y para esta realidad es para la que debemos estar preparados, con un fundamento inconmovible de esperanza. San Ignacio, en sus Ejercicios lo señala: debemos tener paz, aun cuando perdamos la riqueza, la salud, la buena fama o incluso la vida.
Pero esto no se consigue nada más con voluntarismo. La Escritura nos señala constantemente que debemos estar preparados con las lámparas encendidas, con el aceite suficiente, rebosantes de amor mutuo –como señala San Pablo- y de amor “hacia todos los demás”. “Vivan como conviene” –nos dice-. Y Jesús invita a “estar alertas, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan la mente” y cuando llegue la crisis no “nos sorprenda desprevenidos”. Y para ello nos invita a “velar y orar”, a fin de que cuando las realidades oscuras de la vida aparezcan, no nos quiten ni la paz ni la esperanza.
Ahora bien, ¿quién puede soportar las grandes crisis de la vida sin perder la paz? ¿Quién puede tener esperanza después de los fracasos, de las enfermedades, de la muerte? La respuesta del Evangelio es: el que está abierto al don de Dios, a su gracia; quien mira la vida como un regalo; quien se deja tomar por las manos del Padre; quien vive la vida desde la gratuidad y no desde la tarea y el esfuerzo. No nos ganamos ni la vida, ni la salvación, ni la salud…; todo es gracia; todo es regalo de Dios. Por eso la fe está implicada en esta actitud; por eso se nos pide orar y velar; amar a los demás; confiar, experimentar la bondad y amor de Dios mismo.
En la vida tenemos muchas tareas que realizar, y por eso esperamos que las cosas nos salgan bien. La “espera” es lo concreto, muchas veces fruto de nuestro propio esfuerzo. Pero la “esperanza” es otra cosa. Ésta es una dimensión teologal; es la actitud básica del cristiano que está abierto a la trascendencia; que ha experimentado a Dios; que sabe que lo acompaña, como el Buen Pastor, por valles y cañadas; de día o de noche; en las buenas o en las malas.
Tal “esperanza” es la que ahora alimenta este primer domingo de Adviento. “Dios hará nacer –afirma Jeremías- del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra”. Entonces dirán “el Señor es nuestra justicia”. Lo mismo que se anuncia en el Evangelio: el Hijo del Hombre vendrá “con gran poder y majestad”. E incluso parece decirnos que cuando las cosas estén realmente mal, cuando se acerca lo más profundo de la noche, es cuando el día ya va a despuntar; es cuando “se acerca la hora de la liberación”.
Adviento, pues, implica una actitud radical de apertura al misterio, de confianza absoluta en Dios; de recrear de nuevo la “esperanza” en que de arriba nos viene la salvación; es una invitación radical a vivir la vida como “don” y no como “tarea”, aunque ésta también esté presente.
Cultivemos esta actitud, como la mejor manera de prepararnos para la Navidad.